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Tresca y el propósito industrial

Recuperar la capacidad de decidir pasa por reconstruir una cultura industrial compartida en Europa
Tresca Ingeniería-168
Tresca
Jorge Bécares García.

En 1963, el presidente Kennedy visitó Cabo Cañaveral. Interesado por lo que sucedía allí, fue preguntando al personal de la NASA a qué se dedicaban. En un momento dado, se acercó a un operario de limpieza y le preguntó qué estaba haciendo. “Estoy ayudando a poner a un hombre en la Luna”, respondió. No era una ocurrencia, sino la expresión de un propósito compartido.

Esa alineación en torno a un objetivo compartido no es exclusiva de los grandes hitos; es una condición necesaria para que los sistemas complejos funcionen. Y hoy, el sistema que nos ayuda a coordinar recursos, energía y conocimiento, y transformarlos en un valor mayor que la suma de sus partes – la industria- está en un momento crítico. 

Durante un tiempo, esta realidad solo la percibían quienes la vivían de cerca. Así, cuando un pueblo o una comarca sufría el cierre de una fábrica por la deslocalización de la producción, el golpe local era severo, pero quedaba contenido. A unos pocos kilómetros, la pérdida dejaba de sentirse como propia.

Sin embargo, las señales globales parecían positivas. La deslocalización implicaba concentración, escala y, en apariencia, mayor competitividad. Lo que no se veía era cómo, en silencio, con cada industria que se cerraba, aumentaba la dependencia de terceros. Animados por la idea de una economía postindustrial, asumimos nuevas exigencias sin preguntarnos cómo íbamos a sostenerlas. Hasta que un shock nos despertó del sueño. 

Lo que estas crisis han puesto de manifiesto no es solo una tensión puntual, sino algo más profundo: una pérdida de capacidad. Cuando una economía deja de producir, deja de decidir.

Las crisis encadenadas desde 2020 han evidenciado hasta qué punto nuestras decisiones nos han hecho vulnerables. Lo hemos visto en los precios de la energía, que por su propia naturaleza convierte la incertidumbre en coste de forma casi inmediata.

Lo que estas crisis han puesto de manifiesto no es solo una tensión puntual, sino algo más profundo: una pérdida de capacidad. Cuando una economía deja de producir, deja de decidir. No solo se pierde empleo o actividad; se pierde innovación, inversión, y en última instancia, capacidad de generar valor. 

Se pierde una posición, dentro de un espacio global, donde no todos los actores juegan con las mismas reglas. Y donde la mano invisible del mercado, por si sola, tiene difícil el llevarnos a la posición donde queremos estar. 

Necesitamos sentir que existe ese propósito común. Que existe un clima favorable a que pasen cosas. Que existen lugares, como Tresca, donde es posible ayudar a que esas cosas pasen.

Por eso, hoy, más que nunca, Europa necesita no sólo una política industrial decidida y ambiciosa. Europa necesita orgullo industrial. Necesita cultura industrial. Necesita que como ciudadanos, entendamos que la fábrica puede ser de otro, pero la capacidad industrial, como recurso y como activo, es de todos. 

Necesitamos sentir que existe ese propósito común. Que existe un clima favorable a que pasen cosas. Que existen lugares, como Tresca, donde es posible ayudar a que esas cosas pasen. Necesitamos hacer ver que no es fácil, pero que es posible. 

Necesitamos que, sea cual sea nuestro rol, sentirnos alineados con un propósito mayor, quizás no el de llevar (otra vez) al hombre a la luna, pero si el de recuperar soberanía, independencia tecnológica y productiva, y libertad de decisión. 

Jorge Bécares García, es director de Desarrollo e Innovación de Tresca Ingeniería