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La flojedad antropológica que se va apoderando de uno a medida que se van cumpliendo años lleva a que resulte ominoso cocinar a diario, con tal motivo empieza a ser socorrido acudir a restaurantes...
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La flojedad antropológica que se va apoderando de uno a medida que se van cumpliendo años lleva a que resulte ominoso cocinar a diario, con tal motivo empieza a ser socorrido acudir a restaurantes –ya saben, lo que antes se denominaban fondas – para cumplir con el sagrado deber de rellenar ese vil odre en que deviene el estómago, tema nada baladí por cuanto el mismísimo Cervantes despachó con sentencia señera aquello de que “la salud del cuerpo se fragua en la oficina del estómago.”

Consideraciones diversas aparte, resulta muy cómodo asentar el tafanario en un restaurante que no sea gravoso a la economía, esperar a que el camarero te acerque la carta y como alma en pena te abalances sobre el apartado del menú del día que en casi todos los restaurantes empieza a formar parte de la escenografía gastronómica española. Me atrevería a certificar que pedir el menú del día, ese que no te hace hipotecar el presupuesto semanal, reviste incluso tintes hedonistas: te sientas, pides, normalmente te atienden con celeridad, con celeridad te viene un yantar aceptable o no dependiendo del establecimiento, lo despachas, pagas y te olvidas de preparar el condumio, de cocinar y de fregar la cacharrería.

Por si fuera poco, en estos lares fluye la erótica de la cotidianeidad, de la que es difícil sustraerse si el comensal come solo y le sobra tiempo, pero sobre todo si siente la morbosa curiosidad de observar todo en su salsa, toda la liturgia del almuerzo en estos establecimientos ideados para una clientela de clase modesta o media, según la cartera del parroquiano.

Levantado el proletariado de sus mesas, suele ser otra la tipología de los clientes. Personas encargadas de vaya usted a saber de qué, a las que se les ve presurosas, ocupadas y preocupadas por su trabajo, molestas por la interdicción que la naturaleza impone en su jornada laboral con el inevitable peaje de la fisiología del hambre

A horas tempranas, suelen llegar a los mismos voraces hordas de gente laboriosa, esa que tiene el tiempo tasado para cumplir con la imperiosa necesidad del condumio. Comen rápido, hablan poco, tan sólo cuando las viandas ya han recorrido el tortuoso calvario desde el plato hasta las fauces. A veces llegan uniformados, otras veces no, pero se nota que son la clase que le dan carta de naturaleza a un país, es la clase trabajadora, la que gime y ríe, la que cobra poco y restringe gastos, ajena a las promesas de la clase dirigente que trata de convencerla de lo bien que vivimos aquí. Las clases pudientes, si acaso recalan en estos pagos, son como rocas intrusivas entre el magma que constituye la esencia de nuestra sociedad.

Levantado el proletariado de sus mesas, suele ser otra la tipología de los clientes. Personas encargadas de vaya usted a saber de qué, a las que se les ve presurosas, ocupadas y preocupadas por su trabajo, molestas por la interdicción que la naturaleza impone en su jornada laboral con el inevitable peaje de la fisiología del hambre. Tampoco faltan grupos de personas con cometidos que encuentran un hueco festivo para cumplir con el sagrado deber de comer, y que con mayor distensión conversan entre sí mientras despachan la pitanza. Llegan familias, a veces en fase de crianza infantil o familias ya establecidas, con la abuela renca porque el abuelo suele haber fallecido, que se recrean con el banquete.

En el interregno entre la primera remesa y la segunda no suele faltar a la cita el vendedor de la suerte, con uniforme de gala y distintivos a modo de condecoraciones varias, cual oficial de húsares,  que reparte billetes y boletos causando el deleite de personas crédulas, confiadas en que su suerte podrá cambiar de un día para otro sin reparar en que en los sorteos –palabreja que deriva de la palabra suerte – la esquiva fortuna nunca se acordará de la mayor parte de ellos. No es extraño que en la publicidad de las loterías siempre se recurra a aquel componente que no es otro que el de la ilusión

En el anverso de la moneda está el restaurante y el personal que atiende las mesas y sus ocupantes, amén sea dicho del menú que es la estrella principal de toda esta historia. De las fondas que glosaba Larra en el siglo XIX, con camareros que llevaban la cuchara en el bolsillo del delantal junto con las colillas de puros dejadas a medio consumir en sus ratos de ocio, ya va quedando poca cosa, lo que no quiere decir que el cambio sea radical.

Tinelos hay donde la dieta bien podría ser propia de una granja donde prima la ración de volumen, porque el ‘ars culinaria’ resulta un arcano para ellos. Suele presidirlo todo la prisa, no la celeridad, nada de remilgos, nada de uniformes, nada de higiene, manteles de papel, la corrección o el saber estar es ciencia ficción.

Los camareros –palabreja que viene de cámara – no suelen distinguir demasiado entre hospedería y hostelería, y con tal motivo no suele haber melindres en su trato aunque no falten, felizmente, personas que favorecen la digestión con su amabilidad y buen hacer. Buena parte de la opinión del establecimiento reside en la buena mano de la cocinera, otra buena parte en la discreción y la profesionalidad del camarero/a y una ínfima proporción en la minuta que te pasan al final de la comida siempre que no sea excesiva.

Tinelos hay donde la dieta bien podría ser propia de una granja donde prima la ración de volumen, porque el ‘ars culinaria’ resulta un arcano para ellos. Suele presidirlo todo la prisa, no la celeridad, nada de remilgos, nada de uniformes, nada de higiene, manteles de papel, la corrección o el saber estar es ciencia ficción. No son recomendables salvo extrema e imperiosa necesidad. El vulgo, es decir, el común de los mortales, solemos vengarnos de ellos, aunque no siempre, con la maledicencia y la recomendación de no acudir a tales antros.

Por el contrario los hay que se han adaptado a los nuevos tiempos, lugares acogedores, no son el Lhardy de Madrid pero han evolucionado. La indumentaria de los camareros se ha uniformizado sin que sea extraño encontrar este tipo de negocios con mobiliario presentable y hasta manteles de tela. No son espacios donde quepa esperar grandes milagros, tan sólo que no causen rechazo y hasta algunos mantienen buenas normas de higiene. De la comida, pues que quieren que les digan, bien y mal y todo lo contrario. En resumen, el país avanza, lento, pero avanza en hostelería.

En fin, este artículo no es un artículo de costumbres, ya le gustaría, tan sólo aspira a ser una crónica tan superficial como desapasionada. No quiero entrar en disquisiciones acerca de la relación calidad/precio en el menú del día, porque no se puede pretender que te sirvan platos de postín a precios módicos. Quienes regentan este tipo de negocios han de vivir de ellos y no podemos olvidar que la buena vida es cara, la hay más barata, pero no es vida.