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Arraizgo: del lamento al cuidado del territorio

El fuego no llega de repente. Avanza despacio mucho antes de verse...

El fuego no llega de repente. Avanza despacio mucho antes de verse. El humo solo señala lo que ya estaba roto. Antes de las llamas hubo abandono. Antes del incendio, una separación silenciosa entre territorio, política y gente. En León, cada fuego vuelve a contar la misma historia: un modelo forestal y territorial que dejó de proteger y pasó a producir, a contabilizar, a vender.

Aquí no hay épica. No hay gestas ni heroísmos. Hay montes solos. Campos sin pastores. Políticas que reaccionan tarde, cuando el fuego ya ha entrado en los informativos. Cada verano se repite la escena: evacuaciones, carreteras cortadas, vecinos mirando desde la cuneta cómo desaparece lo poco que quedaba. No es una catástrofe natural. Es una consecuencia lógica.

El fuego existía, claro. Pero no arrasaba. Tenía límites

Durante siglos, el monte fue otra cosa. No un decorado ni una reserva, sino una estructura viva, trabajada y recorrida. Pastos, bosque, matorral, cultivos, ganado. Un mosaico irregular que se movía, se ajustaba, se conocía. El fuego existía, claro. Pero no arrasaba. Tenía límites. No porque la naturaleza fuese benévola, sino porque había gestión. El equilibrio no era espontáneo: se cuidaba.

Las grandes repoblaciones forestales del siglo XX se vendieron como progreso. Y lo fueron solo en apariencia. Simplificaron el paisaje hasta volverlo frágil

Las grandes repoblaciones forestales del siglo XX se vendieron como progreso. Y lo fueron solo en apariencia. Simplificaron el paisaje hasta volverlo frágil. Plantaciones densas, de una sola especie, pensadas para crecer rápido y producir volumen. Bosques tratados como fábricas de madera. Todo igual: edad, altura, especie. Debajo, un sotobosque abandonado que acumula combustible. Cuando eso prende, no hay táctica que aguante. El fuego ya no camina. Corre.

Lejos de corregirse, esta lógica se ha reforzado con nuevos discursos. La biomasa, presentada como solución energética, ha devuelto al monte una mirada productivista. Toneladas. Rendimiento. Aprovechamiento. El bosque vuelve a ser un almacén, no un sistema vivo. Y cuando se gestiona como recurso, acaba comportándose como riesgo.

Frente a eso, propuestas como ARRAIZGO no plantean un ajuste. Plantean otra mirada. Pasar del monte combustible al bosque protector. Abrir, diversificar, estructurar. No eliminar el fuego eso no es posible, sino hacerlo menos violento, más predecible, más manejable. Bosques que no prometen rentabilidad inmediata, pero sí suelo vivo, agua regulada, continuidad. Y seguridad.

Esa idea bajó a tierra el pasado sábado, cuando Jesús Ferrero y quien escribe acudimos a la presentación pública de la plataforma ARRAIZGO. La sorpresa fue precisamente esa: no hubo espectáculo. Ni discursos inflamados. Ni egos compitiendo. Había gente. Gente dispuesta a organizarse. A hacer algo incómodo: anticiparse. Pensar el monte antes de que vuelva a arder.

Convertir la ira en acción. No negar la rabia, pero no instalarse en ella. Transformarla en presencia, en cuidado, en trabajo continuado

Una de las intervenciones lo resumió sin rodeos: convertir la ira en acción. No negar la rabia, pero no instalarse en ella. Transformarla en presencia, en cuidado, en trabajo continuado. Ese gesto, aparentemente pequeño, resulta profundamente necesario en una provincia acostumbrada al lamento, a la espera, a confiar en soluciones que nunca llegan desde arriba.

La plataforma ciudadana ARRAIZGO se presentó el pasado sábado en Astorga tras los incendios del verano de 2025. Más de medio centenar de personas participaron en la jornada “Arraigo y territorio: pensar el monte después del fuego”. No fue solo análisis. Fue arranque. Debate y, a la vez, activación de una primera red de voluntariado comprometida con el cuidado del monte leonés. Nacida en la Maragatería, ARRAIZGO combina acción ciudadana, conocimiento científico y experiencia profesional. No trabaja desde la emergencia, sino desde la prevención. Desde la continuidad.

No promete soluciones rápidas ni discursos tranquilizadores. Ofrece trabajo. Tiempo. Corresponsabilidad

Por eso se sitúa en otro lugar. No promete soluciones rápidas ni discursos tranquilizadores. Ofrece trabajo. Tiempo. Corresponsabilidad. En un contexto donde el desastre empieza a normalizarse, este tipo de iniciativas no son decorativas. Son ensayos reales de reacción colectiva. Intentos de reconstruir una capacidad de respuesta que se fue erosionando con años de abandono institucional y social. Más que una plataforma, ARRAIZGO apunta a algo más incómodo y más necesario: recuperar el cuidado como forma de acción.

Porque el abandono del monte no empieza en los despachos. Empieza cuando se rompe el vínculo. Donde antes pastaban ovejas hoy hay silencio. Donde la leña tenía uso ahora se acumula como combustible. La desaparición de la ganadería extensiva, de los aprovechamientos comunales y de la gestión cotidiana ha dejado montañas enteras sin manos. Un territorio sin gente es un territorio indefenso. No por falta de medios, sino por falta de presencia.

Los incendios actuales ya no son los de antes. Son fuegos de sexta generación. Crean su propia meteorología, saltan cortafuegos, desbordan operativos enteros

Los incendios actuales ya no son los de antes. Son fuegos de sexta generación. Crean su propia meteorología, saltan cortafuegos, desbordan operativos enteros. Y aun así seguimos respondiendo con recetas del siglo pasado: más helicópteros, más comparecencias, más épica. Mucho ruido y poca prevención. Ganar al fuego empieza en invierno. Empieza mucho antes de que arda.

Todo esto ocurre, además, bajo un clima que ya no es el que conocíamos. Más calor. Más sequía. Más extremos. Los bioclimas se desplazan. Condiciones propias de otras latitudes empiezan a instalarse aquí. En este escenario, insistir en masas forestales densas y homogéneas no es un error técnico. Es una temeridad.

La biomasa, tal como se está impulsando, agrava estas debilidades. Empobrece suelos, reduce biodiversidad, aumenta la continuidad del combustible. Puede generar ingresos a corto plazo. A cambio, compromete la estabilidad futura. El bosque deja de amortiguar el cambio climático y empieza a amplificarlo.

A todo esto se suma la precarización de los servicios de prevención y extinción. Brigadas externalizadas. Contratos temporales. Estacionalidad crónica. El fuego se gestiona como evento, no como proceso. Se glorifica al héroe puntual mientras se desmonta el cuidado permanente. Se apagan incendios, pero se sigue alimentando el sistema que los produce.

Restaurar un bosque es restaurar también sus vínculos internos, su capacidad de regular agua, clima y territorio

ARRAIZGO recupera una idea básica y olvidada: el bosque no es una plantación. Es un sistema complejo. Árboles, suelo, hongos, fauna, bacterias. Una red invisible que sostiene la regeneración. Restaurar un bosque es restaurar también sus vínculos internos, su capacidad de regular agua, clima y territorio.

Que estas iniciativas surjan fuera del circuito institucional no es casual. La presentación de ARRAIZGO fue relevante por eso: no por su forma, sino por su planteamiento. No confrontar. Anticiparse. Pensar el territorio antes de que vuelva a arder.

En León, esta elección no es abstracta. Cada verano reduce el margen. Cada incendio confirma lo evidente. Persistir en el modelo actual no es neutral. Es una decisión. Y como todas las decisiones que se presentan como inevitables, sus costes no se reparten por igual.

Quizá la pregunta ya no sea cómo apagar incendios, sino qué modelo forestal seguimos alimentando. Porque el bosque gestionado solo para producir acaba ardiendo. Y el que se cuida para vivir, protege. No es una consigna. Es una urgencia.

Cuando el humo se disipa, no queda solo ceniza. Queda la prueba de lo que no supimos o no quisimos sostener. Tal vez aún estemos a tiempo de entender que el cuidado no es moralina, sino infraestructura básica. Que el bosque no es un problema a extinguir ni un recurso a explotar, sino un sistema del que depende la habitabilidad del territorio. Sin arraigo, sin vínculo, sin presencia, sin responsabilidad compartida, no hay prevención posible. Solo ceniza.