León, ¿estás en Babia?
El VI Observatorio Económico Autonomía León, riguroso trabajo en su sexta entrega hace apenas unos meses para Proyecto León, aporta conclusiones más allá de lo preocupante. Los leoneses y leonesas deberíamos activar el modo de alarma ante la arrasadora evidencia de los datos que el informe arroja: desde hace 40 años, tras la instauración de la fallida autonomía de Castilla y León, la pérdida constante, la sangría insoportable que todos los territorios de León padecen en población, capacidad adquisitiva, tejido industrial y empresarial, empleo y degradación institucional, entre otras, es ya insoportable.
Las gentes de León, seamos del ámbito rural o urbano, sabemos el origen de esta injusticia. La confección (con mediocres hilvanes) fantasmagórica, irrespetuosa y denigrante que supuso, en el final de la dictadura la implantación, desde las Cortes del Estado, de la autonomía de Castilla y León, omitiendo tanto la historia como los valores que León ha aportado a España y su democracia. No es posible pensar en la democracia en España, ni en Europa, sin volver la mirada a León.
Así lo ha dictaminado la propia UNESCO declarando Memoria del Mundo y reconociendo en 2013 a León como la cuna del Parlamentarismo Moderno en base a sus Decreta de 1188 promulgados por Alfonso IX en san Isidoro, una especie de Carta Otorgada, una forma de constitucionalismo primitivo que siglos más tarde conduciría al constitucionalismo formal y reglado en la Constitución de Cádiz de 1812 que acabó con el absolutismo y lo que históricamente llamamos Antiguo Régimen.
Pero con todo, y en mi modesta opinión, los Decreta no son la ocurrencia de un rey, ni los Fueros Leoneses anteriores, sino la consecuencia de un territorio que sabía gestionarse y organizarse entre sus pobladores. Del mismo modo que la llamada transición en nuestro País no viene derivada de la decisión de un rey, sino de la determinación de un pueblo, de una sociedad que inexorablemente avanzaba por caminos que quería ajenos a la dictadura y que necesitaba expresar sus mejores actitudes y sus ansias de libertad.
Quien crea que en el caso leonés buscar raíces es la mejor manera de andarse por las ramas, estará cayendo en el más absurdo y peligroso de los errores: la raíz de la democracia, su ejemplo, no puede irse por el sumidero de la Historia
El León de las juntas vecinales, de los concejos, es el León genuinamente democrático, el León que ni siquiera la dictadura pudo eliminar. Sería letal que fuera precisamente la democracia quien acabara con sus propias raíces, porque León es germen y raíz de la democracia moderna.
Quien crea que en el caso leonés buscar raíces es la mejor manera de andarse por las ramas, estará cayendo en el más absurdo y peligroso de los errores: la raíz de la democracia, su ejemplo, no puede irse por el sumidero de la Historia. León debe recuperar esa autonomía para ejercer lo que siempre ha sabido hacer: conversar. Los leoneses no somos ni de vencer, ni siquiera de convencer, somos gentes de filandón, de conversar para acordar y hacer. Ahí está nuestro adn, ahí está nuestro gen democrático.
Los leoneses y leonesas no planteamos ninguna revolución, necesitamos una re-evolución y recuperar para ello nuestro ser más democrático, necesitamos el toque de campana a concejo y gestionar nuestro territorio. Nada tenemos contra castellanos o gallegos o asturianos, pero con todos los respetos a ellos, somos leoneses con nuestra historia y nuestro propio recorrido, el cual ha aportado a este país los fundamentos de lo que hoy se llama democracia. Aún más, si España es considerada diversa, antes que ella lo fue y es León en sus territorios. Leonesas y leoneses, ya sabemos que Valladolid se lleva el gato al agua de esta autonomía ficticia, fallida, injusta y ya insoportable para León, pero no son los castellanos los enemigos. El origen del problema se llama Madrid y los intereses particulares y partidarios que parieron ese engendro llamado Castilla y León, una criatura que nació muerta y está matando a León.
En el origen del problema, por tanto, está la solución. Esas Cortes Generales, acudiendo al artículo 144 de la Constitución, deben corregir uno de los más graves errores que se cometieron en la Transición: privar a León de una autonomía propia; privar a la cuna de la democracia que siga ejerciendo el ejemplo que siempre fue.
En estos tiempos convulsos, donde la democracia se está poniendo a prueba, es prioritario hablar de ella, de su significado, de su desarrollo, de sus atenciones y cuidados. La democracia, es decir, el gobierno del pueblo, de la ciudadanía, a través de los poderes y mecanismos que designe, tiene como objetivo prioritario e irrenunciable el del bien común.
Con frecuencia cae en el olvido el hecho de que el constituyente primario es el pueblo, la ciudadanía. En él reside ese valor supremo que llamamos soberanía. Ningún poder del Estado está por encima del constituyente primario; todo lo contario, depende de él y a él se debe. Y debe atenderse al peligro que representa caminar hacia una idea patricia de la democracia y del Estado.
En este sentido, una gran mayoría de los ayuntamientos leoneses ya han mostrado su opinión favorable a una Autonomía de León. Han sabido escuchar la opinión mayoritaria de sus vecinos y han levantado su voz para dejar claro qué sentimos ser y qué queremos ser.
Nuestros representantes no deben olvidar que se deben a los representados, al constituyente primario que los eligió, antes que a los partidos e ideologías que dicen representarlos. Han sido elegidos para ese bien común. Un bien común que los concejos leoneses saben bien cómo se gestiona y alcanza.
Conviene recordar que nuestra Constitución admite el paso al grupo mixto a aquellos representantes que, al margen de las disciplinas de partidos, rechazando esas posiciones doctrinales no olvidan cuáles fueron los motivos por los que el pueblo, el constituyente primario, los ha elegido.
No es esto un alegato en contra de los partidos, quienes son una herramienta más de la democracia y, por tanto, respetables en sus fines y afanes por conseguir el bien común. Pero, parece obvio que el afán de poder y las estrategias para mantenerlo, con inquietante frecuencia tienden a olvidar dónde reside la soberanía y cuál es su función.
En León, el pueblo, ese constituyente primario, sabrá ver quiénes de sus electos han sabido permanecer firmes en los principios e intereses que el pueblo les ha mandatado defender y proteger. Del mismo modo, sabrá apartar a quienes, por intereses personales o grupales, han olvidado esa representación otorgada e irrenunciable.
En este sentido, una gran mayoría de los ayuntamientos leoneses ya han mostrado su opinión favorable a una Autonomía de León. Han sabido escuchar la opinión mayoritaria de sus vecinos y han levantado su voz para dejar claro qué sentimos ser y qué queremos ser. El resto, olvidando las razones y obligaciones primeras de su representación, y haciendo oídos sordos al clamor vecinal esconden la cabeza bajo las alas para evitar lo que llaman una aventura, un conflicto que no entienden o, para ser sinceros, no les interesa entender. No hay aventura ni conflicto, hay una voluntad ciudadana que debe ser respetada y la ciudadanía será quien tenga la capacidad de apartarlos mediante el mecanismo que no han podido asimilar o asumir cuando fueron mandatados: la democracia.
Nacido y criado en el territorio de Ribas del Sil de Yuso, ese territorio de transición entre el Bierzo y Laciana, mi memoria me sigue sentando en las escaleras de mi casa, aún niño, en la plaza del pueblo donde se celebraban los concejos. Jamás vi tanta unidad en la diferencia. Gentes de distintas ideologías (terriblemente silenciadas en aquel tiempo, excepto una) que únicamente tenían como objetivo el bien común de la comunidad tras la llamada sencilla, solemne y pausada del toque de una campana. El oxígeno de la democracia en medio de la asfixia de la dictadura. Ese oxígeno, genuinamente nuestro, León quiere recuperarlo en un tiempo diferente. Ese oxígeno, ese espíritu es el que León reclama, al que tiene derecho y se merece.