Ceuta y Melilla, rehenes de la geografía
Ceuta y Melilla son dos ciudades con características geográficas peculiares que las hacen únicas en el conjunto de las poblaciones del Estado español:
- No están situadas en el continente europeo, sino en África del Norte, casi completamente rodeadas de territorio marroquí, excepto por su fachada costera mediterránea.
- Su superficie es muy exigua (18 y 12 km2 respectivamente), muy inferior, por ejemplo, a la extensión del municipio de León (39 km2). En consecuencia, carecen de un hinterland con el que establecer relaciones de complementariedad, además de estar aisladas del entorno por una doble o triple valla de 10 metros de altura, con vías intermedias de seguridad y tecnologías de vigilancia avanzada. Su finalidad es impedir la entrada de inmigrantes, aunque no siempre lo consiguen.
- La población de ambas se sitúa en torno a 85.000 habitantes cada una, repartidos casi al 50% entre los de origen magrebí, mayoritariamente musulmanes, y los de origen español peninsular, de tradición cristiana, con una ligera ventaja a favor de los primeros, cuyo predominio va in crescendo debido a su mayor tasa de fecundidad, a la inmigración procedente de Marruecos y a la creciente emigración de la población de origen peninsular.
- Las dos ciudades, especialmente Ceuta, se encuentran en una posición estratégica clave, en el sur del estrecho de Gibraltar, uno de los choke points más importantes del mundo, junto con Ormuz, Bab el-Mandeb o Malaca. Por él pasan 300 buques al día, lo que representa un 10% del tráfico marítimo mundial. El control de estos embudos es fundamental para asegurar las cadenas de suministro de las grandes potencias y el comercio marítimo internacional. En nuestro planeta las masas continentales ocupan una gran extensión en el hemisferio norte (Eurasia y América del Norte) y, aunque estrechándose, se prolongan ampliamente hacia el sur, lo cual dificulta la navegación marítima en el sentido de los paralelos, obligando a largos trayectos contorneando África o América del Sur. Entre el Este y el Oeste las rutas marítimas deben canalizarse a través de choke points naturales (como los estrechos marítimos mencionados más arriba) o artificiales (canal de Suez y canal de Panamá). Es evidente, pues, la importancia geoestratégica de estos cuellos de botella o puntos de estrangulamiento y el interés de las grandes potencias en su control.
Estos rasgos geográficos hacen de Ceuta y Melilla dos puntos conflictivos en los que entran en colisión intereses contrapuestos a diversas escalas: local, regional, internacional y mundial.
- Quizá la manifestación más clara de esta posición conflictiva sea la derivada de la fuerte presión migratoria que soportan y que difícilmente pueden contener las líneas de fijación establecidas por la administración española. No hay por medio un mar que separe. La franja de fractura que supone el Mediterráneo entre un Norte opulento y un Sur subdesarrollado desaparece sustituida por la valla que rodea estos dos enclaves del primer mundo en un entorno de pobreza y ausencia de expectativas para amplias capas de la población, especialmente las más jóvenes. Saltar la valla es la posibilidad que tienen más a mano muchos jóvenes marroquíes y africanos para huir de una situación que les resulta insoportable.
- Para contener la inmigración exterior la UE externaliza sus fronteras financiando regímenes de terceros países para que sean ellos quienes frenen los flujos migratorios, generalmente con métodos que no serían aceptables en nuestras democráticas sociedades, que no obstante miran para otro lado mientras Marruecos nos hace el trabajo sucio en la lucha contra los dos grandes peligros que amenazan nuestra próspera comodidad: la inmigración y el yihadismo; pero, claro, ese trabajo Marruecos no lo hace gratis.
- El Reino de Marruecos no oculta su reclamación sobre Ceuta y Melilla y explota la realidad geográfica de las dos ciudades haciendo uso del arma migratoria para reforzar su aspiración irredentista a un “Gran Marruecos” que incluiría también el Sáhara Occidental (anexionado de facto gracias a la complicidad de Occidente), Mauritania y amplios territorios de Argelia y Mali.
- En el plano geopolítico mundial Marruecos está plenamente alineado con Estados Unidos e Israel. Ya se comprobó con la Marcha Verde (1975) y la posterior colonización del Sáhara Occidental, en la que ha sido fundamental la colaboración tecnológica y militar de sus dos grandes aliados para la implantación del sistema de muros defensivos que garantizan la ocupación militar del territorio útil saharaui. Se constata que son tres regímenes muy aficionados a la construcción de muros.
La cooperación entre los tres Estados en materia militar, tecnológica y de seguridad es total. Como premio al reconocimiento de Israel por el Reino de Marruecos (Acuerdos de Abraham, 2020) Trump reconoció la marroquinidad del Sáhara Occidental. Por su parte, el gobierno español de Pedro Sánchez, quizá para asegurarse alguna garantía de control migratorio, se manifestó a favor de la propuesta marroquí de autonomía saharaui (por supuesto, dentro de Marruecos), rompiendo con la postura defendida tradicionalmente por el Estado español a favor de la autodeterminación del pueblo saharaui en sintonía con la legislación internacional. Parece que Mohamed VI juega bien sus cartas y sabe apoyarse en amigos poderosos.
- Israel necesita aliados en el mundo árabe para enmascarar su política racista y genocida contra el pueblo palestino. Además, su situación geográfica en el extremo oriental del Mediterráneo, un mar cerrado, entorpece su salida hacia mares abiertos: la del océano Índico a través del mar Rojo es muy incierta, puesto que discurre por el estrecho de Bab El-Mandeb, controlado por los hutíes de Yemen, aliados de Irán y enemigos declarados del Estado sionista, mientras que la de Gibraltar está controlada en parte por España, un Estado con el que Israel no mantiene óptimas relaciones. Un hijo de Netanyahu ha llegado incluso a animar a los musulmanes a liberar las “tierras ocupadas” de Ceuta, Melilla y otras posesiones españolas en el norte de África. El propio Trump juega a la ambivalencia cuando ha puesto en cuestión la soberanía española de Ceuta y Melilla, “situadas en territorio marroquí” mientras otras veces defiende “inequívocamente” su españolidad. Muy propio del personaje; para que no sepamos a qué atenernos, aunque lo que es evidente es la alianza estratégica privilegiada que une a Washington, Rabat y Tel Aviv, así como el interés prioritario que tiene para Estados Unidos el asegurarse el control de un cuello de botella de vital importancia como el estrecho de Gibraltar, eslabón fundamental de la cadena que enlaza Panamá, Suez, Bab El-Mandeb, Ormuz y Malaca.
Y en medio de todo este juego cruzado de intereses contrapuestos, instrumentalizados por Marruecos y criminalizados como “invasores” por una parte de la sociedad española, se encuentran tantísimas personas que, acuciadas por la necesidad y aspirando legítimamente a una vida mejor, se juegan la vida intentando alcanzar el paraíso europeo. Demasiados mueren en el intento, ahogados en el mar o por disparos de las fuerzas policiales marroquíes, pero nadie se acuerda de ellas. Ni siquiera conocemos el número exacto de los fallecidos, mucho menos su procedencia, sus nombres o sus historias personales. Pero, claro, no son blancos ni europeos. Son cantidades anónimas de “otros” (¿70.000, 80.000?), seres deshumanizados o subhumanizados a los que “cazar” (Figaredo dixit) o expulsar sin miramientos, sin que su suerte perturbe nuestra apacible sobremesa ni el disfrute de las fiestas patronales de nuestro pueblo. Poca empatía muestra en general esta sociedad hacia esas personas a las que no reconocemos los mismos derechos que para nosotros exigimos.
Sin embargo, continuarán viniendo, ¡y seguirán muriendo!, instrumentalizados por unos u otros poderes e intereses. No les queda otra. Es preciso un último impulso, un salto coordinado de la valla o varios centenares de metros a nado para, con suerte, poder llegar a una tierra de promisión donde creen que les espera una vida decente, con cierta dignidad. La geografía y las decisiones de los poderosos les han puesto el cielo al alcance de la mano y no habrá prioridades patrióticas ni cuerpos uniformados y armados que les hagan renunciar a la esperanza.