El tiempo

Entre Tierra y Futuro: Retos y Oportunidades de la Agricultura en León

En León, la tierra sigue siendo la medida de todas las cosas...

En León, la tierra sigue siendo la medida de todas las cosas. De ella nace la economía, la identidad y el carácter de un pueblo que aprendió a leer el tiempo en las nubes y el futuro en las raíces. Durante generaciones, el campo ha enseñado a leer el tiempo en el cielo y el porvenir en el suelo. Pero hoy, ese mismo campo que nos define se ha convertido en el escenario de una paradoja: producimos mucho y ganamos poco. La agricultura leonesa continúa siendo el eje silencioso de nuestra estructura económica, sin embargo, el modelo que se le impone la condena a ser solo eso: productora de materia prima barata para que otros fabriquen el valor. Al amanecer, cuando el riego todavía duerme y el campo huele a tierra fría, nada parece anunciar una crisis. La superficie está ahí, fértil, disponible, silenciosa. Pero bajo esa calma persiste una tensión que no es nueva ni pasajera. La agricultura leonesa no atraviesa una mala racha: atraviesa el final lógico de un modelo que se diseñó lejos, mantenido durante décadas con parches y cada vez más desconectado de la realidad climática, energética y social. No falla el agricultor, ni su conocimiento, ni su capacidad productiva. Lo que falla es un sistema que concentra el beneficio fuera y deja en el territorio los costes, el riesgo y el desgaste.

El campo leonés sigue sosteniendo la economía sin hacer ruido. Y quizá por eso ha sido tan fácil arrinconarlo

El campo leonés sigue sosteniendo la economía sin hacer ruido. Y quizá por eso ha sido tan fácil arrinconarlo. Produce grano, leche, carne, remolacha. Volumen. Materia prima. Pero el valor se fabrica lejos. Aquí quedan la faena, el riesgo y el desgaste. Allí, el margen. No es una mala campaña ni una crisis puntual: es el final lógico de un modelo pensado para que otros ganen. Producir es imprescindible, pero no basta. La espiga no paga facturas. El grano sin nombre vale poco. El dinero aparece cuando alguien transforma, envasa, vende y pone su marca. Mientras León siga enviando camiones cargados y recibiendo productos terminados, seguirá atrapado en una relación desigual: vender barato y comprar caro. Trabajar para enriquecer a otros cansa. Y empobrece.

Esto no es solo economía. Es poder. Cada vez que la transformación se hace fuera, también se va la capacidad de decidir. El agricultor queda reducido a proveedor, sometido a precios fijados en despachos que no pisan barro. Los costes suben solos: energía, fertilizantes, maquinaria. El precio de venta no.

Frente a este panorama, la estructura agraria leonesa aparece como una anomalía que, lejos de ser un problema, constituye una fortaleza. Más de la mitad de las explotaciones agrarias de la provincia se sitúan por debajo de las 50 hectáreas, configurando un mosaico de pequeños y medianos propietarios que aún resiste y que no es un residuo del pasado, sino un equilibrio frágil y valioso. Diversifican cultivos, reparten ingresos, mantienen el paisaje y la vida rural. Frente al latifundio o al campo convertido en activo financiero, el agricultor familiar representa la economía real: la que deja riqueza en el territorio, la que compra en el comercio local, la que mantiene abiertos pueblos y escuelas.

Allí donde la tierra se concentra, se vacía el territorio. Allí donde se reparte, la riqueza circula

Defender este modelo no es nostalgia, es una necesidad social y política. Allí donde la tierra se concentra, se vacía el territorio. Allí donde se reparte, la riqueza circula. El minifundio, tantas veces despreciado por los tecnócratas, ha sido en León un amortiguador de crisis y una forma silenciosa de justicia económica. Lo que genera el agricultor familiar no acaba en un fondo extranjero: se queda, gira y sostiene.

Sin embargo, ese equilibrio está amenazado por una doble presión. Por un lado, las políticas agrarias y los mercados que favorecen la concentración y la escala. Por otro, el abandono de la transformación local como estrategia de desarrollo. Si no se corrige esta deriva, León corre el riesgo de convertirse en un simple apéndice agrícola, un territorio proveedor para economías más industrializadas. Cada fábrica que se instala fuera, cada cooperativa que centraliza su poder lejos, es una porción de futuro que se evapora.

El verdadero desafío no es producir más, sino retener más. No llenar solo silos, sino obradores y fábricas. No hablar únicamente de sostenibilidad, sino de valor. León tiene recursos de sobra: cereales, legumbres, hortalizas, vinos. Falta una visión que conecte el campo con la industria, el producto con la marca y la tierra con una economía que no se limite a extraer.

A este problema estructural se suma otro igual de profundo: el modelo productivo impuesto desde finales del siglo pasado. Especialización extrema, monocultivos y regadío intensivo desplazaron al agricultor del centro del sistema. La Política Agraria Común no corrigió ese rumbo; lo reforzó. Bajo la promesa de estabilidad, premió el tamaño y la acumulación, redujo el número de agricultores, bloqueó el relevo generacional y empujó hacia un modelo intensivo, dependiente de insumos externos y de precios fijados fuera del territorio.

Mantener el modelo exige invertir cada vez más para ganar cada vez menos

El resultado es un sistema frágil. El regadío, presentado durante años como motor incuestionable del desarrollo, se sostiene hoy sobre dos bases inestables: el agua y la energía. El clima ofrece treguas engañosas, pero la tendencia es clara: menos agua, más calor, más extremos. Mantener el modelo exige invertir cada vez más para ganar cada vez menos. A esto se suma la crisis energética, que ha disparado los costes de bombeo, fertilización y mecanización. La modernización prometida se parece cada vez más a una burbuja sostenida por deuda y subvención.

Mientras tanto, la tierra ha cambiado de función. Ha dejado de ser solo un medio de vida para convertirse en un activo financiero. Fondos de inversión y grandes corporaciones entran en el campo buscando rentabilidad, no alimentos. En León esto se traduce en precios al alza, acceso cada vez más difícil y agricultores desplazados. El campo se vacía de personas y se llena de contratos. Nada de esto es ajeno a la política autonómica. Castilla y León ha funcionado como una estructura de estabilidad para determinados intereses económicos. Se ha invertido en infraestructuras, pero se ha renunciado a construir un tejido agroindustrial propio. León produce; otros deciden y otros cobran. Un modelo extractivo que acumula volumen y deja poco territorio.

A este escenario se suma un ruido interesado: la desinformación. En lugar de señalar las causas reales concentración, dependencia energética, especulación, crisis energética, cambio climático, se fabrican enemigos cómodos. Se culpa a la transición ecológica o a Europa como abstracción. Ese discurso no protege al agricultor, lo mantiene atrapado.

El resultado es una parálisis conocida: costes al alza, márgenes mínimos, endeudamiento creciente y la promesa de que más superficie y más intensificación lo arreglarán todo. Cuando esa burbuja estalle, el daño no será solo económico, sino social, territorial y ambiental.

León aún puede elegir. Tiene tierra, conocimiento y gente. Pero el tiempo se estrecha. No decidir también es decidir, y como casi siempre, el precio lo acabarán pagando quienes siguen trabajando la tierra

Cambiar el rumbo actual es una cuestión de supervivencia. Regular el acceso a la tierra, apoyar a la pequeña y mediana agricultura, orientar la investigación a la resiliencia y garantizar una transición justa son condiciones mínimas para que el campo siga existiendo. León aún puede elegir. Tiene tierra, conocimiento y gente. Pero el tiempo se estrecha. No decidir también es decidir, y como casi siempre, el precio lo acabarán pagando quienes siguen trabajando la tierra.