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Urbano González, orgullo de León: la voz que convirtió la ELA en una causa de dignidad

Fue  el activista que transformó su enfermedad en una lucha pública por los derechos, la visibilidad y una vida digna para los afectados por la ELA y sus familias | Siempre fue un ejemplo y jamás se rindió pese a los incumplimientos de las administraciones con sus reivindicaciones

Desde el mismo día en el que a Urbano González le comunicaron que tenía ELA, una enfermedad cruel, incontrolable, descorazonadora por momentos, él conocía su destino.

Y su destino formaba parte de su propia filosofía vital, lejos de doblar la rodilla o caer abatido, era el momento de iniciar una batalla sin fin, aleccionadora, admirable, intensa, que ha mantenido en pie hasta el último suspiro.

Sería, como no podía ocurrir de otro modo, el abanderado de una causa y una reivindicación tan justa como silenciada por las administraciones, la de entregar una vida digna a quienes, como él, sufrían esta dolencia.

Tomó la palabra y elevó el tono hasta el infinito para recordar que el derecho a vivir no puede limitarlo una enfermedad o una decisión política, que la vida, en cualquiera de sus expresiones, merece respaldo, apoyo y solidaridad.

Quiso que el ELA dejara de ser una enfermedad semiescondida y se lanzó a la calle con una fuerza impensable para quienes sufren esta enfermedad.

Lágrimas y memoria

Hoy, en su adiós, queda la memoria del reconocimiento y de su lucha, queda su voz y su memoria, su acción y su fortaleza. Queda una lección de vida y de verdad que jamás debería ser olvidada.

Este sábado cientos de personas, amigos, compañeros, conocidos, representantes públicos, sociales, deportivos y culturales se han acercado al tanatorio de Serfunle para decirle adiós, un adiós envuelto en lágrimas y memoria que se multiplicará este lunes cuando en La Virgen del Camino se celebre (16:00 horas) su despedida en un acto religioso que se prevé multitudinario.

Un legado que no se apaga

Hay trayectorias personales que dejan huella más allá de la biografía. Urbano González es una de ellas. Su muerte deja un vacío evidente en León y, especialmente, entre quienes conviven con la ELA, pero también deja una herencia moral difícil de ignorar: la de quien transformó una enfermedad implacable en una plataforma de conciencia social.

La ELA fue un enemigo implacable para su cuerpo, pero no logró doblegar su voluntad. Urbano no reclamó lástima ni gestos simbólicos; exigió derechos concretos, recursos suficientes y respuestas claras. Su voz interpeló a la sociedad entera, poniendo sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué valor otorgamos realmente a la vida cuando esta se vuelve frágil?

El apoyo

Nada de este camino se recorrió en soledad. A su lado estuvo siempre Ana Carlota Amigo, su compañera de vida, convertida en sostén constante, en fuerza silenciosa y en presencia imprescindible. La historia de Urbano es inseparable de la suya.

La ELA no afecta únicamente a quien la padece. Reconfigura por completo la vida familiar y sitúa a los cuidadores en un esfuerzo continuo, físico y emocional, que rara vez recibe el reconocimiento que merece. Ana Carlota representa a miles de personas que sostienen, día tras día, la dignidad de sus seres queridos frente a la adversidad.

La lección

Su apoyo no fue solo acompañamiento, fue compromiso absoluto. Gracias a esa entrega, Urbano pudo mantener su lucha pública y su voz activa hasta el último momento. Hoy, su figura simboliza a esos cuidadores invisibles que sostienen el sistema donde las instituciones no llegan, o no quieren llegar.

No hay palabras suficientes para aliviar una pérdida así, pero sí un reconocimiento colectivo que aspira a convertirse en memoria viva y en impulso para no abandonar la causa que Urbano defendió hasta el final.