El Óscar a la mejor actuación, para Sumar
El viernes pasado, los ministros de Sumar llegaron dos horas tarde al Consejo de Ministros. No por retención en la M-30, sino por decisión propia. Se negaron a entrar mientras el paquete de medidas anticrisis derivado de la guerra en Irán no incluyera sus exigencias en materia de vivienda. Drama en el pasillo, negociación en sala aparte, el presidente bajando personalmente a convencer a sus socios. Teatro político de manual. Al final entraron, por supuesto. Siempre entran. Y se fueron con un decreto de vivienda que, según los mismos analistas que aplaudían su arrojo, no tiene visos de superar el Congreso. Podemos —que algo sabe de estas dinámicas— lo llamó directamente "teatro". La Academia de Hollywood tiene un nombre más elegante para eso: se llama mejor actuación sostenida en el tiempo.
Si existiera un Óscar a la coherencia política invertida —es decir, al arte de decir una cosa y hacer exactamente la contraria durante cuatro años sin que se te caiga la cara de vergüenza—, Sumar se lo llevaría sin deliberación del jurado. El galardón estaría justificado no por un momento de bravura retórica, sino por la consistencia sin fisuras de toda una legislatura. Porque eso es lo que tiene mérito: no el gesto suelto, sino el sistema. El método. La disciplina profesional de mantener el personaje aunque el decorado huela a chamusquina.
Pero llega el jueves de votación, o el Consejo de Ministros del viernes, y el personaje se deshace como azúcar bajo la lluvia
El libreto es conocido. En los mítines, en las ruedas de prensa, en los programas de televisión donde Yolanda Díaz eleva la indignación a categoría artística, el discurso es el de siempre: confrontación con los poderes fácticos, lenguaje de clase, poses que evocan cierta épica que se practica con más entusiasmo en La Habana o en Caracas que en las democracias europeas donde uno cobra nómina del Estado. Riqueza obscena, élites desalmadas, clase trabajadora traicionada. Muy bien. Pero llega el jueves de votación, o el Consejo de Ministros del viernes, y el personaje se deshace como azúcar bajo la lluvia. Porque los sillones tienen una gravedad particular. Tiran hacia abajo con una fuerza que ninguna retórica transformadora ha logrado todavía vencer. No es solo una percepción. Basta revisar las votaciones de la legislatura: medidas anunciadas como irrenunciables que han sido retiradas, suavizadas o directamente abandonadas en cuanto han entrado en el circuito real del Gobierno.
Los números lo dicen mejor que cualquier análisis. Sumar pasó de doce coma tres por ciento y treinta y un escaños en las generales de 2023 a rondar el seis por ciento en las encuestas actuales. La mitad del voto en menos de tres años de legislatura. Ese desplome no es casual ni injusto: es la factura que pasa el electorado cuando lo que prometiste y lo que has hecho no guardan la más mínima relación. Los votantes de izquierda tienen mala memoria para muchas cosas, pero tienen muy buena memoria para la distancia entre el discurso del lunes y el voto del jueves.
Todos conocen las reglas del set de rodaje. Todos saben quién tiene la silla con el nombre en el respaldo y quién necesita que le señalen dónde sentarse
La tentación es tratar esto como un fenómeno exclusivo de Sumar, pero sería injusto con la tradición. Podemos recorrió exactamente el mismo arco dramático: fuego retórico desde la oposición, disciplina casi marcial en el apoyo al gobierno que les daba carteras. ERC y Bildu han perfeccionado durante años la variante separatista del mismo esquema: ruptura en el discurso, resignación en el voto, fidelidad incómoda pero irrompible hacia el único director que puede darles trabajo. Todos conocen las reglas del set de rodaje. Todos saben quién tiene la silla con el nombre en el respaldo y quién necesita que le señalen dónde sentarse.
El director de la función, Pedro Sánchez, ha demostrado en esto una habilidad cinematográfica notable. Mantiene a sus actores secundarios convencidos de que son protagonistas indispensables mientras les asigna papeles de comparsa con líneas de diálogo prefabricadas. Es el productor ejecutivo que distribuye los créditos con generosidad pero se reserva el control de la sala de montaje. El plantón de Sumar del viernes pasado lo desactivó en menos de dos horas con una fórmula tan elegante como reveladora: dos decretos en lugar de uno. El primero, con las medidas fiscales que tenían recorrido real, saldrá adelante. El segundo, con las medidas de vivienda que Sumar exigía, llegará al Congreso dentro de un mes para ser tumbado por Junts y el PNV. Un decreto para gobernar y otro para contentar. Teatro dentro del teatro.
Lo más revelador no es que Sumar ceda —eso ya lo sabíamos—, sino la lectura que hace de su propia cesión. Salieron del Consejo de Ministros reivindicando una victoria. Habían conseguido el decreto de vivienda. Que ese decreto esté prácticamente muerto antes de nacer es un detalle que no enturbia la narrativa. La izquierda española ha desarrollado una capacidad extraordinaria para celebrar derrotas como si fueran conquistas históricas, siempre que el comunicado de prensa esté bien redactado. Esa es, en el fondo, la esencia del método Stanislavski aplicado a la política: creerse el papel hasta el final, aunque el público lleve tiempo sin aplaudir.
En política actual, la coherencia es un coste. El poder, una prioridad
Hay algo en esta dinámica que va más allá de la hipocresía política ordinaria. Implica un cálculo frío y racional: En política actual, la coherencia es un coste. El poder, una prioridad. Es una decisión perfectamente comprensible desde el punto de vista individual. Lo que resulta más difícil de justificar es la pretensión de seguir hablando en nombre de los de abajo mientras se cobra sueldo del presupuesto público y se vota lo que el jefe de coalición pide. El problema no es que se sienten en el Consejo de Ministros: el problema es que mientras lo hacen, siguen pretendiendo que están en la barricada.
Los españoles —esa mayoría que distingue perfectamente entre la función y la realidad— llevan tiempo procesando lo que han visto. La paciencia democrática tiene estructura de obra en tres actos, y el tercero se llama urna. Cuando llegue ese momento, una parte de quienes abandonaron a Sumar no encontrará a su izquierda un partido alternativo que les convenza. Sin referencia creíble a la izquierda del PSOE, muchos acabarán trasladando su voto —con la nariz tapada, como quien toma una medicina necesaria— al propio Sánchez. Un trasvase involuntario que consolidará aún más al presidente como única gravitación real de la izquierda española. El actor secundario, al abandonar el reparto, engorda sin quererlo el caché del protagonista.
Se cierra así el ciclo perfecto del teatro político: los que vinieron a transformar el sistema acaban fortaleciéndolo. Los que prometieron ruptura entregan continuidad. Los que hablaban de las élites acaban siendo parte de ellas con credencial de socio de Gobierno —y con billete en business a Los Ángeles a cargo del contribuyente, casi ocho mil euros de ida, mientras su partido se hundía en Castilla y León con un dos por ciento de los votos.
En algún lugar de Hollywood, la Academia podría considerar añadir una nueva categoría a su próxima ceremonia. Mejor actuación sostenida en comedia de enredo político. El Óscar, por unanimidad, para Sumar. Porque la verdadera cuestión no es si actúan bien o mal: es si alguien gobierna en serio o si todos, sin excepción, solo interpretan un papel. Y cuando la política se convierte en teatro, el problema no es la actuación. El problema es el país.