'El arca de Neo' del rianés Alfonso González Matorra llega a la Casa de León
Este viernes 5 de junio ha tenido lugar la presentación del libro El Arca de Neo en la Casa de León en Madrid. Su autor, Alfonso González Matorra, natural de Riaño-León, nos presenta su segunda obra literaria, después de su anterior publicación, hace un par de años, del libro Tocan las campanas a Concejo.
En el acto, acompañaron al autor Miguel Carracedo, artista autodidacta, y Antonio González Matorra, abogado y dinamizador turístico de la Comarca de Riaño y, de alguna manera se hicieron presentes todos los riañeses residentes en el barrio de La Redonda, hace ya algunos años. Presentó el acto Margarita Álvarez, miembro de la Junta Directiva de la Casa de León.
Alfonso construye un monumento literario al antiguo Riaño, un paraíso perdido bajo las aguas, rescatando no solo la geografía física de un valle desaparecido, sino la geografía emocional de una infancia vivida en absoluta libertad.
A través de la mirada de su protagonista, Neo, la obra reconstruye el microcosmos de la infancia y la adolescencia, enraizado en la geografía física y humana de un paraíso perdido.
Fundir el presente con el ayer
La prosa de Fonso destaca por una sensibilidad lírica que impregna lo cotidiano. No se limita a describir hechos; el autor "funde el presente con el ayer" mediante una narrativa que apela constantemente a los sentidos.
El estilo es marcadamente introspectivo y emocional. El autor utiliza una voz narrativa en primera persona que fluctúa con maestría entre el "corazón maduro" de quien recuerda y la mirada "inocente" del niño que descubre el mundo. Esta dualidad permite que el texto sea, al mismo tiempo, una crónica costumbrista y una reflexión profunda sobre la naturaleza humana y el paso del tiempo.
Las descripciones geográficas y los retratos de los personajes (como los abuelos, Nato, el padre o la madre) poseen la claridad de una fotografía antigua.
El ritmo de la obra es armónico y envolvente. Neo logra una gran agilidad mediante el uso de frases cortas y evocadoras. La narración no es lineal en un sentido rígido, sino que se despliega como un "arca del tesoro" que se abre para revelar fragmentos de vida: desde el traumático y detallado relato del nacimiento, hasta las travesuras en el corral o las excursiones por el monte o sus aventuras por Madrid, con sus nuevos amigos.
Bucear en su lectura es volver a vivir en un mundo que ya no existe, pero ni en Riaño, ni en Madrid, ni en ningún pueblo de España.
Un mundo que no existe
Este texto describe un modo de vida con el que se puede sentir identificado, buena parte de los españoles mayores de 50-55 años. Su mensaje no es meramente local, es universal. Todo aquel que haya nacido en un pueblo, que haya vivido en un pueblo, que posteriormente haya emigrado a la ciudad, pasará ratos nostálgicos con su lectura.
El entorno geográfico y social en el que se desarrollan las aventuras de Neo lo vivimos todos las personas que ahora tenemos más de 50-55 años y nacimos y nos criamos en un entorno rural. España en aquellos años, década de los sesenta y setenta del siglo pasado, era eminentemente rural. El Arca de Neo se desarrolla en el pueblo de Riaño, en León, pero bien podría asemejarse a las vivencias de cualquier niño de otro pueblo de nuestro país, en aquellas épocas.
Y el libro, además, recoge el paso de la España rural a la España urbana. Éxodo ocurrido en la década de los cincuenta, sesenta y setenta en todo el país. Neo fue protagonista de ese cambio de entorno físico y social, del choque de dos modos de vida tan diferentes, de vivir en un pueblo en las montañas a pasar a habitar en la ciudad de Madrid. Una ciudad en la que por entonces, los chavales, correteaban libremente por sus calles y plazas. Eso hoy ya no ocurre.
Riqueza expresiva
Uno de los mayores valores literarios del libro es su riqueza léxica. El autor maneja un vocabulario de doble vertiente: por un lado, una notable riqueza expresiva en castellano estándar para los pasajes poéticos y nostálgicos; por otro, una deliberada e imprescindible inclusión de localismos.
El autor emplea un vocabulario preciso y profundamente enraizado en la cultura rural leonesa. Términos como recentadero, rapacín, madreñas, trébede, escaño o vecera no solo aportan autenticidad a la narra-ción, sino que actúan como piezas de un museo lingüístico que preserva formas de vida extintas. El uso de pies de página para aclarar términos específicos demuestra un compromiso con el lector sin sacrificar la pureza del lenguaje original.
Este vocabulario costumbrista no es algo local. Nunca nos enseñaron que esos términos son restos de la lengua leonesa, derivada del latín, cuyo territorio se extendía desde Asturias hasta Salamanca y el norte de Portugal, donde su variedad lingüística-El Mirandés, tiene la calificación de lengua oficial.
El libro describe un buen número de escenas costumbristas: labores agrícolas: la era, la recogida de patatas en otoño, ir a por la hierba en verano, recogida de la leña en el monte, las veceras de vacas, la Choza-carnaval o la matanza del gocho.
Juegos y fiestas infantiles como: La Choza, las chapas, los santos, alto manos arriba y los tebeos de la época, como el legendario Capitán Trueno. Particularmente, me han resultado una delicia para los sen-tidos, las escenas de la Era y la bucólica descripción del rebaño de ovejas de Ramirín.
En suma, un relato autobiográfico que hará rememorar al lector, unos modos de vida lejanos en el tiempo.