365 leoneses | Ruperto Corral, jubilado

"Con ocho años ya estaba con las vacas y después no paré de recorrer España de obra en obra"

De la mina de Sotillos a las fábricas y refinerías de media España, Ruperto Corral ha construido una vida marcada por el trabajo y los viajes sin perder nunca el vínculo con la localidad leonesa de San Pedro de Foncollada
Ruperto Corral
El leonés Ruperto Corral.

El leonés Ruperto Corral ha pasado una vida de pueblo en pueblo y de obra en obra, desde la mina de Sotillos hasta las fábricas y refinerías de media España. Castellón terminó siendo su casa, pero San Pedro de Foncollada nunca dejó de ser el lugar al que volver.

Ahora, jubilado, sus mañanas empiezan sin prisas. La primera parada es un café con leche. "Esa es la prioridad mía de toda la vida". Y ya, después, viene "el paseíno", afirma.

Cuesta imaginar, viéndolo ahora, que aquel hombre tranquilo pasó media vida haciendo y deshaciendo maletas. Porque su historia está llena de lugares. Sotillos, Laredo, Bilbao, Madrid, Cartagena, A Coruña, Guadalajara, Castellón... Una obra terminaba y otra empezaba en algún punto del mapa y allá iba él.

La carretera fue durante décadas parte de su oficio. Pero todo comenzó mucho antes, cuando Ruperto todavía era un niño y en la pequeña localidad leonesa de San Pedro las jornadas se medían por las tareas del campo.

Las vacas antes que los pupitres

"Desde un principio ya a los ocho años con las vacas", recuerda. A aquella edad empezó a cuidar el ganado y a conocer el monte. Segar, trillar, salir con los animales... "Lo que era la vida antes", resume. La infancia duraba poco cuando había que ayudar en casa y Ruperto aprendió pronto el valor del trabajo.

A los 18 años llegó la mina. La de Sotillos. Pero aquella vez decidió hacerlo a escondidas de sus padres. Primero trabajó fuera, porque hasta cumplir los 18 no podía entrar al interior. Después comenzó a bajar. Le gustaba aquel trabajo y prefirió no contarlo demasiado en casa. Hasta que su padre se enteró.

La ficha que descubrió su secreto

En la mina, cada trabajador tenía una ficha que recogía al entrar y devolvía al salir. Era la manera de saber quién seguía dentro. "Esa ficha vale para tenerte localizado", explica Ruperto.

Un día llegó a trabajar y algo no encajaba. No tenía lámpara. "Entonces, qué he hecho yo?", recuerda que pensó.

La explicación estaba en las oficinas. Su padre había descubierto que trabajaba en la mina y había ido allí para retirarle la ficha.  No hubo una gran discusión que haya quedado en su memoria. Simplemente, aquella etapa se terminó. Ruperto salió de la mina y siguió buscando su sitio. "Desde ahí hemos ido pues tocando a todos los palos".

Y vaya si lo hizo.

Una vida con la maleta preparada

Fue camarero en Madrid y Bilbao. Pasó por Laredo, donde trabajó durante dos años repartidos en varias temporadas de verano. Después encontró la empresa de montajes industriales que acabaría llevándole de una punta a otra de España.

Tuberías, motores y refinerías. Allí donde había una obra, podía acabar él. Su trabajo consistía en montar las instalaciones necesarias para que después funcionaran las fábricas. Y eso significaba viajar. "Siempre he estado danzando por el mundo", dice.

En Castellón terminó estableciendo su residencia, aunque durante años pasó más tiempo fuera que dentro de casa. Cuando las obras se alargaban, la familia se desplazaba con él. En A Coruña, por ejemplo, llegaron a pasar dos años seguidos.

El pueblo como punto de regreso

En medio de aquella vida itinerante Ruperto procuraba reservar las vacaciones para San Pedro de Foncollada.

Durante años las cogía entre el 15 de julio y el 15 de agosto. Entonces regresaba al pueblo con su mujer y sus hijos. "Venían los niños y todos para acá. Estábamos aquí un mes", dice.

Era la manera de mantener el vínculo con un lugar que nunca llegó a desaparecer de su vida pese a que su trabajo le llevó lejos durante décadas. Después de jubilarse, las visitas se hicieron más frecuentes. "Ahora vengo por lo menos cuatro veces", cuenta. Y no importa demasiado la estación. "Te coja frío, te coja calor, te coja lo que quieras, aquí vengo", sentencia.

Ahora los días de Ruperto transcurren sin horarios de obra ni destinos marcados en el mapa. Sigue viviendo en Castellón, pero cuando llega el verano hace el camino de vuelta a San Pedro.

La rutina diaria

Para él su día a día aquí empieza temprano, con su innegociable rutina de café y paseo. Por la tarde, cuando el calor afloja, toca volver a salir. Y hay una parada casi obligada en la antigua escuela del pueblo, donde Ruperto y otros vecinos han encontrado su particular punto de reunión. "Yo le llamo el casino", afirma.

Allí se reparte la tarde entre el fútbol, conversaciones, las cartas y el parchís. Se pregunta por unos y por otros, se cuentan las novedades y se comparte un rato. "Durante todo el día igual no ves a nadie y ya por la tarde pues te reúnes. Te cuentas la vida, tú qué tal, tú qué igual", comenta.

Quizá por eso resulta difícil separar a Ruperto de este pequeño rincón de León. Allí empezó todo, aunque después su vida se empeñara en llevarle lejos. Allí cuidó sus primeras vacas con ocho años, antes de descubrir la mina, los bares, las fábricas y las carreteras que acabarían marcando su historia.

Hoy Castellón sigue siendo su casa. San Pedro, en cambio, sigue siendo su lugar. Ese lugar donde nació, donde vuelve cada verano y donde, después de toda una vida recorriendo España, todavía sigue eligiendo sin dudarlo.