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Me gustan los líderes que se emocionan

Para variar, esta semana quiero destacar la actitud de uno de nuestros presidentes autonómicos que, en su intervención en el día de su Comunidad...
Moreno_AnyMaking
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Para variar, esta semana quiero destacar la actitud de uno de nuestros presidentes autonómicos que, en su intervención en el día de su Comunidad, se emocionó absolutamente y, lo reconozco, al verle, también me emocionó a mí.  

Juanma Moreno, ha sido incapaz de contener las lágrimas en la celebración del Día de Andalucía en el Teatro de la Maestranza, un día en el que ha hecho presentes las tragedias que han asolado su tierra como el accidente en Adamuz o las consecuencias del temporal para   muchos municipios como Grazalema.

Cuando lo estaba viendo, me pareció un ejemplo en el que deberían mirarse muchos de nuestros políticos porque evidencia que Juanma Moreno es una persona real

El presidente trataba de contenerse al recordar el accidente ferroviario y a los familiares de las víctimas mientras era incapaz de hablar entre los aplausos del público presente en el acto, que se puso en pie cuando afirmó lo duro que había sido conocer las historias de todos ellos.  Tampoco se olvidó en su discurso de los evacuados de Grazalema y del esfuerzo que habían hecho tantos para ayudar a los damnificados.

Cuando lo estaba viendo, me pareció un ejemplo en el que deberían mirarse muchos de nuestros políticos porque evidencia que Juanma Moreno es una persona real, que no esconde ni su vulnerabilidad ni su humanidad, como puntos de conexión directa y sincera con los demás.

Me gusta la gente que se emociona y, por ello, mucho más, un líder que se emociona. Me parece un soplo de aire limpio ante la mediocridad imperante, una luz al final del negro túnel, una actitud que nuestra sociedad necesita para volver a creer en la política y en los políticos que, en mi opinión, deberían siempre anteponer el sentimiento y el corazón a ese viejuno “saber estar” que predica que, particularmente los hombres no pueden emocionarse, como si eso fuera un síntoma de debilidad. Recuerdo con horror una anécdota que me ocurrió hace unos años cuando un amigo muy querido, que tenía esa forma de ver las cosas, me dijo: muy buen discurso, una pena que te hayas emocionado.

Recuerdo con horror una anécdota que me ocurrió hace unos años cuando un amigo muy querido, que tenía esa forma de ver las cosas, me dijo: muy buen discurso, una pena que te hayas emocionado.

En contra de la opinión de mi amigo, siempre he reivindicado, como lo estoy haciendo ahora, a los que tienen esa capacidad de emocionarse, de llorar, de reír, de empatizar con el prójimo; es más, considero que nadie demuestra tanta fortaleza como quien, desde la autenticidad, es capaz de conectar con quienes están sufriendo. 

Estoy segura de que es ese el mejor acompañamiento posible, lo que más les ayuda a soportar su dolor, lo que les hace sentirse más arropados, más comprendidos mientras transitan con realidades que, por desgracia, empiezan a proliferar: volcanes, incendios, inundaciones, accidentes… y todo lo que suponga una fuente de terribles sufrimientos para tantas personas. Sufrimientos ante los que nuestros líderes deben poner presencia, acompañamiento, comprensión, palabras justas, muchos silencios, y, sobre todo, convertirse en un asidero firme, en una tabla de salvación que les dé la necesaria certeza a la que agarrarse en los peores momentos.

Pero hacer esto no es nada fácil. Hemos tenido recientes ejemplos de todo lo contrario porque la política actual no está precisamente plagada de estos seres “sentipensantes”, que diría Eduardo Galeano, de personas capaces de sentir y pensar a la vez, que aúnan cabeza y corazón al enfrentarse a cualquier realidad, priorizando al prójimo y derramando con ello la conexión emocional que traslada comprensión, empatía y un poco de bienestar a quienes tanto necesitan sentirse un poco arropados en su desolación.  

Te felicito, presidente, porque creo que tú si lo has hecho.