La autocrítica. Ni está ni se la espera
La política nacional, ese gallinero que tenemos que soportar estoicamente a diario, se ha convertido en un ecosistema tan peculiar que ya, quien más y quien menos, sospecha que nos están dando gato por liebre. El llamado sistema democrático empieza a parecer menos un modelo de convivencia y más un experimento sociológico que se nos ha ido de las manos.
Un terrario de líderes que se observan entre sí como reptiles nerviosos, se retroalimentan de sus propias narrativas y se reproducen sin necesidad de mérito alguno, como si la competencia fuera un concepto obsoleto. La autocrítica, ese gesto tan simple como mirar hacia dentro y hacer un ejercicio de introspección cargado de honradez, ha sido declarada especie invasora y expulsada del recinto. Aquí nadie se equivoca jamás: todo es culpa del clima, del relato, de la oposición, de la prensa, de la luna menguante o de un ente abstracto llamado «ellos», que sirve para todo y no significa nada.
La responsabilidad se ha convertido en un objeto decorativo, una pieza de museo que se señala con el dedo pero que nadie se atreve a tocar. Y, mientras tanto, los ciudadanos asistimos a este espectáculo con la misma mezcla de incredulidad y agobio que provoca oír a un piloto anunciar «vuelo sin turbulencias» mientras el avión vibra como una lavadora vieja y las máscaras de oxígeno miran desde el techo de la aeronave con ganas de intervenir. Uno ya no sabe si reír, llorar o pedir que, por una vez, alguien diga la verdad antes de que aterricemos en un secarral.
Los maestros del escapismo verbal
Los dirigentes políticos han alcanzado un nivel de autoindulgencia que roza lo paranormal. Ni Fernando Jiménez del Oso, pionero en España en la divulgación de este fenómeno, hubiera alcanzado tal grado de perfección. Son capaces de explicar un desastre como si fuera un éxito histórico, y lo hacen con la serenidad y displicencia de quien lee la lista de ingredientes de unas lentejas. La mediocridad se ha institucionalizado hasta tal punto que ya, para nuestra desgracia, no nos sorprende: es el estándar, la norma o el dibujo. Antes, para llegar a lo más alto del escalafón, había que tener no solo telegenia, sino talento, carisma o inteligencia, aunque fuera mal administrada. Ahora basta con dominar el arte de la frase vacía, la sonrisa de cartel electoral o la indignación performativa («no todo vale en política». «La ciudadanía no merece este espectáculo», ¿a que ya te suena? Otra más: «No vamos a permitir que se pisotee la verdad»).
Los damnificados, o sea nosotros, presenciamos, más que perplejos, cada vez más desapegados, una función circense ejecutada en una pista central repleta de contorsionistas, capaces de doblar cualquier argumento hasta que encaje en su cuento de Pulgarcito, aunque termine convertido en un artefacto ideológico tan retorcido que solo ellos sean capaces de reconocerlo.
Somos, lo queramos o no, el público cautivo de una gala que no hemos pedido ver, pero que pagamos sin rechistar. Cada rueda de prensa es un capítulo nuevo de una serie que no mejora, pero que seguimos consumiendo por pura inercia emocional. Cada debate es una coreografía de gestos ensayados, silencios estratégicos y frases que suenan profundas hasta que uno las piensa dos segundos y se pregunta: «¿Pero qué demonios ha querido decir este tío?».
La autocrítica, cuando aparece, lo hace en forma de holograma. «Hemos cometido errores», dicen, sin especificar cuáles, cómo, cuándo ni por qué. Se quedan tan anchos porque es una autocrítica homeopática: tan diluida que no tiene efecto alguno. Una autocrítica ornamental, como esas plantas de plástico que adornan los despachos y que nadie riega porque no hace falta. Asumen equivocaciones como quien oye llover.
Arquitectos de la excusa perfecta
La infantilización del discurso es otra consecuencia inevitable. Los responsables públicos hablan como si la ciudadanía fuéramos un grupo de borregos o de borricos. Explican lo obvio, ocultan lo importante y adornan lo irrelevante. Y, cuando algo no sale como pretendían, recurren al manual básico del mal estudiante. «No es culpa mía». Será del sursuncorda. «El problema ha sido la falta de movilización». El tortazo siempre para los mismos. Solo nos falta escuchar que «el perro se comió los presupuestos».
La esfera pública se ha convertido en un show de marionetas donde los hilos son visibles, pero los titiriteros insisten en que no existen. Los prestidigitadores de la perorata se mueven con la torpeza de quien intenta bailar con los pies atados, pero aseguran que es una coreografía vanguardista. Nacho Duato, sin duda, sería un aprendiz a su lado.
Nosotros observamos incrédulos cómo cada desacierto se transforma en una oportunidad comunicativa, cada contradicción en una muestra de flexibilidad y cada improvisación en una prueba de “adaptación al contexto”. Si es que te tienes que reír ante tanta patochada.
La falta de examen de conciencia no es solo un problema moral: es un problema operativo. Un político incapaz de admitir un error es un político incapaz de corregirlo. Y un político incapaz de corregirlo es un político condenado a repetirlo. Así, el teatro del poder se convierte en un bucle infinito donde los mismos fallos se repiten con la misma solemnidad, como si fueran parte de una tradición nacional que no conviene cuestionar. Lo más triste de todo es que la incompetencia se recicla, se pule, se maquilla y se presenta como innovación.
Solo somos muebles electorales
Mientras tanto, los ciudadanos seguimos aquí, en nuestras butacas, observando la velada con la serenidad del que ya lo ha visto todo y aun así se sorprende. Hemos desarrollado una tolerancia admirable a la incoherencia y una quietud y armonía sin parangón para procesar explicaciones absurdas sin mover un músculo.
Nos hemos convertido en expertos en detectar mentiras piadosas disfrazadas de grandes anuncios, en interpretar silencios, en leer entre líneas y en asumir que la política es un sainete donde la coherencia es opcional o sencillamente no existe. Aunque somos imprescindibles para que este anodino elenco construya sus castillos en el aire, nos siguen considerando complementos o mobiliario decorativo plebiscitario. ¡Parece mentira que no aprendamos!
Entre tanto, los ilustrísimos, excelentísimos y señorías de todo pelaje continúan avanzando convencidos de que la culpa siempre es de otro y ajenos a nuestra opinión, que únicamente buscan cuando renuevan contrato. La auditoría moral se sustituye por la excusa, la responsabilidad por el relato y la gestión por la puesta en escena.
Y así seguimos, año tras año, legislatura tras legislatura, elección tras elección, asistiendo a un espectáculo que no mejora pero que tampoco tiene visos de empezar a encauzarse. La clase política se ha convertido en protagonista de una obra interminable donde los actores cambian, pero el guion sigue siendo el mismo: «No hemos fallado». «No es culpa nuestra». «Todo va bien». «Y si no va bien, ya irá». «Y si no va, es que no tenía que ir».
Con tanto soniquete martilleando nuestras cabezas, empezamos a creer firmemente que ese ejercicio de humildad no es un gesto heroico, sino un simple acto de higiene democrática. Que reconocer un error no debilita, sino que fortalece. Que la responsabilidad no es un castigo, sino una obligación. Pero mientras ese día llega —si es que llega— seguiremos aquí, observando cómo los mandamases se felicitan por su propia brillantez impostada mientras tropiezan con la misma piedra por enésima vez sin asumir un solo fallo.
Porque, al final, lo más preocupante no es que los políticos no hagan autocrítica.
No señor. Lo alarmante es que ya ni siquiera la echamos de menos.