El tiempo

Amigos políticos jubilados

Después de varias décadas de oficio, con la libreta siempre a medio cerrar y el teléfono convertido en prótesis,  uno descubre que la verdadera hemeroteca no está en los archivos, sino en la agenda...

Después de varias décadas de oficio, con la libreta siempre a medio cerrar y el teléfono convertido en prótesis,  uno descubre que la verdadera hemeroteca no está en los archivos, sino en la agenda. Nombres subrayados, cargos ya evaporados, responsabilidades que fueron decisivas en su momento y hoy apenas son una nota a pie de página en el BOE y el BOCYL. La comunicación política tiene esa virtud: te permite tratar con consejeros, alcaldes, procuradores, diputados, jefes de gabinete y aspirantes eternos. Y, si el tiempo no lo estropea, conservar algo más que el contacto: una cierta amistad sedimentada en confidencias y cafés discretos.

Muchos de aquellos protagonistas han pasado ya a la reserva. Algunos lo hicieron tras dejar el Congreso, el Senado, la Comunidad de Madrid, la Junta en Valladolid; otros, después de sus años de despacho en la Casa Consistorial de León, la Diputación o en incontables ayuntamientos. La política activa quedó atrás, pero no el hábito de madrugar. A primera hora, cuando los digitales hierven y los titulares aún están calientes, el político jubilado ya ha hecho su ronda completa de prensa. Café en casa o en la cafetería de siempre, lectura minuciosa y, acto seguido, llamada.

—¿Has visto lo de…?

La escena se repite con una regularidad casi litúrgica. El problema es que, al otro lado, quien recibe la llamada está en plena vorágine: reuniones, gestiones que cerrar, entrevistas que confirmar, un artículo a medio perfilar, mensajes que entran sin tregua. Atender como se merece a ese viejo conocido exigiría un sosiego del que rara vez se dispone. Y, sin embargo, se atiende. A veces con prisas, a veces prometiendo devolver la llamada, a veces escuchando más de lo que el reloj aconseja.

Porque el fenómeno del amigo político jubilado tiene algo de humano y de melancólico. Ya no son prohombres en ejercicio. El coche oficial es un recuerdo, el secretario una anécdota y la autoridad, un eco. Pero el instinto permanece. Opinan, sugieren, advierten, ofrecen contactos, piden pequeños favores que se multiplican casi sin querer. Su subconsciente se resiste a aceptar que el protagonismo ha cambiado de manos.

Algo parecido les sucede a periodistas jubilados. Se lanzan a través de sus perfiles a las redes queriendo seguir contando la actualidad, ser recibido en los organismos y con pretendida patente de corso para seguir ejerciendo como si fuera el mismísimo USA Today.

Y así transcurren los días, entre llamadas cruzadas y comentarios de actualidad, en una especie de tertulia privada y permanente. Uno cree que gestiona tiempos y afectos; en realidad, también aprende algo. Que el poder es transitorio, que la influencia se atenúa y que todos, antes o después, pasamos de marcar la agenda a comentarla. Tal vez por eso, cuando cuelgo, sonrío con cierta indulgencia. Ellos se niegan a perder vigencia. Y yo empiezo a sospechar que, sin darme cuenta, también voy camino de necesitar esas conversaciones.