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El lado correcto de la historia

De Xi Jinping a los hutíes, pasando por el Tíbet: un mapa de las complicidades
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Pedro Sánchez ha vuelto de China con una frase en el bolsillo. Xi Jinping le regaló, en su cuarta cumbre en cuatro años, la certificación que andaba buscando: España y la República Popular están "en el lado correcto de la historia". Es una afirmación interesante, sobre todo viniendo del presidente del Gobierno después de legitimar diplomáticamente a una dictadura que pisotea derechos humanos, amenaza a Taiwán, aplasta Hong Kong, protege a Rusia en su guerra de agresión contra Ucrania y convierte el derecho internacional en una pieza decorativa que solo invoca cuando le conviene.

El problema es que nos quiere convencer de que la historia tiene un lado correcto perfectamente identificable y que, casualmente, él está siempre allí

Hay algo profundamente obsceno en esa retórica. No porque Sánchez no tenga derecho a elegir bando —todos lo tenemos—, sino porque pretende erigirse en defensor de una superioridad moral que su propia política exterior —y, sobre todo, su política interior— desmienten cada día. El problema no es ya que el presidente utilice la propaganda como sustituto del criterio. El problema es que nos quiere convencer de que la historia tiene un lado correcto perfectamente identificable y que, casualmente, él está siempre allí, aunque sus socios, sus silencios y sus concesiones digan exactamente lo contrario.

Conviene recordar de qué hablamos cuando hablamos de China. No de un gigante comercial con el que mantener diferencias diplomáticas corteses, sino de un régimen que en 1950 invadió el Tíbet —territorio que antes de esa fecha mantuvo estructuras políticas propias, autonomía efectiva y relaciones exteriores reconocidas— y lo anexionó por la fuerza, arrancando bajo coacción la firma del llamado Acuerdo de los Diecisiete Puntos. El propio Dalái Lama y organizaciones internacionales de derechos humanos han cifrado en más de un millón los tibetanos muertos bajo el dominio comunista; más de seis mil monasterios fueron destruidos y una lengua y una cultura sistemáticamente erradicadas. En 2023, expertos de Naciones Unidas documentaron que un millón de niños tibetanos han sido separados a la fuerza de sus familias y enviados a internados de asimilación forzada. Eso no es respeto al derecho internacional: es la normalización diplomática de una ocupación sostenida por la fuerza durante décadas.

Pero el Tíbet no es el único capítulo del libro. En Xinjiang, China lleva desde 2017 ejecutando contra la minoría uigur lo que varios parlamentos occidentales y el propio gobierno de Estados Unidos han calificado formalmente como genocidio. Más de un millón de uigures fueron internados arbitrariamente en campos de concentración —algunas estimaciones oficiales estadounidenses llegaron a hablar de hasta tres millones— donde sufrieron adoctrinamiento, tortura, violación y esterilización forzada. Las tasas de natalidad en las zonas uigures cayeron más de un sesenta por ciento entre 2015 y 2018, según las propias estadísticas del gobierno chino. La Oficina del Alto Comisionado de la ONU concluyó en 2022 que las políticas de Pekín en Xinjiang podían constituir crímenes de lesa humanidad. Cientos de miles de uigures permanecen bajo detención o control coercitivo. Los menores de dieciocho años tienen prohibido entrar en una mezquita. Llevar barba o ayunar durante el Ramadán es motivo suficiente para ser detenido. Y China acusa de "politizar los derechos humanos" a quien lo señala.

Esta es la potencia a la que Sánchez visita por cuarta vez en cuatro años, con la que firma "diálogos estratégicos" y de cuyo líder acepta con sonrisa el diploma moral de la historia

La represión religiosa no se limita a los musulmanes. Budistas tibetanos, cristianos, practicantes del Falun Gong: el régimen chino considera cualquier lealtad espiritual ajena al Partido como una amenaza subversiva. En Hong Kong, la Ley de Seguridad Nacional de 2020 aplastó la autonomía prometida en el acuerdo de retrocesión con el Reino Unido. En Taiwán, veintitrés millones de personas que han construido una democracia próspera viven bajo la amenaza permanente de una anexión por la fuerza. Esta es la potencia a la que Sánchez visita por cuarta vez en cuatro años, con la que firma "diálogos estratégicos" y de cuyo líder acepta con sonrisa el diploma moral de la historia.

Y Xi no le entregó esa legitimación moral por cortesía diplomática. La complicidad es mutua y tiene un precio geopolítico. Cuando Sánchez en la rueda de prensa de Pekín insinuó que China podría jugar un papel mediador en el conflicto con Irán —preguntándose en voz alta si había "un actor más adecuado para hablar de una solución en Ormuz"— estaba normalizando algo que debería helar la sangre a cualquier demócrata europeo: la idea de que una potencia que apoya militarmente a Teherán, que le suministra tecnología dual y que actúa repetidamente como escudo diplomático en el Consejo de Seguridad, debería ejercer de árbitro en el conflicto que ella misma ha contribuido a hacer posible. No es pragmatismo: es presentar al pirómano como si pudiera ejercer de bombero.

Irán es el arquitecto de la mayor red de terrorismo por delegación del siglo XXI

Porque Irán no es solo el régimen que ejecuta a manifestantes, que encarcela a mujeres por quitarse el velo, que tiene menores esperando la pena de muerte por participar en protestas. Irán es el arquitecto de la mayor red de terrorismo por delegación del siglo XXI. Durante décadas, su Guardia Revolucionaria ha financiado, armado y entrenado a Hezbolá en el Líbano, a Hamás en Gaza, a la Yihad Islámica Palestina, a milicias chiíes en Irak y Siria. El Departamento de Estado estadounidense ha estimado que Irán gastó más de dieciséis mil millones de dólares en sostener al régimen de Assad y a sus proxies entre 2012 y 2020. A Hamás le transfirió más de doscientos veinte millones entre 2014 y 2022. Y a los hutíes en Yemen —que llevan más de dos años atacando el tráfico comercial en el Mar Rojo, disparando misiles contra ciudades y desestabilizando una de las rutas marítimas más importantes del mundo— les proporciona armas, inteligencia y formación continua. China ha actuado repetidamente como escudo diplomático de Teherán en cada votación relevante del Consejo de Seguridad. Esta es la arquitectura. Y Sánchez propone que su constructor la gestione.

De modo que cuando el presidente dice que él está en "ese lado de la historia", conviene preguntar de cuál habla exactamente. Porque yo sí sé en qué lado no estoy. No estoy en el lado de la historia donde está Hamás, organización terrorista que el 7 de octubre de 2023 masacró a más de mil doscientas personas, que mantiene rehenes, que convierte el asesinato de civiles en herramienta política y la barbarie en argumento moral. No estoy en el lado donde está el chavismo, que ha destruido una nación entera mientras la izquierda española buscaba coartadas semánticas para no llamar dictadura a lo que era y es una dictadura. No estoy en el lado donde los hutíes son presentados como una "resistencia" legítima y no como la milicia terrorista que bloquea el comercio internacional y lanza misiles contra ciudades civiles. Y tampoco estoy en el lado donde se firma un "diálogo estratégico" con la única gran dictadura comunista superviviente del siglo XX, junto con la cubana, y uno sale de Pekín hablando de principios.

El problema de fondo es que Pedro Sánchez habla del "lado correcto de la historia" como si la historia fuera una tarima moral desde la que se reparten certificados de pureza, pero gobierna en España apoyado por quienes jamás han hecho una ruptura moral seria con la tradición política de ETA y sus herederos, por quienes justifican regímenes autoritarios iberoamericanos, por quienes consideran que la democracia liberal es negociable si el adversario adecuado está al otro lado. Ahí está la clave de su forma de ejercer el poder.

La izquierda española lleva años construyendo una geografía moral extravagante en la que siempre está del lado correcto aunque acompañe a los equivocados

La izquierda española lleva años construyendo una geografía moral extravagante en la que siempre está del lado correcto aunque acompañe a los equivocados. Condena con pasión teatral a la extrema derecha europea, pero encuentra siempre palabras más suaves cuando el autoritarismo habla en nombre del antiamericanismo o del anticolonialismo. Si el agresor lleva uniforme ruso, se habla de contexto. Si el opresor se llama Maduro, se habla de complejidad. Si el carcelero viste de verde oliva o de burocracia comunista, se habla de bloqueo. Si el represor aplasta a los uigures en Xinjiang, se habla de soberanía interna. Y si el aliado estratégico ocupa militarmente el Tíbet desde 1950 y destruye Hong Kong, se habla de "diálogo estratégico".

Los valores que definen el lado correcto de la historia no son un eslogan. Son concretos: la separación de poderes, el Estado de derecho, la libertad de prensa, las elecciones libres, el respeto a las minorías, la presunción de inocencia, la libertad religiosa, el derecho a la disidencia. Son los valores que el Tíbet perdió en 1950, que los uigures no tienen, que Hong Kong está perdiendo, que los hutíes nunca conocerán, que el régimen iraní combate activamente. Son los valores que la Europa liberal, imperfecta y a veces cobarde, sigue encarnando mejor que cualquier alternativa disponible. Y son los valores que se traicionan cada vez que un presidente democrático vuela a Pekín a recoger un diploma moral de la mano de un dictador.

No sé si Pedro Sánchez sabe realmente en qué lado está. Sospecho que le importa poco, siempre que el lado incluya moqueta, poder y continuidad. Pero sí sé dónde no estoy yo. Y sé también que una parte creciente de España empieza a entender que no basta con proclamarse moralmente superior para serlo. A veces ocurre exactamente lo contrario: cuanto más se invoca la historia, más evidente se vuelve que uno intenta esconderse de ella.

La verdad, desnuda, es que no todo vale. No todas las dictaduras merecen el mismo tono diplomático

Ese es el problema del sanchismo. No que carezca de discurso, sino que lo tiene siempre preparado para justificar su siguiente contradicción. Esa operación, durante un tiempo, puede funcionar. Pero llega un momento en que la acumulación de imposturas ya no se puede maquillar con palabras solemnes. La verdad, desnuda, es que no todo vale. No todas las dictaduras merecen el mismo tono diplomático. No todos los silencios son prudencia. Y no todos los presidentes que se autoproclaman en el lado correcto de la historia están, ni de lejos, en el lado correcto de la decencia.