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Sociópatas

Empezaré hoy con humor. Que lo que por delante va, atrás no queda. Y es tanta la bilis acumulada que probablemente pase de lo jocoso a lo trágico...

Empezaré hoy con humor. Que lo que por delante va, atrás no queda. Y es tanta la bilis acumulada que probablemente pase de lo jocoso a lo trágico, sin solución de continuidad, en estos cinco minutos de sus ocupadas vidas, que tan amable y generosamente me ceden. Y empiezo.

Del exitoso protagonista de “Anatop At” nos llega ahora el reciente estreno de “Mr. Brifin”. Algo le pasa a Feijóo, no sé si a nivel cerebral u ocular, el caso es que nos tiene en un brete. Yo, si fuera votante del PP, estaría muy preocupado. Verse forzado a elegir a este hombre, operado, parece ser que con fortuna en la Clínica Fernández-Vega de Oviedo de su insuficiente visión “de serie”, como director de los destinos del Gobierno de España, me resultaría carga pesada. Peor aún esperar el advenimiento de esa mujer, sociópata perdida, negadora del abuso sexual, no ya en Julio Iglesias, sino en el caso del alcalde de Móstoles. Aquí se ha pasado doce pueblos, intentando silenciar a la víctima y lanzando todo el peso del partido para, prácticamente, victimizar al propio alcalde. Huele, como olió lo de Salazar y el PSOE, y deslegitima. No tiene ni un pase esto de la bragueta cuando se junta con el poder del color que sea. Pero a Isabelita le vale.

No. Feijóo está ya para cameo en película de Santiago Segura, estilo “Cañita Brava” o “Risitas”, porque para sustituir a Leo Harlem, ahora que está a sueldo de Mañueco y se le habrá caído de la agenda al director de la saga de Torrente, le faltan tablas.

Pero vuelvo a Feijóo y a su nula capacidad dialéctica. Lo de la comparecencia en el Congreso en la comisión de la DANA del otro día, blandiendo el fantasma de ETA contra Óskar Matute, el hombre, que viene de “Ezker Batua-Berdeak”, o sea Izquierda Unida-Los Verdes, sin sostener la mirada y mintiendo como bellaco con lo de información en tiempo real, con lo de teléfono nuevo sí o no… no me digan que no les da “cosica”, aunque Marhuenda les cuente luego que Alberto “ha estado cumbre” y que le ha faltado cortarle las orejas a Rufián.

No. Feijóo está ya para cameo en película de Santiago Segura, estilo “Cañita Brava” o “Risitas”, porque para sustituir a Leo Harlem, ahora que está a sueldo de Mañueco y se le habrá caído de la agenda al director de la saga de Torrente, le faltan tablas. No veo yo a Feijóo persiguiendo a niños gamberros por los vagones de un tren camino a Asturias. Ni siquiera tren de vía estrecha, ese que no llega a León por mor del ministro Puente. Y digo que le faltan tablas y hasta comprensión lectora. Y, encima, es osado y no calla, y yerra, y miente… Podía imitar a su compañero de filas y predecesor en la presidencia del partido, Mariano Rajoy que, volviendo a lo taurino, sabía hacer el “Don Tancredo” de manera primorosa, aunque le delataba aquella lengua suya, nerviosa, incapaz de estarse quieta entre los labios, si bien sin articular palabra. Un señor mayor que lo tuvo claro y dijo “ahí os quedáis”, que voy viejo y en edad de mejor vida. Mala, muy mala, se la va a dar Feijóo, teniendo que aguantar a ese otro sociópata, frentista, vividor de la política y presunto desfalcador de su propio partido, que es Abascal.

Aznar sale en los papeles de Epstein porque su agencia de viajes pagó el billete a Nueva York del expresidente para recoger un premio de la fundación “Appeal of Conscience” (manda h… el nombrecito), dirigida por un “ahijado ideológico” de Kissinger, el rabino Arthur Schneier.

Lo dicho, imaginen a Feijóo tratando de desentrañar el contenido de los tres millones de documentos y archivos del asunto Epstein, esos en donde sale el pontífice áulico de la derecha española, José María Aznar. Ese en que insiste Reverte que también perdió la guerra, aunque a mí por los datos me parece que no perdió aquélla y sigue ganando las de nuestros días. La de Gaza, por ejemplo, hoy día, con su apoyo al sionismo, o la de Irak, que le condujo a codearse con lo más granado de dicho movimiento. Y gloso algunas casualidades esclarecedoras.

Aznar sale en los papeles de Epstein porque su agencia de viajes pagó el billete a Nueva York del expresidente para recoger un premio de la fundación “Appeal of Conscience” (manda h… el nombrecito), dirigida por un “ahijado ideológico” de Kissinger, el rabino Arthur Schneier. Sobre este pájaro y su fundación no se fíen de lo que lean en Wikipedia, que es almíbar autoproducido, ya que a lo que se dedican es al “lobbismo” (o a ser lobos, que ya no sabe uno) sionista en Estados Unidos. Con ese premio se comprometía al gobierno de España en la invasión de Irak con el invento de las armas de destrucción masiva. Me imagino que en el discurso de agradecimiento Aznar haría sangrar los oídos de la concurrencia con su inglés macarrónico, primo hermano del de su “santa” esposa. Con el mensaje ya les digo que produjo gran satisfacción al justificar la invasión de Irak.

No paran ahí los logros ultramarinos del insigne expresidente, que también Rupert Murdoch lo nombró consejero de “Newscorp”, corporación dueña de FOX News, el altavoz de la mentira de las armas de destrucción masiva. Se le calculan al expresidente ingresos de alrededor de cuatro millones de euros solo en concepto de la soldada de “Newscorp”, y para seguir.

Tan animado vio el cotarro que decidió fundar “Amigos de Israel”. Es verdad que, tan bien pagado del sionismo, se hace amigo casi cualquiera a condición de que la conciencia (“the conscience”, recuerden) le pese poco. Con tal bagaje se lo rifan los bufetes internacionales como Latham & Watkins u organismos como el “Atlantic Council” para Europa o América Latina, para decidir qué es verdad o mentira en los procesos electorales. Osadía supina cuando el supuesto valedor ha hecho su pacotilla basada en una mentira, y gorda.

De ahí a dirigir varios periódicos afines y disfrutar de varias plazas de embajador y consejero del Banco Urquijo, todo seguido, al punto de poder poner a su hijo en estupendos puestos de la radiodifusión española.

Y sigue la saga, que ya tenemos a un hijo de José María y Ana vinculado a una empresa inmobiliaria subsidiaria y propiedad del fondo Blackstone, ese mismo al que su madre vendió casi dos mil viviendas de alquiler social en Madrid. Del “yernísimo” Agag han corrido ríos de tinta y no voy a aburrirles.

Y de Aznar atrás, si hablamos de abuelo y padre, también hablamos de puestos preeminentes en el franquismo. Choca que el abuelo se afiliara en su momento al PNV, pero, tras un corto exilio, volvió para integrarse en las filas conservadoras de Maura, arrepentidos los quiere el Señor. Se hizo famoso por una entrevista-masaje a Franco, al que accedió por su amistad con José Antonio. Todo bien y nada sospechoso. De ahí a dirigir varios periódicos afines y disfrutar de varias plazas de embajador y consejero del Banco Urquijo, todo seguido, al punto de poder poner a su hijo en estupendos puestos de la radiodifusión española. Esa meritocracia que nos quieren vender los que nunca han tenido necesidad de ejercerla, poniendo la vela al viento cálido del favor y el poder político, ausente de escrúpulos.

Y luego el malo es David Uclés que no le ha hecho el juego a Reverte en ese cuento chino de “La guerra que todos perdimos”. Vista la causa, lo que hemos perdido es la vergüenza de considerar referentes morales a auténticos sociópatas. Que poco debate iba a haber en ese foro, sino ponencias individuales donde cada cual justificaría su postura. Algunos ponderando lo injustificable, y no desde la necedad, sino desde el interés. Blanquear el pútrido sepulcro de la dictadura y negar la cuneta anónima de los inocentes.

Es verdad que muchos perdieron la guerra, más que ninguno todos los que se fueron. De uno y otro bando. Con el comecome del arrepentimiento de haber pisado la trinchera contraria a la de tu padre o la de tu hermano. Y las mujeres, solas, desasistidas, viudas, madres de huérfanos desnutridos. Sí, la guerra la perdieron los artistas, los poetas que ya no pudieron ser, que de ver solo sangre y dolor perdieron su alma. Y la perdieron los trescientos mil depurados, muertos, y los que, casi hasta los años cincuenta, penaron en los trescientos campos de concentración repartidos por España, y de cuyo trabajo forzado sacaron pingüe beneficio empresarios adictos al régimen.

No, no todos perdieron la guerra. Y esos que la ganaron quieren que ahora perdamos la dignidad.