Acerca de las agresiones bañezanas
Vaya por delante que no me siento especialmente motivado por el movimiento LGTBI, sencillamente porque hay cosas que no me parecen muy acertadas en sus manifestaciones. No me gustan los certámenes de los “Drag Queen” ni las exhibiciones tumultuosas del Día del Orgullo Gay por la sencilla razón de que a mí, que me considero heterosexual, no se me ocurre subirme en calzoncillos al remolque de un tractor o a la gabarra de un camión para exaltar mi condición sexual.
Más aún cuando se produce una agresión en tropel donde la condición de primate prevalece sobre la condición humana y el efecto “rebaño” deja traslucir la lana o el pelo de la dehesa.
Pero de ahí a que se desate la furia contra una persona por la sencilla razón de que se vea como alguien anormal –entiéndase anormal como alejado de la norma, no como una anomalía, que son cosas muy distintas– media un abismo. Más aún cuando se produce una agresión en tropel donde la condición de primate prevalece sobre la condición humana y el efecto “rebaño” deja traslucir la lana o el pelo de la dehesa. Y en ese escenario llega la noticia de una agresión acaecida en La Bañeza contra una persona del colectivo “Trans”, según la prensa, cuando iba a usar los baños de un local en el que se hallaba, con dramáticos resultados.
¿Cuál es el arquetipo, el prototipo de lo que es normal para el género humano?
Por contextualizar el asunto, bueno será hacer algunas consideraciones generales para después tratar de extraer alguna conclusión. La idea de “normal” que todos tenemos en la cabeza es algo tan elástico como irreal. Hay personas altas, bajas, hirsutas, calvos, de piel clara, de piel oscura, enclenques, fornidas, obesas, las hay con enanismo, las hay con acromegalia, las hay civilizadas, las hay que deberían agradecer al cielo que las levantara de las patas delanteras. ¿Cuál es el arquetipo, el prototipo de lo que es normal para el género humano?
Los animales ignoran las convenciones sociales, no tienen prejuicios, sencillamente dejan fluir su conducta.
Vayamos al reino animal. Los animales ignoran las convenciones sociales, no tienen prejuicios, sencillamente dejan fluir su conducta. En el reino animal hay especies hermafroditas como los caracoles, hay peces que a lo largo de su vida cambian de sexo (pez payaso, pez loro, lábridos, gobios etc.) incluso los hay como los múgiles de la vizcaína ría de Urdaibai, cuyos machos acaban poniendo huevos por los anticonceptivos, y otros productos de consumo humano que salen por los colectores. ¿Qué es lo “normal”, pues, en estas especies?
En los animales domésticos se pueden apreciar modificaciones anatómicas, fisiológicas, hormonales, sin que por ello sean formas aberrantes. Hay terneras cuyo clítoris alcanza tamaños exagerados, los gemelos univitelinos macho y hembra suelen ser estériles y un quiste folicular desencadena ninfomanía en vacas con comportamientos que sus congéneres ignoran olímpicamente. Si pasamos al campo de los vegetales, la cosa aún se acentúa más, casi todos los árboles que encarnan el concepto de fortaleza, son machos y hembras a la vez.
Merecedores de idénticos derechos y respeto que los que somos otra “variante”. Ni mejores ni peores. Diferentes, no distintos.
Por lo tanto, a la luz de la ciencia, la discriminación y el rechazo del colectivo LGTBI resulta absurdo cuando no ridículo. Quien pueda sentir rechazo por él, sencillamente con no frecuentar su trato o exponer sus gustos por otras modalidades sexuales, está al cabo de la calle. No se precisa usar la violencia o el aislamiento con sus miembros, son “variantes” dentro del amplísimo espectro de la condición humana. Merecedores de idénticos derechos y respeto que los que somos otra “variante”. Ni mejores ni peores. Diferentes, no distintos.
Este prelado debe ignorar que en su credo, muchos religiosos también tienen esa condición, sin que les falten conductas reprobables como la pederastia, que parece ignorar.
Algún descerebrado obispo testosterónico ha hecho pública alguna homilía al respecto, donde afirmaba que los homosexuales lo comienzan siendo por vicio, acaban prostituyéndose y asegura que serán finalmente condenados a las penas del infierno. Este prelado debe ignorar que en su credo, muchos religiosos también tienen esa condición, sin que les falten conductas reprobables como la pederastia, que parece ignorar. Todo el mundo conocerá hombres con ademanes y “ramalazos femeninos”, y mujeres que les pasa otro tanto pero en sentido inverso.
No estoy versado en esta materia pero se dice que son mentalidades de un determinado sexo en un cuerpo que no se compadece con dicha mentalidad. ¿Dónde está el problema para los demás? Mientras no asalten los derechos de los que no tenemos su misma condición, mientras sean respetuosos con quienes no compartimos su misma orientación ¿quién está investido de potestad para entrometerse en su vida íntima, a agredirlos, a vejarlos, a mofarse de ellos? Cuando se conocen suicidios de niños o adolescentes porque su cuerpo, su mente, su orientación sexual o su conducta no siguen la “norma”, nos escandalizamos y pedimos que se tomen medidas contundentes para evitarlos, sin embargo no hay la misma sensibilidad con este tipo de altercados que de alguna forma también alientan desenlaces fatales.
¿Se atrevería alguna/o de los agresores a hacerlo a título individual? Es poco probable. ¿Cuál es la razón por la que se sintieron ofendidas/os las y los agresores?
Pero en el caso que nos ocupa, el de la agresión a un integrante del colectivo “Trans”, han intervenido otros agravantes y conductas deplorables a mayor abundamiento. La violencia grupal ejercida, en este caso por mujeres y, según el vídeo donde declaraba la persona agredida, también habían participado hombres, es miserable hasta la náusea. ¿Se atrevería alguna/o de los agresores a hacerlo a título individual? Es poco probable. ¿Cuál es la razón por la que se sintieron ofendidas/os las y los agresores? ¿No pudieron ignorar a esta persona, apartarse de ella y dejar que cada cual siga a lo suyo?
Incluso los padres de las chicas y chicos agresores deberían sopesar el grado de educación dispensado a sus vástagos, porque la brutalidad es una reminiscencia infantil mal superada, fruto de una educación deficiente en respeto y civismo.
Creo que todo el colectivo debería pedir perdón públicamente, ya no sólo por el daño causado, que también, sino por lo mezquino de tener que agruparse para causar graves daños al detectar a un semejante con otra forma de entender la vida y comportarse libremente. Insisto en que siempre que no haya mediado ningún tipo de provocación, insulto o agresión por parte de la persona afectada, nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a utilizar la fuerza contra nadie. Incluso los padres de las chicas y chicos agresores deberían sopesar el grado de educación dispensado a sus vástagos, porque la brutalidad es una reminiscencia infantil mal superada, fruto de una educación deficiente en respeto y civismo. De alguna manera los padres también se están retratando a través de sus hijas e hijos.
Si, como dice la prensa, eran jóvenes bañezanos o de su contorno, hasta me atrevería yo a hacerles la siguiente e insinuante propuesta: Si el ardor juvenil les empuja a semejante grado de acometividad, bien podrían haber canalizado ese ímpetu en la defensa de la azucarera de La Bañeza, en defender a todo León frente a la abusiva política de la Junta de Castilla y León con su tierra y otras vainas. Lo malo es que para eso se necesita algo más que irascibilidad, más que músculo, más que agresividad, se necesita civismo, inteligencia y cerebro, y todo parece indicar que van sobrados de los tres primeros pero muy cortitos del resto.