El tiempo

Así hemos comenzado todos

Los ginecólogos, obstetras y matronas tienen la inmensa suerte de asistir a menudo a los nacimientos de los niños. Pero saben muy bien, como estudiosos de las ciencias médicas, que esa nueva vida comenzó nueve meses antes del parto. Porque el desarrollo del ser humano comienza con la fecundación, que es el proceso que se inicia con la fusión de los gametos: el espermatozoide en el caso del hombre, el ovocito en el caso de la mujer.

Con esa primera unión se inicia la vida del nuevo ser, pues da lugar a la formación del cigoto, una sola célula que contiene ya toda la información genética del nuevo individuo; a partir de ese momento se pueden saber todas las características del nuevo ser humano: su sexo, el color de los ojos, del cabello, etc. A lo largo de esos primeros días ese cigoto empieza inmediatamente un proceso de división: primero en dos células, después en cuatro, en ocho y así sucesivamente. Comienza así el desarrollo prenatal del niño, que consta de dos etapas: una fase embrionaria, que abarca las ocho primeras semanas de vida, y después la fase fetal, hasta el nacimiento, momento en que empezamos a llamarle bebé, luego niño, adolescente, etc., pues desde aquel inicio citado ya no hará otra cosa que no sea desarrollarse, hasta la madurez y muerte natural, cuando ésta, inexorablemente, llegue, que llegará.

A los dos meses ya están esbozados los órganos de ese cuerpo; a los veintidós días de vida empieza a latir el corazón; a las cuatro semanas aparece y comienza a cerrarse el tubo neural, iniciándose así lo que será el futuro sistema nervioso, compuesto fundamentalmente por el cerebro y la médula espinal; también tras la cuarta semana se incoan los futuros brazos, en la quinta las piernas, y en la sexta semana se pueden ver ya las manitas, con la separación de los dedos; al final de la octava semana ya existe una morfología claramente humana, y ya en la cabecita, por ejemplo, se distinguen una incipiente nariz y los pabellones auriculares. A partir de ese momento los tejidos, órganos y complejos sistemas y estructuras del embrión, ya completado, seguirán creciendo y madurando. 

En un embarazo normal, en la primera ecografía rutinaria en torno a la 10-12 semanas ya se detecta la actividad cardíaca, que será un momento inolvidable para los padres. Mide ya tres centímetros, los órganos están en formación y ahora sólo le queda desarrollarse y crecer; en ese momento se pueden detectar ya algunas patologías del tracto digestivo (como sería un posible vólvulo intestinal), apreciar una posible malformación cardiaca, y un largo etcétera.

Al contar ya con todo el material genético desde el inicio y disponer de la capacidad propia de expresarlo, podemos decir sin ambages que el único salto cualitativo en la vida del ser humano se produce con la fecundación del óvulo. Y como enseña la ciencia, a partir de ese momento se produce un desarrollo continuo de ese ser vivo que fuimos y somos nosotros mismos. El nuevo ser empezó a vivir nueve meses antes del nacimiento, como un individuo único e irrepetible en la historia de la humanidad; tan distinto de todos los demás como que nadie de este mundo tiene las mismas huellas dactilares, esas que indubitadamente, al decir de los criminólogos, pueden servir tanto para condenar a un culpable como para absolver a un inocente.

Acabo con una última reflexión. Decía el filósofo Julián Marías que “la aceptación social del aborto era lo más grave que había ocurrido en el siglo XX”. En España en concreto, por los últimos datos que tenemos, son unas cien mil vidas al año las que así “se pierden”. Aunque una sola vida humana ya es sagrada y sería un crimen nefando acabar con ella, la cifra dada, comparándola con los casi cincuenta millones de almas que vivimos sobre esta piel de toro, es a mi humilde juicio una penosa salvajada. Como son también unos canallas (así, sin paliativos), los hombres que abandonan a sus parejas embarazadas, dejando caer sobre estas todo el peso y la responsabilidad de “el problema”: unos salvajes, unos sinvergüenzas y unos desalmados; como también lo son esos sicarios que dicen ser sanitarios y que inmensamente se lucran mientras sin complejos ni miramiento alguno hacen brotar y correr la sangre… ajena.

Menudo negocio y menuda farsa es todo esto. La suma de los millones de decisiones que entre todos tomamos a diario configura, con sus consecuencias, nuestro presente panorama social, esa tantas veces tierra baldía, ese deplorable escenario vital que a veces contemplamos. Pero cuando la ciencia, la evidencia científica, habla, ha hablado; y entonces hay que escucharla y ser consecuentes y coherentes con lo que nos enseña, sin tratar de querer convertir cualquiera de nuestros deseos en inmediatos y exigibles derechos, así, sin más, aun traicionando y falseando nuestra ya anestesiada conciencia; y así nos va. Dijo el sabio Epícteto, “la verdad triunfa por sí misma, la mentira necesita complicidad”. Seamos sinceros con lo importante, porque a veces, ¡cuánta patética pena damos!

 Santiago González Fernández, pensador