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Gracias a Dios que alguien tiene la bomba

Cuando el derecho internacional falla, solo queda el poder de quienes aún creen en la libertad...

Cuenta la historia que cuando Hitler reocupó la Renania militarizada en 1936, sus generales llevaban órdenes de retirarse si los franceses ofrecían resistencia. No la ofrecieron. El ejército alemán era aún débil, el régimen frágil, y una respuesta firme habría bastado. Pero Europa prefirió mirar hacia otro lado, invocar la soberanía alemana, confiar en la buena fe de un hombre que había escrito con toda claridad sus intenciones. Tres años después llegó Polonia. Y luego el resto.

Hoy, mientras escribo estas líneas, el gobierno de Pedro Sánchez acaba de negarse a que los aviones cisterna estadounidenses despeguen desde las bases de Rota y Morón para apoyar la operación militar contra Irán. El embajador iraní en Madrid ha calificado la decisión de “valiosa”. Hamas la ha aplaudido. Los hutíes también. El ministro de Exteriores israelí ha preguntado públicamente si España está en el “lado correcto de la historia”. La respuesta, me temo, es que no lo está. O, más exactamente, que no lo quiere estar.

El argumento del Gobierno es el de siempre: el derecho internacional. La ministra Margarita Robles lo ha enunciado con la solemnidad de quien anuncia una verdad eterna: “la fórmula no puede ser nunca el ejercicio de la violencia”. Es una frase hermosa. Suena bien. El problema es que aplicada al nazismo en 1944 habría equivalido a oponerse al desembarco de Normandía. Y alguien en el PP ya lo ha dicho, con toda la razón. Hay momentos en la historia en que el derecho internacional no es un escudo para los débiles, sino un parapeto para quienes no quieren ensuciarse las manos mientras otros cargan con el peso de defender la civilización.

Conviene ser precisos sobre qué es Irán, porque la izquierda española lleva años mezclando deliberadamente dos planos. El régimen de los ayatolás no es un gobierno con el que se puede discrepar educadamente.

Conviene ser precisos sobre qué es Irán, porque la izquierda española lleva años mezclando deliberadamente dos planos. El régimen de los ayatolás no es un gobierno con el que se puede discrepar educadamente. Es una teocracia totalitaria que ejecuta a manifestantes,en los últimos mese unos 40.000. Que en los últimos años ha condenado a flagelación a cientos de mujeres por negarse a llevar el velo, que tiene a menores en espera de ejecución por participar en protestas. Mujeres que gritan “Vida, Libertad” mueren bajo el fuego de la Guardia Revolucionaria. La OIEA declaró en junio de 2025, por primera vez en dos décadas, que Irán incumplía formalmente sus obligaciones de no proliferación nuclear. Antes de los ataques de junio, el régimen acumulaba más de 440 kilogramos de uranio enriquecido al sesenta por ciento: suficiente, según los expertos, para fabricar varias bombas si se procesa un poco más. El llamado “tiempo de ruptura”, el plazo técnico para producir material apto para un arma, se había reducido a apenas una o dos semanas.

¿Y el derecho internacional? Existe, sí. Pero tiene un defecto estructural que sus defensores prefieren no mencionar: no funciona sin brazo ejecutor. El Consejo de Seguridad está bloqueado por los vetos de Rusia y China, que cubren a Teherán como protectores estratégicos. El OIEA llevaba meses sin poder inspeccionar los sitios clave. El acuerdo nuclear de 2015, el JCPOA, se desintegró sin que nadie pudiera hacer nada. Los mecanismos existen en el papel, y solo en el papel. Un contrato que nadie puede ejecutar no es derecho: es teatro. La Sociedad de Naciones también existía cuando Hitler remilitarizó el Rin. Y tampoco sirvió de nada.

La contradicción es tan flagrante que produce vértigo. La misma izquierda que marcha por los derechos de la mujer, que convierte el feminismo en su seña de identidad, que llena las redes de mensajes sobre la violencia patriarcal, protege con su silencio cómplice a un régimen que encarcela a mujeres por quitarse el velo en la calle.

Hay una tradición en la izquierda europea, y muy especialmente en la española, de entenderse con lo que detesta cuando los intereses lo aconsejan. Stalin firmó el Pacto Molotov-Ribbentrop en agosto de 1939 y le regaló a Hitler la libertad estratégica para invadir Polonia. No lo hizo por simpatía ideológica sino por cálculo frío. Nueve días después empezó la Segunda Guerra Mundial. Algo de esa tradición pervive cuando Podemos y Sumar califican los ataques sobre Irán de “operación imperialista”, cuando el ministro Urtasun los llama “ataque ilegal”, cuando la ministra García habla de “nueva operación imperialista” contra una “teocracia y una dictadura”, reconociendo de paso lo que el régimen es, pero decidiendo que proteger las formas jurídicas importa más que proteger a quienes mueren bajo ese régimen.

La contradicción es tan flagrante que produce vértigo. La misma izquierda que marcha por los derechos de la mujer, que convierte el feminismo en su seña de identidad, que llena las redes de mensajes sobre la violencia patriarcal, protege con su silencio cómplice a un régimen que encarcela a mujeres por quitarse el velo en la calle. La misma izquierda que lleva el arcoíris como bandera mira hacia otro lado cuando ese régimen condena a muerte a personas por su orientación sexual. Lo hacen porque su brújula no apunta al norte moral sino al norte antioccidental. La medida de todo no es si un régimen oprime a sus ciudadanos, sino si ese régimen se opone a Estados Unidos. Y si se opone a Estados Unidos y a Israel, automáticamente adquiere cierta inmunidad en el imaginario de la izquierda española.

Sánchez ha intentado mantener el equilibrismo habitual: condenar el régimen iraní y condenar al mismo tiempo la operación militar. Es una posición que puede parecer razonable hasta que uno la examina con detenimiento. Porque hay momentos en los que la neutralidad no es una postura moral sino su ausencia. Y no es casual que en ese equilibrismo el único que aplaude sea el embajador iraní, mientras el ministro israelí, los exmandos militares españoles y la gran mayoría de los socios europeos de la OTAN señalan que España se ha movido fuera de la órbita occidental. Macron ha dado el paso histórico de ofrecer el paraguas nuclear francés a ocho países europeos. España no está entre ellos. A Marruecos, dicen los generales, le deben estar frotando las manos.

La lección que Europa no aprendió en los años treinta no era solo que Hitler era malo. Eso lo sabía mucha gente. La lección era que los regímenes totalitarios no se moderan con el tiempo, no se ablandan con concesiones, no se convencen con negociaciones. Se consolidan. Cada cesión les enseña que el adversario no está dispuesto a actuar en serio. Cada acuerdo roto sin consecuencias refuerza su impunidad. El apaciguamiento no compró la paz en 1938: compró tiempo para que Hitler perfeccionara su maquinaria de guerra. La diplomacia de papel firmada en Munich fue, en retrospectiva, la garantía de que el coste futuro sería infinitamente mayor que el de haber actuado antes.

Se hace más seguro cuando los regímenes que amenazan la civilización encuentran a alguien dispuesto a pararles los pies. Churchill no esperó a que la ONU le diera cobertura legal.

Debería reconfortarnos, aunque suene paradójico, que Israel y Estados Unidos dispongan en este momento de la voluntad y la capacidad militar para actuar. Porque si algo enseña el siglo XX es que el mundo no se hace más seguro cuando las democracias se desarman moralmente, cuando deciden que toda intervención es imperialismo y toda fuerza es ilegítima. Se hace más seguro cuando los regímenes que amenazan la civilización encuentran a alguien dispuesto a pararles los pies. Churchill no esperó a que la ONU le diera cobertura legal. Eisenhower no pidió permiso en Viena para desembarcar en Normandía. Y sin embargo, la historia los recuerda como salvadores, no como agresores.

No estoy diciendo que todas las intervenciones militares sean legítimas ni que la fuerza resuelva todos los problemas. Estoy diciendo algo más preciso: que cuando el derecho internacional no funciona, cuando las instituciones no pueden ejecutar sus propias normas, cuando un régimen totalitario acumula material nuclear a una semana de poder fabricar una bomba y mientras tanto financia a Hezbollah en el Líbano, a los hutíes en el Mar Rojo y a Hamás en Gaza, entonces la intervención armada no es un crimen. Es, en ocasiones, la única respuesta que la historia no juzgará como complicidad.

Ojалá en los años cuarenta hubiéramos podido decir lo mismo. Ojalá alguien hubiera actuado antes. Ojalá los millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial hubieran podido beneficiarse de una intervención temprana que la diplomacia de apaciguamiento bloqueó durante años. No roguemos décadas después que alguien hubiera actuado antes. No repitamos el error de confundir la inacción con la virtud, ni la cobertura jurídica con la justicia. Y no permitamos que un gobierno que recibe el aplauso del embajador iraní, de Hamás y de los hutíes nos diga con solemnidad que está defendiendo el derecho internacional. Están defendiendo otra cosa. Y la historia, cuando tenga perspectiva, lo nombrará con precisión