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Esa izquierda que es medio santa...

...y medio rufián que a veces escucha cantos cara al sol | De Anguita a los cuadros de consigna: crónica de una ruina intelectual

El martes pasado, la portavoz del Gobierno, Elma Saiz, compareció ante la prensa para anunciar la desclasificación de los documentos del 23 de febrero de 1981. Cuarenta y cinco años después del intento de golpe de Estado más grave de nuestra democracia, el Ejecutivo decidía por fin abrir los archivos. La noticia merecía una justificación a la altura: la transparencia democrática, el derecho de la ciudadanía a conocer su historia, la normalización institucional con la que funcionan el resto de las democracias europeas. Cualquiera de esos argumentos habría bastado. Saiz eligió otro. Los documentos del 23F se desclasificaban, dijo la portavoz, para evitar que "jóvenes canten el Cara al sol por nuestras calles". Era su diagnóstico de la amenaza que justificaba la medida: legiones de mozalbetes recorriendo las aceras de España entonando el himno falangista. Las fantasías de café de la izquierda desnortada llevadas al Consejo de Ministros.

No sé en qué ciudad vive la señora Saiz. En las que yo conozco, lo que cantan los jóvenes por la calle es otra cosa. Pero su diagnóstico, involuntariamente, describe mejor que cualquier análisis el estado mental de una izquierda que lleva años gobernando con el fantasma del fascismo como único argumento político. Cuando la portavoz de un Gobierno necesita invocar a jóvenes cantando himnos franquistas para justificar una decisión de archivo histórico, está diciéndonos algo importante: que ya no tiene otro idioma disponible. Que la amenaza imaginaria ha sustituido al programa real. Que el antifascismo de guardarropía se ha convertido en el único producto que queda en el catálogo.

Julio Anguita murió en mayo de 2020 y con él se fue, quizá definitivamente, el último referente de una izquierda española capaz de pensar en grande.

Y aquí es donde conviene recordar de dónde venía todo esto.

Julio Anguita murió en mayo de 2020 y con él se fue, quizá definitivamente, el último referente de una izquierda española capaz de pensar en grande. Se puede discrepar de sus ideas, disentir de sus conclusiones, pero no se puede negar que el alcalde de Córdoba era un hombre que había leído, que había reflexionado, que tenía un sistema de pensamiento coherente construido durante décadas y que se traspasaba, además, a su modo de vida. Cuando hablaba de la clase trabajadora sabía de qué hablaba porque la conocía de cerca: era un maestro en el sentido literal, había enseñado en escuelas públicas, había convivido con los hijos de los obreros, había entendido que la política no es un espectáculo sino una herramienta para transformar la vida de la gente común. De ahí aquello de "programa, programa, programa". No era una boutade: era toda una filosofía política en tres palabras.

Lo que hoy se presenta como refundación de ese espacio —ese acto del pasado 21 de febrero en Madrid, bajo el no especialmente original lema de "Un paso al frente"— tiene muy poco que ver con aquella tradición. La escena dice mucho: Gabriel Rufián convocando a la unidad de la izquierda ante una sala abarrotada, el evento conducido por la tuitera televisiva Sara Santaolalla, con asistentes de Sumar, IU, Más Madrid y los Comuns. Falta Podemos, falta Yolanda Díaz, falta ERC. Falta, sobre todo, cualquier atisbo de elaboración teórica que merezca ese nombre. Lo que queda es puro márquetin emocional: la amenaza del fascismo como argumento movilizador, los efectos de libro de autoayuda, la urgencia como sustituto del programa, la imagen como sustituto de las ideas.

Rufián es, en este sentido, un caso revelador. Trabajó diez años en una empresa de trabajo temporal antes de que las tertulias televisivas le descubrieran aptitudes para el debate. No militó en partidos desde joven, no tiene formación política en sentido estricto, admitió que dudó entre dedicarse a la política o ser tertuliano —como si fueran profesiones equivalentes, que en el fondo cada vez lo son más—. Y quería ser periodista, pero no le dio la nota. Todo eso está bien; no hay por qué exigir credenciales académicas para hacer política. Lo que sí puede exigirse es coherencia intelectual, programa y solvencia argumental. Lo que Rufián ofrece en su lugar es una retórica ágil, frases efectistas de comercial de mercadillo para la red social de turno y la repetición incesante de un vocabulario que él mismo reconoció como propio: "Soy bastante pesado. Repito mucho el mensaje." Es, en esencia, el modelo del agitador mediático elevado a categoría de estadista.

Sara Santaolalla, que modera el acto como si fuera un programa de entretenimiento político, completa el cuadro. Publicista del gobierno en televisión, polemista de tertulias, colaboradora de su pareja en RTVE con retribuciones generosas y defensora encendida de las posiciones del Gobierno en cualquier debate, ahora ejerciendo de maestra de ceremonias de la refundación de la izquierda española. No hay nada necesariamente malo en ser comunicadora. Sí hay algo revelador en que la izquierda, cuando convoca a refundarse, elija como guía intelectual a alguien cuya autoridad se mide en seguidores de Twitter y en apariciones en prime time. Anguita se formó en los clásicos del pensamiento político; Santaolalla se formó en los debates del mediodía. No es un reproche personal: es una descripción de lo que ha cambiado.

La sustitución ha sido gradual, casi imperceptible al principio, pero hoy es total. Donde antes había discurso sobre salarios, condiciones laborales, industria nacional y vivienda accesible

La pregunta que nadie parece hacer en voz alta es la siguiente: ¿refundar para qué y para quién?

Porque aquí está el problema de fondo, el que ningún acto en una sala de Madrid con pancartas vistosas puede resolver. La izquierda española lleva dos décadas ejecutando la maniobra más autodestructiva de su historia: ha abandonado a la clase trabajadora mayoritaria, en su concepto de lucha de clases, para subrogarse en portavoz de una coalición de minorías. La sustitución ha sido gradual, casi imperceptible al principio, pero hoy es total. Donde antes había discurso sobre salarios, condiciones laborales, industria nacional y vivienda accesible, hay ahora un catálogo de demandas identitarias que resulta casi ininteligible para el obrero del metal de Sagunto, para la cajera de supermercado de Albacete o para el agricultor de Extremadura.

El historiador Eric Hobsbawm ya lo advirtió en los años noventa, cuando la tendencia era incipiente: la conquista de las mayorías no es lo mismo que sumar minorías. Cada grupo de identidad se organiza para sí mismo, articula sus propias demandas y no tiene por qué coincidir con las del siguiente. Una coalición construida sobre esa base tiene la solidez de un castillo de naipes. Lo que mantiene unida a la gente común —al que trabaja, al que paga hipoteca, al que lleva a sus hijos a la escuela pública— no son las identidades fragmentadas sino las condiciones materiales de su existencia. Y de eso, curiosamente, la izquierda ha dejado de hablar con la misma pasión con que antes lo hacía.

El resultado electoral es la evidencia que nadie puede rebatir: la izquierda alternativa lleva años perdiendo votos en los barrios obreros donde ganaba hace veinte años. Los mismos barrios del cinturón industrial de las grandes ciudades que en otro tiempo eran su feudo natural, que votaban comunista o socialista de manera generacional, hoy dividen su voto de maneras impredecibles. Algunos han ido a la abstención. Otros, y esto es lo que más incomoda admitir, han derivado hacia la derecha populista. No porque les haya cambiado la vida material, sino porque la izquierda ha dejado de hablarles en un idioma que reconozcan como propio ni que refleje la situación actual.

La izquierda que hoy intenta refundarse en salas de Madrid con tuiteras televisivas como anfitrionas tiene un problema con esa herencia que no puede resolver con un lema nuevo.

En su lugar, la nueva izquierda habla un idioma con su centro de gravedad en las universidades, en los medios digitales y en ciertos sectores de las clases medias urbanas ilustradas. Es un idioma sofisticado, lleno de conceptos que requieren glosario, que aborda con gran energía cuestiones que son legítimas pero que no son las prioritarias para la mayoría. El trabajador de la construcción que no llega a fin de mes tiene otras urgencias antes de que le expliquen la interseccionalidad. La madre de familia que no encuentra plaza de guardería está más interesada en la red de escuelas infantiles que en los debates sobre el lenguaje inclusivo. No es que esas otras cuestiones no importen: es que han colonizado el discurso de manera tan exclusiva que han desplazado todo lo demás.

Y luego está la cuestión moral, que es donde la comparación con el Anguita del pasado se vuelve más implacable. Él vivió siempre con el sueldo de maestro, incluso en sus cargos públicos, nunca aceptó privilegios, rechazó las comodidades del poder institucional cuando creyó que comprometían sus principios. Mantuvo hasta el final una independencia de criterio que le costó coaliciones, pactos, resultados electorales que podrían haber sido mejores. Era un político que se tomaba en serio la coherencia entre lo que decía y lo que hacía.

La izquierda que hoy intenta refundarse en salas de Madrid con tuiteras televisivas como anfitrionas tiene un problema con esa herencia que no puede resolver con un lema nuevo. No puede resolverlo porque no es un problema de comunicación ni de márquetin político. Es un problema de substancia: la distancia insalvable entre quienes forjaron una tradición pensando en la mayoría trabajadora y quienes hoy la gestionan pensando en la minoría que les consume en redes sociales.

Volvamos, para cerrar, a la portavoz del Gobierno y sus jóvenes imaginarios cantando el Cara al sol. En ese breve momento de rueda de prensa está condensado, sin querer, el retrato completo de lo que ha pasado. Una izquierda que necesita inventarse enemigos fantasmáticos porque ha perdido el contacto con los problemas reales. Que convierte un acto de apertura de archivos históricos en munición para la guerra cultural. Que habla de fascismo en cada esquina mientras sus socios de gobierno negocian con quienes nunca pidieron perdón por ochocientos cincuenta y tres muertos. Y que cuando convoca a refundarse, lo hace con un tertuliano de ETT y una polemista del gobierno a sueldo de televisión, porque ya no le quedan maestros de Córdoba.

Anguita decía que el primer deber del político de izquierdas era conocer la realidad. No la realidad tal como uno quisiera que fuera, sino tal como es. La realidad de la izquierda española hoy es que se está quedando sin el pueblo que decía representar. Y la respuesta que ofrece a esa crisis —más eslóganes, más fantasmas fascistas, más tuiteras de tertulias, más refundaciones sin programa— demuestra que o no conoce esa realidad, o ha decidido mirar hacia otro lado.

Cualquiera de las dos opciones explica bastante bien por qué está donde está.