Compota de manzana

Es una tarde lluviosa de septiembre, y desde mi ventana, veo la ligereza de la lluvia caer sobre las tejas y, al asomarme, aparecen los baches de la carretera...

Es una tarde lluviosa de septiembre, y desde mi ventana, veo la ligereza de la lluvia caer sobre las tejas y, al asomarme, aparecen los baches de la carretera llenos de un agua que salpica las paredes de las casas, y hasta las ventanas, cuando pasan los coches a más velocidad de la que deberían.

Estoy en el pueblo, en ese pueblo cuyas calles recorría, dando un paseo con Nuri a media noche, hace solo unas horas. Uno de esos planes improvisados que te permiten los pueblos pequeños, porque no tienes que coger metro o autobús para ir a buscar a nadie, ni quedar a medio camino porque unos metros más allá está la casa de esa persona.

-“¿Cómo no voy a saber dónde está tu casa?”- decía.

Y sí, claro, razón tiene, pero no por eso dejó de sorprenderme.

Es curioso esto del pueblo.

¿El qué? Te preguntarás

Pues el pueblo, el pueblo en sí, es… la sensación de conocer a todo el mundo, aunque en realidad, no les conoces, ni te conocen, aunque algunos, algunas, crean que sí.

Y estos días, estas semanas, observando el paisaje humano que recorre sus calles, pensaba, sentía, que es como una película, como una serie de la que vas siguiendo, de lejos, la evolución de sus personajes, pero, esta vez, en la vida real.

Me encantan esos ratos de Teleclub donde se oyen nombres como Colás, Anselmo, Áurea o Lucía, y me doy cuenta de que forman parte de esa amalgama de historias entrelazadas con la mía, en mayor o menor medida, incluso, si no sé poner cara a esos nombres.

Lo curioso del pueblo es que cada casa es un universo, y nadie sabe lo que pasa dentro de cada una. Verdad verdadera, ¿no?

Y, sin embargo, qué fácil es oír esos cuchicheos sentados en un banco, a la fresca, que se callan cuando pasas por delante y siguen cuando te alejas, qué fácil ver miradas indiscretas que te escanean de arriba abajo y no se dan cuenta de que, en su cara, se leen los subtítulos de su pensamiento, y…

¡Qué fácil! Qué fácil es perpetuar prejuicios ancestrales basados en opiniones que, vete a saber el fundamento real que tienen.

Hay cosas que me siguen sorprendiendo, aunque las tenga más que sabidas, me siguen sorprendiendo.

Son esas afirmaciones de “me han dicho”, “les vieron”, “pasó…”; “tú es que no sabes”, “no conoces”, y puede ser, pueden tener razón.

¿O no? Porque si hacemos caso, no hablamos con nadie, no vaya a ser que…

Sorprendiendo… Me sigue sorprendiendo, porque cuando conoces a las personas (lo que se dejan conocer, claro), encuentras gente de todo, pero sobre todo, encuentras torpezas y malos entendidos, e interpretaciones equivocadas, y juicios hirientes, muchas veces injustos, aunque no todas, ciertamente.

Llámame ilusa, pero yo creo que cada uno ve en el otro lo que tiene en sí mismo: quien tiene dulzura, ve ternura en tocar la barriguita a una embarazada o en saludar a esos perrines que mueven el rabo cada vez que te ven.

Quien tiene envidia, ve soberbia en donde el otro pone alegría, y quien tiene miedo muestra rigidez, y esa misma rigidez infunde respeto, provoca distancia y se transforma en soledad.

Reconozco que a veces puedes ver la fealdad porque aprendiste a verla, a base de palos. No está en ti, pero la reconoces. O te parece reconocerla.

¡Qué fáciles son las cosas y cómo las complicamos!

Hace tiempo escuché una frase que resuena muchas veces en mi cabeza, y me salva del enfado, aunque no siempre (debo confesarlo), y apoya mi tendencia a pensar bien, a quitarle hierro al asunto, aunque dé con un yunque (será cosa de cazurrina, digo yo. Y donde otros hablan de terquedad, yo prefiero hablar de perseverancia).

“No achaques a la maldad lo que pueda ser atribuido a la ignorancia.” ¡Cuánta verdad en tan pocas palabras!

 A veces es maldad, sí, y falta de empatía, envidia, rencor, rabia, avaricia, ira…

Pero otras veces es solo falta de saber gestionar las emociones, porque a veces, la vida da una vuelta de tuerca y todo se pone patas arriba de un momento a otro, y haces lo que puedes con lo que tienes, y hay quien tiene más herramientas, emocionales, por supuesto, y quien tiene menos, quien es muy capaz con un alicate o una batidora, y no sabe ni entender lo que le pasa por dentro cuando hay tanto de todo mezclado, que no puedes ver más allá de la situación que tiene cautiva tu alma.

Todos evolucionamos (o deberíamos) y ¿entonces? ¿por qué se siguen oyendo los mismos prejuicios sobre fulanita o menganito década tras década? ¿Por qué sigue reinando la opinión sobre los hechos? Es más, ¿por qué se tiene una opinión sobre algo que no se ha vivido desde dentro, desde las entrañas de lo acontecido?

Somos seres humanos, todos y todas, somos almas en un mundo a veces amable y otras veces muy arisco y, en el fondo, segura estoy de que bajo esa carcasa se esconde el niño, la niña que fuiste, que a veces está asustado, asustada y no sabe cómo hacer las cosas… y claro, no siempre las hace bien.

No seas tan duro, tan dura, con esa personita que llevas dentro y dejarás de serlo con tu vecino, con tu vecina. Porque al final, ¿quién no se ha equivocado alguna vez?

-“Quien esté libre de pecado…”- ¿Sabes terminar la frase? Pues eso.

Me encanta descubrir mi pueblo y a las personas que dan forma a su paisaje humano, y ver pasar a Nilo entusiasmado en la moto con su padre, y a las hermanas intercambiando cuatro palabras en la esquina de la plazuela (no hace mucho supe que eran hermanas ¿ves cómo siempre hay algo nuevo que descubrir?)

Y me gusta ver la huerta segada y el carro aguantar bajo la uralita, y recibir calabacines, pepinos, tomates y vainas de personas que sacan su parte más generosa a relucir.

Entre habladurías malintencionadas y buenas sintonías, me quedo con la sonrisa sincera de ese amigo que me trajo luz cuando no había instalación, con el abrazo de esa amiga del alma que comía pipas conmigo mientras veía puestas de sol, y con las moras negras y hermosas que salpican las zarzas estos días.

Me quedo con ver venir a Sofía, Marina, Julia y Lucía e intercambiar chuches por una pulsera de goma de alta gama, hecha por las manos más expertas: artesanía de la buena, sin duda.

Y frente a malas contestaciones, mentiras y falsedades, me quedo con esos abrazos cuando nadie nos ve, con las confesiones a media tarde y con la mejor compota de manzana del mundo.