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Vida nueva

Vaya por delante que soy de los que no se sienten concernidos en absoluto por las fiestas navideñas...
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Vaya por delante que soy de los que no se sienten concernidos en absoluto por las fiestas navideñas. Desde este anticlímax de la madurez y de una cierta adversidad en lo personal que reconozco, entiendo estas fechas de ilusión colectiva y reconciliación, siquiera impostada, más propias si hay feliz infancia, juventud y, también, fe cristiana. De esto último me reconozco ayuno, en buena medida por haber sido educado en fábrica de ateos. Mi respeto a quien las vive desde tan pía postura y condición. Tradición e Historia avalan a esta alegría colectiva por el recuerdo del nacimiento del Niño Dios.

Comprenderán también entonces que no fuerzo tampoco el exceso consumista, tan parco o tan gastador en estas fechas como el resto del año. Pero lo mismo que me alegro de las reuniones familiares, cuñados incluidos, y del general regocijo, también me congratulo del empujón que estas cristianas festividades dan al PIB nacional, y hasta al mundial. No me consideren, por tanto, un aguafiestas, que colaboro al desarrollo, aun no siendo muy partidario, en la medida que puedo.

Y ya digo que no vengo hoy a robarles al Niño del pesebre, ni a arrimar cerilla al abeto, que bastante desgracia hemos tenido este año aciago en León con que se nos “quiñonearan” encima y dejase el mal gobierno de Mañueco y secuaces que se nos quemaran ciento y pico mil hectáreas de nuestra amada Tierra. Pero sí me van a ustedes a permitir que doble una campana, antes de que toquen las de la casa de Ayuso, por nuestra conciencia colectiva y sobre lo que nos está pasando como sociedad, perdido el norte de la decencia.

No les pido que me secunden, pero sí que me comprendan

Y no es otro el caso que el desalojo por parte del ayuntamiento de Badalona del antiguo instituto B9 de unos cuatrocientos inmigrantes, a los que me niego a llamar ilegales. Esto último es algo muy personal e intransferible, y me viene de sólo ver seres humanos donde otros quizá ven un enemigo. No les pido que me secunden, pero sí que me comprendan.

Porque ese desalojo se ha hecho sin garantizar, sin mirar siquiera, si esas personas tenían alguna otra “solución habitacional” (lo entrecomillo porque hablar de habitación en Occidente es otra cosa). Y eso a las puertas de la Navidad, con temperaturas a la baja, esperando, parece, momento tan inoportuno de forma interesada. La maniobra del ayuntamiento es impecablemente legal, efectuada por fuerzas del orden y de modo proporcional a la resistencia ofrecida, más bien poca. Pero la legalidad no es legitimidad. Ya vemos cómo muchos ayuntamientos ofrecen albergue a personas sin hogar cuando el tiempo arrecia. En Badalona nada de eso se ha hecho, y los expulsados han tenido que buscarse la vida, literalmente, debajo de un puente.

Lo peor del caso, desde mi punto de vista, es que el alcalde de la ciudad barcelonesa se vio secundado por un buen grupo de ciudadanos que apoyaba su acción. Demandaban seguridad porque, afirmaban, el antiguo instituto se había constituido en foco de actividad criminal. Poca solución ha brindado Albiol dejando que esta gente quede ahora sin techo, movida seguramente ahora a delinquir con mayor fruición. Sarcasmo.

Se habrán dado ustedes cuenta de que llevo un rato “mordiéndome la pluma” para no llamar perfecto canalla al señor Albiol y auténticos malnacidos a los que han secundado su iniciativa, jaleándolo. Dejo al margen a las fuerzas del orden, que cumplían, escrupulosas, con su deber. Aunque imagino al sargento del escuadrón de mossos queriéndole poner los “grillos” a Albiol.

Me doy cuenta de que pertenezco a una sociedad enferma. Como colectivo tenemos poca solución

Me doy cuenta de que pertenezco a una sociedad enferma. Como colectivo tenemos poca solución. Se me ponían por delante las imágenes de este pasado verano en la Playa de Castell de Ferro en Granada, donde bañistas y público se abalanzaron sobre una decena de inmigrantes desembarcados de un cayuco. Lo importante era capturarlos e inmovilizarlos para cuando llegasen las fuerzas del orden. Una extralimitación clara, ya que esos extenuados y forzosos viajeros no cometían delito alguno. Aquí juegan la carta de la ignorancia y, por supuesto, de la maldad.

La ignorancia, desde luego, fomentada desde esa derecha, me da igual la cobarde que la extrema, que ha abonado los bulos más absurdos sobre la inmigración. Feijóo y Abascal han estado alimentando la hidra del frentismo y han conseguido que los muertos de hambre acabemos odiando a los que huyen de la miseria, sin darnos cuenta de que los verdaderos enemigos están en la cúspide de la pirámide, a fuerza de canapés en el Palco del Bernabéu, dando vueltas en la noria de las puertas giratorias, acaparando vivienda, bien básico, como si no hubiera un mañana, y, finalmente, llenándonos los oídos de proclamas aporofóbicas de odio al extranjero, al distinto, desde medios de comunicación pagados por las administraciones que controlan.

Pues no hay cosas que echarle en cara al “Bello Pedro”, que se molestan en que nos comamos los unos a los otros. Ahora les ha tocado también a los abuelos. Que si los jóvenes no medran es porque los viejos viven a todo tren. Los mensajes van calando, de tal modo que ya el ruido sobrepasa al contenido. En este batiburrillo lo mismo hablamos de corrupción, de ETA, de Ábalos, del apagón… Y, creciendo, el “y tú más”, reconocimiento expreso de que “yo también”.

Ha hecho mella el liberalismo rampante, esa teoría en la que, según Addams, es lícito buscar el beneficio propio siempre que no se dañe el ajeno

Y decía que la maldad. Sí, que es fruto del egoísmo más abyecto. Ha hecho mella el liberalismo rampante, esa teoría en la que, según Addams, es lícito buscar el beneficio propio siempre que no se dañe el ajeno. No perderé el tiempo en decir que no funciona así y que, como mínimo, la mayoría de las grandes compañías basan su beneficio en tomarles a ustedes el pelo. Si se lo toman a ustedes como clientes, ni les cuento lo que les hacen a trabajadores y proveedores. Obligados a defenderse, se vuelven ustedes egoístas y desconfiados. 

Prefiero, para salirme de ese círculo, pensar siempre en el colectivo. Sí, y ver cómo puedo beneficiar a los que me rodean sin que me perjudique, al menos exageradamente. Ya ven, ni católico ni nada, es como funciono. Y ahora me dirán ustedes que me lleve unos cuantos inmigrantes a casa. Tampoco me importaría, pero pensando como pienso, comprenderán que pida al Estado una solución colectiva. Porque, claro, a lo mejor convierto mi casa en un foco de peligrosa actividad criminal.

Pero para este nuevo año sí tengo un deseo (sí, sí, autonomía para León aparte) y es que consigamos entre todos poder dar “vida nueva” a quien viene, honesta y esforzadamente, a vivirla entre nosotros

Intitulo esta columna como “vida nueva”, esa que el aforismo vincula al propósito de año por estrenar. Soy ya pájaro viejo para cambiar de vida, que unas cuantas distintas me contemplan. Seguiré, si los sufridos y benévolos “díriges” de este digital me lo permiten, por estos pagos con lengua, a falta de bayoneta, calada. Pero para este nuevo año sí tengo un deseo (sí, sí, autonomía para León aparte) y es que consigamos entre todos poder dar “vida nueva” a quien viene, honesta y esforzadamente, a vivirla entre nosotros.

Feliz año. Feliz vida.