El tiempo

Maricón el último

Hacer correr a un puñado de adolescentes es más fácil de lo que parece. Uno de ellos grita “maricón el último”, y todos corren detrás entre risas...

Hacer correr a un puñado de adolescentes es más fácil de lo que parece. Uno de ellos grita “maricón el último”, y todos corren detrás entre risas y alguna que otra burla. Aunque tú no te ríes, pero corres con todos sin saber exactamente por qué. Uno de ellos, llamémosle Miguel, se niega a seguir el juego, porque en el fondo sabe que es por él. “Miguel es maricón” grita el cabecilla de la clase, mientras un par de compañeros le corean. El resto se limita a estar presente en silencio, como de costumbre.

De vuelta a clase ves a varios de tus compañeros en el pasillo, con la espalda pegada a la pared, pero pasas de largo y entras en el aula a esperar al profesor. Desde el pupitre escuchas cómo se ríen en cuanto llega Miguel, y como cada día dicen delante de él “pegaos a la pared, que viene Miguel y a lo mejor nos toca el culo”. Por dentro piensas que es absurdo, e incluso ofensivo, pero decides permanecer en tu asiento y pasar desapercibido.

Al cabo de unas semanas te encuentras a Miguel a solas en el baño, llorando desconsoladamente. Le habían vuelto a encerrar allí. Te da pena, no es justo todo lo que le está pasando...

Al cabo de unas semanas te encuentras a Miguel a solas en el baño, llorando desconsoladamente. Le habían vuelto a encerrar allí. Te da pena, no es justo todo lo que le está pasando. Pero una parte de ti tiene miedo, si te ven ayudándole pensarán que eres como él, y también irán a por ti. Antes de que te dé tiempo a reaccionar escuchas unas voces que se acercan, y decides marchar dejando a Miguel allí solo. No dejas de repetirte que no es culpa tuya, que tú no has hecho nada, pero por alguna razón te invaden los remordimientos.

Al día siguiente llegas cabizbajo al instituto, no has podido pegar ojo. Pasan los minutos y la clase se alborota porque la profesora llega tarde, algo que rara vez ocurre. Pasados veinte minutos aparece Ana, la profesora de matemáticas, y todos vuelven a su sitio en silencio al ver su cara. Todos excepto Miguel, que no estaba, aunque nadie se había dado cuenta hasta ese momento. Un escalofrío recorre tu cuerpo, y rezas, sin ser creyente, para que Ana no diga lo primero que se te ha pasado por la cabeza. “Miguel no va a volver.” Un silencio sepulcral invadió la clase, el mismo silencio cómplice que durante tanto tiempo soportó Miguel cada vez que alguien le acosaba. El mismo silencio que Miguel tenía como respuesta cada vez que un profesor le decía que no se preocupara, que solo eran bromas pesadas entre niños.

Eso que sientes se llama culpa, y te acompañará el resto de tu vida, porque nunca sabrás si haber actuado de otro modo hubiera cambiado las cosas, pero sabes que a partir de ahora jamás volverás a quedarte con la duda.

Así que sin poder, ni querer, evitarlo te echas a llorar. Miguel no era tu amigo, ni siquiera te relacionabas con él, pero ningún adolescente de 15 años merece ese final. Nadie puede saber lo que pasaba por la cabeza de Miguel, si habría podido seguir adelante con ayuda, si romper ese silencio cómplice habría salvado su vida. Pero de poco sirve lamentarse por no haber actuado a tiempo cuando ya no se puede hacer nada. Eso que sientes se llama culpa, y te acompañará el resto de tu vida, porque nunca sabrás si haber actuado de otro modo hubiera cambiado las cosas, pero sabes que a partir de ahora jamás volverás a quedarte con la duda.

Miguel no existe, pero su historia por desgracia no es fruto de mi imaginación. En el año 2024 noventa adolescentes (menores de 20 años) se suicidaron en España. Es la cifra más alta desde que hay registros. Las causas que llevan a un menor a este límite son muchas y variadas, el acoso escolar es una de ellas. Su mayor aliado: el silencio. La mayoría de personas que presencian acoso hacia otras no lo ejercen voluntariamente, pero no denunciarlo, no ayudar a las víctimas, es una forma involuntaria de permitir que esto siga sucediendo. El silencio nos hace cómplices, romperlo puede salvar vidas.