El tiempo

Desde Madrid

Aprovechando una consulta de rutina, le pido a la médica que me recete unos días en Madrid para meterme en vena un chute de estrés y compensar el tedio que, a sorbos largos, consume esta ciudad nuestra...

Aprovechando una consulta de rutina, le pido a la médica que me recete unos días en Madrid para meterme en vena un chute de estrés y compensar el tedio que, a sorbos largos, consume esta ciudad nuestra. Evidentemente me dice que no. Lo hace con una adorable sonrisa socarrona y, antes de que me dé tiempo, corta cualquier avance en el tema (parece que me conoce un poco): la Seguridad Social no paga hoteles ni peajes. Lo esperaba, pero no perdía nada por intentarlo.

Preparo la maleta, pertrecho el coche (hay que ponerlo a prueba después del parón en el taller autorizado), y me lanzo en dirección sur. Al llegar a Adanero, donde comienza el peaje, me puede la tacañería y cojo el desvío de la derecha camino del Alto del León para tomar un café mientras respiro el aire frío de la Sierra del Guadarrama que huele ya a oso y madroño. El corazón late deprisa como si comenzara una batalla.

Por recomendación de ese amigo al que le gusta encontrar palabras que pocos reconocen (sigo perplejo desde que me descubrió "sustanciero"), he reservado hotel más allá de la Quinta de los Molinos, en la misma Calle Alcalá,  pero por el número seiscientos. Céntrico,  céntrico, no es, pero estaba en modo rata cuando hice la búsqueda de alojamiento desde el móvil nada más salir del consultorio. Es lo que pasa cuando el terruño y comer manzanas arrugadas en mayo se queda atravesado en la entraña.

Musealización

El metro, algo más largo que los nuevos autobuses híbridos de dos módulos que ha comprado Alsa para los trayectos saturados del transporte gratuito interurbano, va lleno camino de un musical donde, cuando acaban los aplausos, no puedo evitar acordarme del viejo Teatro Emperador. Otra chulería de esta tierra: tenerlo cerrado, acumulando polvo y telas de araña, veinte años. 

Anda cerca de la chulería de la Casa Botines, pero esa es de récord. Recuerdo que me había parado a escuchar una banda procesional en aquella semana santa del 2013, al abrigo de la pérgola del Café Victoria, cuando un turista me preguntó qué edificio era el que teníamos enfrente y si era visitable. Le expliqué que se trataba una obra de Antonio Gaudí, que pertenecía a un banco y no se podía visitar. Nunca olvidaré lo que dijo: vaya chulería manejáis en León, tenéis un Gaudí cerrado.

Esa respuesta se quedó rebotando en las neuronas, cogiendo presión. Aproveché cada café, cada encuentro con personas afines a las instituciones para sacar el tema de la necesaria musealización de la Casa del Dragón por el bien de la ciudad, en arras del turismo. Imagino que no fui el único que dio la tabarra (no me tengo por el más listo de la clase, ni mucho menos), y lo que al principio parecía una quimera acabó convirtiéndose en realidad. Aquella señorita con agallas de aquel partido esperanzador de centro que desapareció cuando más falta hacía, tuvo mucho que ver. La llamé por teléfono la primera vez que vi un guía con un grupo de turistas contemplando la estatua de San Jorge, sobre la puerta abierta del recién estrenado Museo Casa Botines Gaudí, para felicitarla y casi terminamos llorando.

Camino del norte

Dos musicales después, con mañanas de callejeo alrededor de la Plaza Mayor y del Mercado de San Miguel (cerrado por mejoras), tomando café con tortilla de pago, recalo en Matadero Madrid para conocer a Cleopatra. Sentado en una sala inmensa, mareado por la proyección inmersiva, me da por pensar en la vieja Azucarera Santa Elvira. Sin duda un buen lugar para hacer una exposición inmersiva permanente con la historia de la ciudad y del Reino de León. ¿Se imaginan cazando con los Astures del asentamiento de las Fuentes del Oso, caminando por el campamento de la Legio VII o acompañando al Cid Campeador un viernes de tardeo por lo que fuera entonces el Barrio Húmedo? Sumaría al atractivo turistico, sin duda. Ahí dejo el capote, el que quiera cojer la idea tiene el permiso. Y el deber.

Tomo el camino del norte después de desayunar por el barrio de Letras con una leonesa que dirigió el departamento de seguridad informática de un conocido banco. Como dijo el editor durante la presentación del libro del afrancesado de Montuerto, si un leonés no ha triunfado en la vida es porque no ha salido de León. Hay buenos ejemplos de ello, y hasta un Presidente del Gobierno. Levantar la cabeza por estos lares puede ser un riesgo para la salud digestiva, la de uno y la de los otros.

El pulso se va sosegando kilómetro a kilómetro hasta que empiezan los socavones y las glorietas con leones, ambos de todos los tamaños y estilos. Igual hay que estrujarse la neurona un poco más para poner en las fincas redondas de las rotondas motivos que aludan a la ciudad que es Cuna del Parlamentarismo que vayan más lejos de la simpleza del noble animal africano, por mucho que los niños sean felices recorriendo las entrañas del rey de la selva millonario (lo digo por el millón largo de euros que costó), frente al edificio de la Junta de CyL (creo que le ha quedado muy clara la indirecta). Una Urraca reina, un romano, hasta los pueblos de Cuenllas pueden servir de ejemplo.

De los socavones poco se puede decir; los van tapando, pero siempre se puede convocar una hacendera si tardan en hacerlo. O coger el caldero de la cernada y echarlo dentro como se hizo toda la vida de dios.