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Un zurullo

Me alegro de todas las iniciativas que tratan de dinamizar la economía...

Me alegro de todas las iniciativas que tratan de dinamizar la economía. Loable siempre el esfuerzo de los que se meten en jardines para hacer que algo destaque, se conozca y difunda. Así que mi felicitación a la “Asociación de Hostelería de León” por la sexta edición de la “Ruta de la Morcilla”.

No ayudan mucho los húmedos brillos, los pétalos otoñales ni la forma del elemento, que, según palabras de la organización, dibuja el número seis, ordinal de la edición del presente año

Las felicitaciones duran hasta que me topo con el cartel anunciador del evento, que, si bien parecería llamado a abrir el apetito por degustar con fruición el glorioso embutido en los establecimientos adheridos a la ruta, antes bien provoca un rechazo cierto en mí y en alguna persona más de mi círculo cercano con la que he comentado la jugada. De lejos la ración que adorna el centro del cartel, fuera de querer parecer pincelada artística y evocadora, más bien adopta la desafortunada figura de deyección animal, diríase que con bastante humanidad también. No ayudan mucho los húmedos brillos, los pétalos otoñales ni la forma del elemento, que, según palabras de la organización, dibuja el número seis, ordinal de la edición del presente año. La verdad es que de cerca sí se aprecia la profundidad en el trazo de la pincelada, pero hay que aproximarse bastante y no es esa la distancia donde un cartel hace efecto. 

Los leoneses estamos acostumbrados a la presencia dudosa de la morcilla, esa textura que hace sospechar a muchos de nuestros visitantes sobre la bondad del producto. Definitivamente no es un cartel que despeje dudas y sea capaz de hacer afición. No me da el caletre, ni el ojo poco acostumbrado, para saber si la imagen ha sido generada con inteligencia artificial, pecado de los tiempos en el que todos caemos para deshonra propia y menoscabo de arte y artistas.

Daría lo mismo a los efectos simbólicos esa ejecución digital automatizada o la ágil muñeca de pintor, algo despistado eso sí, porque de lo que les vengo a hablar hoy es del marco del evento, que sobre la morcilla ya habrá exégetas, gastrónomos, gourmets o simples triperos capaces de elevar el discurso sobre tal suculencia gastronómica de la que me hago partícipe siempre que puedo. 

Sufro cuando las paseo, cuando veo cómo se ha hurtado la ciudad al ciudadano, cuando recuerdo mis primeras visitas, allá por los años ochenta, cuando el sabor de esos barrios era más cercano, menos "turistificado", "gentrificado"

Y el marco no es otro que la ciudad de León, sus zonas de bares, tan características, de la parte más antigua del casco urbano. Sufro cuando las paseo, cuando veo cómo se ha hurtado la ciudad al ciudadano, cuando recuerdo mis primeras visitas, allá por los años ochenta, cuando el sabor de esos barrios era más cercano, menos “turistificado”, “gentrificado”. Cuando comercio de toda índole llenaba sus calles, aportando tejido social y servicios. Cuando te encontrabas con gente del alfoz y aun de más lejos, con la costumbre de hacer sus compras en la capital, en sus tiendas “de siempre”, pendientes del reloj, que tenían que coger el autobús de la Empresa Fernández y se le echaba la hora encima. Ese casco viejo murió hace años, quizá como el de la mayoría de las capitales de tamaño medio, que no dan para mantener industria, comercio y ocio en tan corta franja de territorio, y tiran de esquemas urbanos donde se concentran los establecimientos por especialidades.

El carrito de la compra alrededor del Mercado del Conde Luna se ha convertido en "trastaleo" de ruedas de maleta de avezado turista buscando el sabor más típico, sin darse cuenta de que ya le están vendiendo un "estándar" impostado

A este “Húmedo” de León le ha tocado en suerte especializarse en ocio, una cierta y clara maldición para los comercios que apenas subsisten y, desde luego, para los vecinos que sufren el rigor de la noche de “farra”. No voy a ser nostálgico, desde luego, que no está en mi condición. Se hizo bastante más “vivible” la ciudad con la peatonalización a partir de Santo Domingo, que parece imposible que Calle Ancha fuese de circulación rodada en doble sentido, aun cuando se llamase “Generalísimo”. Creo, desde la distancia, que los vecinos de la zona han vivido unos años de relativa tranquilidad desde la peatonalización de 1997 hasta la primera decena del siglo XXI. Pero después hemos cogido carrerilla y, en aras de una industria turística desbordada y cada vez más horizontal por las viviendas de uso turístico, hemos expulsado a la población autóctona, incomodándola y rodeándola de circunstancias adversas y de una evidente falta de tejido comercial y de servicios. El carrito de la compra alrededor del Mercado del Conde Luna se ha convertido en “trastaleo” de ruedas de maleta de avezado turista buscando el sabor más típico, sin darse cuenta de que ya le están vendiendo un “estándar” impostado.

El Mercado del Conde Luna… esa pretendida joya, sin rumbo ni casi contenido, semivacío. Al último concurso solo se han presentado 9 ofertas de las 18 propuestas, y la mayoría son de los que ya están. Tampoco me extraña que no despierte interés, que son pocas las paradas que obtienen rentabilidad en un espacio urbano en franca decadencia. Ni siquiera el servicio de cafetería, a priori más acomodado a la presunta demanda en la zona, ha logrado cubrirse.

Y es que nos lo hemos cargado, un "entre todos lo mataron y él solo se murió", seguramente del asco que le causa el verse vacío y con un censo de clientes cada vez más mermado

Y es que nos lo hemos cargado, un “entre todos lo mataron y él solo se murió”, seguramente del asco que le causa el verse vacío y con un censo de clientes cada vez más mermado. O del asco que le produce también un servicio de limpieza que deja en la parte trasera del edificio un contenedor que es un auténtico pudridero y del que se hace un uso arbitrario por parte, incluso, de establecimientos lejanos al mismo. Que furgonetas llegan a dejar sus bolsas, visto por estos ojitos que se han de comer los gusanos, rollizos y lucidos como los que deben criarse en ese irregular muladar. Si a esto unimos el habitual “after” urinario de los fines de semana, el cuadro nos queda mucho más completo. Lástima en este instante no podamos aportar los efluvios percibidos.

Estamos muy cerca de morir de éxito, colmatando la oferta hostelera, expulsando a la población y dando una imagen de gestión nefasta

La gestión de los espacios es una cosa muy seria, y la imagen que la ciudad de León está dando últimamente la verdad es que me preocupa, si bien no me afecta directamente, que soy de los afortunados que, sin vivir muy lejos, habitamos el “Xanadú” rural. Pero León, la capital, es imagen también de la provincia y gancho inequívoco para los visitantes. Estamos muy cerca de morir de éxito, colmatando la oferta hostelera, expulsando a la población y dando una imagen de gestión nefasta. Hay muchas cosas que arreglar y bastantes servicios que mejorar, y la limpieza y el tratamiento respetuoso de los residuos son una parte fundamental.

Y hay alternativas. Desde una recogida de basuras más eficaz a una limitación de la gentrificación y de las viviendas de uso turístico. Un punto más de control en la obra pública, que no suceda más veces que el escaparate de la ciudad, la Catedral, tenga que verse saltándose una obra chapucera y descuidada, prolongada indefinidamente en el tiempo. Por no hablar de meter en miles de hogares ceniza a presión de una, ya se sabe, fallida central de biomasa.

Habrá candidatos, sabe Dios por qué partidos, que deben sentirse concernidos por este sentir general, variando el rumbo de la ciudad, eficaz la gestión, para que quien visite León no se lleve la impresión del cartel de la “Sexta Ruta de la Morcilla”. En “román paladino”: un zurullo.