El tiempo
ENTREVISTA

Juan Carlos Mestre: “Hay razones para sentir temor, sobran indicios para pensar que nada benéfico se asoma tras la inmediatez del horizonte”

El poeta leonés celebra medio siglo en activo con la publicación de su poesía reunida en ‘Asamblea’, un colosal volumen de 1.500 que incluye un adelanto inédito de ‘El ciprés descapotable’, su próximo poemario

Abruma e ilumina a partes iguales. Así es ‘Asamblea’, la poesía reunida del poeta y artista visual leonés Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, 1957), que acaba de ver la luz de la mano de Galaxia Gutenberg en un colosal volumen de 1.500 páginas, para celebrar y honrar su primer medio siglo de compromiso con la palabra. Desde sus primeros versos, en ‘Siete poemas escritos junto a la lluvia’, hasta el adelanto de su próximo poemario, ‘El ciprés descapotable’ (del que se desvelan 21 poemas hasta ahora inéditos), el libro reúne la vasta producción literaria del Premio Nacional de Poesía y Premio Castilla y León de las Letras, siempre comprometido con los disidentes y los desheredados de la historia. En ‘Asamblea’, como escribe Jordi Doce en su texto preliminar, “hay músicos, libélulas y anilladores de gaviotas; hay sombras de otoño y luces de barco y dársenas desde donde contemplar la belleza de los naufragios; hay serpientes color cobalto y sombras tiránicas y humo de calderos venenosos”. Una fiesta de las palabras donde se conjugan las luces y sombras de quienes somos y fuimos, una invitación a entrar en el imaginario de un hombre inabarcable, que refleja su mirada única al mundo en esta entrevista con Ical.

¿Qué se le pasa por la cabeza al tener en las manos el legado de toda una vida?

Una cierta sensación de incertidumbre, no otra cosa que vacilación ante la fugacidad de un tiempo, el de una vida que solo encontró amparo en la escritura, esa búsqueda de hipótesis verbales que intentan comprender el mundo y que constituyen el encargo, que nadie le ha hecho a un poeta, pero que aun así se configuran en su único quehacer, el de dar un sentido a la existencia, ampliar a través de las palabras los horizontes significativos del porvenir y acaso impugnar, con algo de entereza, el equívoco fracaso de la historia ante el indeclinable desafío de la dignidad humana y su perseverante empeño por alcanzar la idea de lo justo e instaurar, como demanda de una consciencia colectiva, los derechos civiles a la felicidad.

En su poema ‘Biografía’, escribe: “Cuanto había que entender creo que ya no lo he entendido” y que, de joven, “quería ser presidente de la pobre gente”. ¿Qué balance hace al echar la mirada atrás, tras medio siglo dedicado a la creación?

Naufragio, cuando no derrota, ante la imposibilidad de regresar a Ítaca como metáfora tras el viaje de la vida; la evidente toma de conciencia de los escasos logros con que la palabra poética no logró refundar el pensamiento moral de la comunidad sobre unas bases éticas que impidieran algún día el sufrimiento humano, su abierto conflicto con la naturaleza del planeta y la destrucción de los principios elementales de la convivencia que habrían de garantizar la libertad como bien supremo del individuo; el reconocimiento del otro como un igual en esencia y dignidad, la persona que bajo la falaz excusa de su extranjería ha sido degradada hoy a la condición de paria. La infancia, en la que se funda la conducta, es una disposición de ánimo que da por cierto el bien igualitario como noción solidaria de la fraternidad frente a la lepra del clasismo que expulsa a los humildes del diálogo del mundo. En cercanía a ese pensamiento inclusivo de reconocer al diferente exactamente como un semejante, sigue estando desde entonces mi visión de la vida, mi cercanía con los carentes de lo necesario para construir su destino, también mi repulsa al atroz individualismo de una sociedad regida por los privilegios, el demérito de las leyes del mercado y las servidumbres del consumismo, la idolatría al dinero y las serviles mansedumbres que propicia el ejercicio autoritario del poder. Desde que tengo uso de razón me he sentido en alianza con los débiles y los descontentos, más proclive a la asamblea de los disidentes y la duda de los heterodoxos que al cónclave de certezas de los peces gordos.

El poeta y artista visual leonés Juan Carlos Mestre. Foto: Juan Lázaro.
El poeta y artista visual leonés Juan Carlos Mestre. Foto: Juan Lázaro.

¿Cómo ha cambiado su aproximación a la poesía desde sus inicios? ¿Cómo han evolucionado sus obsesiones temáticas y preocupaciones formales?

Creo que, para bien o para mal, no han variado sustancialmente. En ‘Sublevación inmóvil’, de Antonio Gamoneda, leí un verso sobre el que fundé el sueño pendiente de ser soñado de mi vida: “La belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes”. Esas palabras me han acompañado desde entonces como revelación de un mandato ético, la convicción de que los seres humanos somos responsables unos de otros, que la vida carecería de sentido sin resistencia al mal y, también, la persuasiva idea de que las palabras, la dialéctica, el arte de argumentar y discutir, han sido hechos para ayudar a construir la casa de los efímeros huéspedes de la verdad, no para destruirla con la inacción de los que permanecen neutrales ante los indicios de la devastación.

Desde su primer poemario la memoria ha sido un tema central. ¿Cómo han condicionado sus raíces bercianas, omnipresentes, su trabajo? 

La memoria es la forma de ser de lo que ya no está, la presencia súbita de una lejanía que articula todas las apreciaciones críticas del futuro, un pasado activo que, lejos de constituirse en melancólica ruina del pasado, confiere facultad inteligente a los imaginarios del mañana. Los antiguos griegos se situaban de espaldas ante lo venidero para no perder nunca de vista las circunstancias nobles o viles del pretérito, y poder así ponderar la decisión más decente para su proyecto civil. No hay discernimiento ni sensatez posible en el olvido, la memoria pertenece a las leyes de la lógica, el más legítimo derecho de toda persona a pensar conforme a su razón y tener en cuenta cuanto le precede en el tiempo, lo benéfico y el estrago, la recordación de su ascendencia en la que se mantiene, contra toda ofensa, inmaculada y pura la sonrisa de los muertos. Sí, es esa zona solo aparentemente oculta de lo subterráneo por donde se extiende el rizoma que, partiendo del encantamiento de los bosques natales de El Bierzo, es ahora ya solo recuerdo sobre las tierras arrasadas por el fuego, el maleficio que devastó la remota utopía en el territorio de las ensoñaciones y los pueblos sacrificados por la desidia de las administraciones de especulación, propaganda y lucro.

¿Cómo despertó su interés por las letras? No sé cómo de decisivo fue encontrar en su vida a Gilberto Núñez Ursinos y cómo le impactó su marcha cuando apenas tenía usted catorce años. 

La víspera de su suicidio, a los 37 años, Gilberto Ursinos me dejó en la panadería de mi padre un envoltorio con tres poemarios publicados en la colección Adonáis: ‘Los cantos pisanos’ de Ezra Pound, ‘Anábasis’ de Saint-John Perse y ‘Sublevación inmóvil’ de Antonio Gamoneda. Aquella declaración de última voluntad constituyó para mí no solo un testamento de obligado cumplimiento, sino un imperativo categórico de proseguir el sueño de su vida frustrada por la gran tristeza. Leí esos libros sin entender durante años la revelación de su cifra, lo que concerniente a las múltiples del pensamiento poético se fue articulando en mí como una gramática insurgente, otra forma de intentar comprender la realidad desde la desobediencia a lo sistemático de la lengua, versos que translucían otra forma de estar en el mundo, el acogimiento de la alteridad, la vindicación de los desheredados y el rechazo de la usura, también la redentora idea de justicia que ha de guiar el destino de toda peripecia humana. Aquel joven poeta que se quitaba el sombrero ante un cerezo en flor y hablaba de geometría con los pájaros del Génesis fue para mí la mano izquierda de un discreto demiurgo que imantaba con su luz el universo de las pequeñas cosas que se hacían realidad en nuestro pueblo de campesinos y humildes artesanos, Villafranca del Bierzo. Su invisibilidad, que no su imposible muerte, supuso mi primer conocimiento inequívoco de la fatalidad y las perdidas, pero también, frente a la inmensa intemperie del muchacho que comenzaba a trazar sus iniciales líneas, la pervivencia tras la orfandad del absoluto valor de la esperanza que ampara la poesía.

¿Perse y su querido Gamoneda han sido faros a los que agarrarse?

Gamoneda de manera taxativa, una presencia irrefutable en todo lo que de salvable, más allá de mis propios errores, pudiese haber en mi escritura; su literalmente irrepetible obra poética trasciende el ámbito de lo literario para representar la figura simbólica del ciudadano ético, el portador de la continuidad irrefutable de los mayores desafíos de la creación y el pensamiento estético tras la aniquilación del excepcional proyecto discursivo de la Generación del 27. No es discutible la gravitación de Gamoneda sobre las más luminosas páginas escritas en las dos orillas de la lengua castellana. Respecto a su fraterna generosidad como maestro en la poesía y en la vida no cabe ya otro sentimiento que el de la gratitud colectiva que le debemos varias generaciones de creadores. En cuanto a Saint John-Perse, esa voz en todas las encrucijadas del saber (“me llamaban el oscuro, pero yo habitaba el resplandor”), ahí están sus páginas siempre desafiantes ante la vieja costumbre de las civilizaciones muertas, la voz migrante y los ecos del exilio reafirmando el principio, en cualquier circunstancia, de la dignidad humana ante la execrable insolencia histórica del poder. Ciertamente, Gamoneda y Perse, dos poetas que, adeptos a la libertad y convergentes en las exploraciones del léxico, restituyen a la ausencia de lo hurtado la epifanía de la palabra perdida que habrá de repoblar espiritualmente el mundo.

Portada de Asamblea de Juan Carlos Mestre (Gutemberg).
Portada de Asamblea de Juan Carlos Mestre (Galaxia Gutenberg).

Gamoneda firma en ‘Asamblea’ un maravilloso poema de presentación, donde habla de usted como “hijo” y “maestro”. En esa carta a corazón abierto propone, temeroso ante lo que estamos viviendo, cuando “hoy es ayer”, una incierta “huida al pasado”. ¿Cómo contempla la situación actual de nuestro país, teñido de ruidosas polémicas como la suscitada con el título de las jornadas ‘Letras en Sevilla’: ‘La guerra que todos perdimos’?

El amor civil no es solo un dialecto de la honradez intelectual, sino una constatación inquebrantable de los vínculos, amistad y camaradería, que debieran amparar, sin otra condición que la de la fraternidad, a todos seres humanos en su condición de iguales. Gamoneda, como Walter Benjamin, enlaza sus palabras con el temperamento de los avisadores del fuego, aquellos que anuncian las catástrofes inminentes precisamente para que estas no sucedan. Hay razones para sentir temor, sobran indicios para pensar que nada benéfico se asoma tras la inmediatez del horizonte. El ominoso autoritarismo, la absoluta falta de respeto por el ser humano, los vetustos eufemismos de las nuevas formas de esclavitud bajo las impositivas leyes del mercado, la dictadura ideológica a la que electos psicópatas pretenden arrastrar las declinantes formulaciones de la democracia civil, son señales evidentes del deterioro civilizatorio, el desprecio por las sociedades de cultura y su reemplazo por comunidades subalternas de mercadeo. Nada significa dos veces lo mismo, la poesía también está ahí para recordarlo, la condición de las víctimas no es la misma que la de los sicarios que institucionalizaron el crimen como otra miserable razón de Estado. Toda diferenciación crítica blanquea la barbarie y, en nuestro país, hace tiempo que la lucha por los ideales de una sociedad más justa y democrática quedaron meridianamente definidos frente a la brutalidad del golpe de Estado y el metódico revisionismo de sus, aún hoy recurrentes, doctrinas de guerra.

En su obra, la acción poética siempre ha sido inseparable de la acción política. ¿Cómo de intrincadas están ambas realidades?

Si se entiende por acción política la participación en el debate público, ciertamente la poesía constituye también el desenvolvimiento de una protesta contra todos los órdenes abyectos de este mundo. Inmiscuirse como un acto de repulsa a lo aparentemente no transformable de las estructuras dominantes es no solo un deber de ciudadanía sino una tarea insoslayable de toda actividad artística, una exigencia conceptual que desde el relato homérico participa en la fundación de la polis. El poder está reñido con la voz del inocente, la poesía se implica, aun en su escepticismo, en esa creencia laica que sobrepone la dignidad a la vileza y la misericordia a la impiedad. Acaso no haya sido otra la tarea del poeta a través de la historia, la de resistirse a ser el mero ayudante del mentiroso, la sencilla honradez de sostener la lámpara de sus indóciles palabras para ayudar a otros errantes como él a encontrar la senda.

El poeta y artista visual leonés Juan Carlos Mestre. Foto: Juan Lázaro.
El poeta y artista visual leonés Juan Carlos Mestre. Foto: Juan Lázaro.

Resulta muy significativo que en el poema que presta su nombre al conjunto imagine el punto y final de la poesía (“A partir de este momento la lírica no existe”, “la poesía / ha decidido dar por terminadas sus funciones este invierno”). ¿Cómo imagina Juan Carlos Mestre un mundo sin poesía?

Cierto es que la vida venga siempre las ofensas de los hombres en cada renacido pensamiento con el que cada generación levanta con entusiasmo su utopía. Hoy ya sabemos que la del progreso moral no existe, y que los poetas no son, en contra de lo que pensaba Percy Bysshe Shelley, los legisladores nunca reconocidos del universo. Pero aquel remoto valor de su palabra habita hoy la zona de resistencia contra la deshumanización, esa distopía donde el prestigio de la basura pareciera haber alcanzado sus últimos objetivos, de revertir la insumisa contestación ciudadana frente a los espectros del mal en ese género de conformismo que caracteriza a una sociedad de clientes. Me niego a imaginar un futuro donde la poesía, como lenguaje de la delicadeza humana, no contribuya junto a las diferentes formas de la expresión artística a desterrar la destructiva ignorancia que prevalece en todos los órdenes del poder coercitivo.

Antes recalcaba que con ‘Sublevación inmóvil’ fue consciente de que los seres humanos somos responsables unos de otros. Viendo los tiempos en que vivimos, de radicalización y enfrentamiento azuzado por unos y otros, la poesía se antoja más necesaria que nunca. ¿Cuándo cayó la poesía en desgracia?

Cuando comenzaron a declinar los valores éticos que sostenían una convivencia más equitativa y armoniosa; cuando, contra toda esperanza, Ósip Mandelshtam desapareció en Siberia y la figura emblemática de Federico García Lorca se unió a la innumerable lista de los detenidos desaparecidos. Cuando, víctima propiciatoria de un crimen de Estado, Pier Paolo Pasolini contempló las últimas luciérnagas que iluminaban al mundo; cuando Juan Larrea, “he ahí el mar en un abrir y cerrar de ojos de pastor”, Luis Cernuda, Maruja Mallo, León Felipe y Concha Méndez, cuando María Zambrano y Clara Campoamor y tantas otras mujeres sin sombrero rociaron el corazón de la tierra con el llanto del exilio; cada vez que la civilización de las palabras es derrocada por la perversión ideológica de los actos de fuerza y el padecimiento humano entristece las promesas del árbol del lenguaje y las revelaciones sagradas de la vida; cuando la certeza del daño desplaza a las dudas del soñador y se le niega todo beneficio a las palabras, entonces, ayer en Auschwitz, hoy en Gaza, puede y debe decirse que la poesía ha caído en desgracia.