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El experimento Alegría. Vacuna contra la izquierda

Coincidiendo con el fin del plazo de publicación de encuestas, comentaba con amigos las próximas elecciones en Aragón...
Alegria

Coincidiendo con el fin del plazo de publicación de encuestas, comentaba con amigos las próximas elecciones en Aragón. Los españoles mentimos a los encuestadores: mentiras piadosas en muchos casos, vergonzantes en otros, y algunos con muy mala idea. Pero en el paso de los años ha cambiado la tendencia ideológica de esas mentiras. Ahora lo vergonzoso e injustificable es confesar que vas a votar a una opción de izquierdas. Las empresas demoscópicas parece que aún no han ajustado sus parámetros.

Estas predicciones se han convertido en fotografía oficial de la realidad. Proceso electoral tras proceso electoral, la discrepancia entre pronósticos y resultados sirve a algunos para fantasear con conspiraciones y a la mayoría, especialmente a los voceros de los partidos, para esquivar la autocrítica o falsear el mensaje. Los que mejoran expectativas justifican cómo han doblado el brazo a la tendencia. Los que las empeoran, incluso ganando, quedan señalados como derrotados si no alcanzan las previsiones.

Y luego están las minorías que siempre captan descontento o refugio de votos. Con números pequeños, cada voto nuevo supone subidas porcentuales gigantes. Como empresas sin cuota de mercado: cada cliente es crecimiento extraordinario. Pero siguen siendo cabeza de ratón en mundo de leones. Prefieren usar la cifra relativa como prueba de apoyo mayoritario cuando el respaldo real sigue siendo residual. Proclaman representar el único mensaje ciudadano, legitimidad para dirigir la política. Como Podemos y Ciudadanos antaño, confundiendo tendencias con mayorías, movimientos con mandatos. Y que en algunos casos han conducido a las leyes que están desarticulando nuestra sociedad y dejándonos en la situación y el gobierno que ahora rige nuestros destinos.

Pero centrémonos en el PSOE y Pilar Alegría. Dejó de ser ministra del Gobierno de España el dieciséis de diciembre pasado. Durante cuatro años y medio fue ministra de Educación y los dos últimos portavoz del Ejecutivo, el rostro que cada martes explicaba las decisiones del Consejo de Ministros.

Esperaba que el voto vergonzante aflorase y sirviera a la izquierda, especialmente al PSOE, de disculpa para unos malos resultados que sin embargo habían superado los pronósticos. Me equivoqué. La izquierda no solo cumplió sus negativas expectativas: las superó. Y optó por señalar la bajada del partido ganador y manifestar su alegría por las dificultades que tendrá para formar gobierno. La derecha en su bloque ganó muy por encima de sus pronósticos, pero la distribución logró que los ganadores sean los perdedores y la tercera fuerza proclame representar sin duda el único mensaje ciudadano.

Pero centrémonos en el PSOE y Pilar Alegría. Dejó de ser ministra del Gobierno de España el dieciséis de diciembre pasado. Durante cuatro años y medio fue ministra de Educación y los dos últimos portavoz del Ejecutivo, el rostro que cada martes explicaba las decisiones del Consejo de Ministros. Dejó un salario de más de ochenta mil euros, la visibilidad nacional, las comparecencias televisadas. Cambió la tribuna de La Moncloa por los pueblos de Zaragoza, Huesca y Teruel. El ocho de febrero obtuvo dieciocho escaños, cinco menos que en dos mil veintitrés, cuarenta mil votos menos que el candidato anterior. Firmó el peor resultado socialista en Aragón en cuarenta años. Pedro Sánchez la felicitó por su "gran trabajo". Y ella prometió una "oposición seria y responsable". Incluso la portavoz del PSOE llegó a culpar a la falta de tiempo para la campaña electoral.

Hay que tomarse un momento para apreciar la magnitud del fracaso. Una ministra-portavoz del Gobierno de España, con toda la maquinaria de Ferraz detrás, con la implicación personal del presidente, con semanas de campaña recorriendo cada rincón de la comunidad, pierde cuarenta mil votos en una región donde su partido gobernó durante décadas. No pierde contra un adversario carismático en campaña brillante. Pierde contra Jorge Azcón, que también perdió catorce mil votos y dos escaños respecto a dos mil veintitrés. Alegría cayó más rápido que quien la derrotó.

El plan de Sánchez era elegante en su concepción. Si los presidentes autonómicos del PP adelantaban elecciones, el PSOE respondería con sus pesos pesados ministeriales. Ministros con experiencia de gobierno, con proyección nacional, con recursos. La estrategia la estrenó Alegría. Le seguirán María Jesús Montero en Andalucía, Diana Morant en Valencia, Ángel Víctor Torres en Canarias, Óscar López en Madrid. La primera en salir al ruedo ha sido la primera en caer. Y la caída no fue por escaso margen. Fue estrepitosa.

Pero lo verdaderamente revelador no es que Alegría perdiera. Es cómo perdió. Porque su campaña encarna a la perfección la contradicción que está matando al socialismo español: intentó vender cercanía con agenda nacional, proximidad con cargo ministerial, autenticidad de pueblo con cuatro años en el gobierno central. Dejó el Ejecutivo, sí, pero un mes antes de las elecciones. Recorrió explotaciones agrarias aunque todos recordaban sus comparecencias de los martes. Habló de Aragón mientras su cara seguía siendo la del sanchismo. No pudo escapar de su propia sombra.

Y aquí está la trampa mortal del plan de los ministros-candidatos: envías a un territorio a alguien que representa exactamente lo que ese territorio rechaza. Aragón no votó sobre carreteras aragonesas. Votó sobre Pedro Sánchez.

Este no es un fenómeno coyuntural ni estrictamente aragonés. Es el resultado de un proceso acumulativo en el que la política territorial ha quedado subsumida por la lógica nacional, y en el que la izquierda ha renunciado a construir discursos propios fuera de los grandes centros urbanos. Lo que pasó en Aragón no es un accidente electoral. Es la materialización de una enfermedad que lleva años incubándose.

Y aquí está la trampa mortal del plan de los ministros-candidatos: envías a un territorio a alguien que representa exactamente lo que ese territorio rechaza. Aragón no votó sobre carreteras aragonesas. Votó sobre Pedro Sánchez. Y cuando la portavoz de Sánchez es quien pide el voto, el mensaje es cristalino: estás votando al Gobierno central. Todos lo entendieron, en especial sus rivales. Nacionalizaron la campaña, convirtieron cada acto en un referéndum anti-Sánchez. Es cierto que eso le fue mejor a Vox que al PP, pero al final a Sánchez no le importa nada ir perdiendo peones siempre que eso le dé un día más de gobierno.

Ella lo intentó. Pidió a sus excompañeros de Gabinete que no fueran a Aragón. Evitó grandes mítines. Visitó comercios, barrios, hospitales, pueblos. Pero no sirvió de nada. El relato ya estaba construido. Durante dos años fue la voz del Gobierno. No se borra eso en seis semanas de campaña rural.

Ella es solo el síntoma visible de una enfermedad sistémica: el PSOE no pierde por falta de candidatos ni por errores de campaña. Pierde porque fuera de las grandes ciudades no es capaz de explicar qué ofrece y por qué merece seguir gobernando. Perdió cuarenta mil votos en Aragón. ¿Dónde fueron? Una parte significativa cruzó a la Chunta Aragonesista, que creció en treinta mil papeletas. Otra porción directa o indirectamente alimentó el crecimiento de Vox, que sumó cuarenta y dos mil votos nuevos. El socialismo pierde a izquierda y derecha simultáneamente.

Pero la verdadera devastación está en lo que pasó con el espacio a la izquierda del PSOE. Podemos desapareció. Literalmente. De catorce escaños en dos mil quince a cero en dos mil veintiséis. De ciento cuarenta mil votos a seis mil. Menos del uno por ciento. Triplicados por el partido de Alvise sin estructura ni militancia. Izquierda Unida salvó un escaño coaligada con Sumar. Uno. En toda la comunidad. Entre Podemos, IU y Sumar tienen menos votos que lo que el PSOE perdió en esta convocatoria.

Alegría habla de "oposición seria". Mientras tanto, la Chunta lamenta que Aragón sea más conservador pese a que ellos crecieron. IU celebra haber sobrevivido. Podemos ni siquiera existe ya para hacer valoraciones. Todos evitan la pregunta fundamental: ¿por qué el electorado de izquierdas está huyendo en estampida?

La respuesta tiene varios capítulos. Llevan años defendiendo un discurso moralizante sobre cómo debe vivir la gente. Una moral que solo sirve para justificar sus tiranías. Mientras tanto, la gente ve cómo vive cada vez peor, sometida a caprichos de minorías delirantes. Hablan de transiciones verdes a agricultores que no llegan a fin de mes. Prometen servicios públicos de calidad y los ciudadanos solo ven abandono y deterioro. Celebran avances en derechos identitarios cuanto menos innecesarios mientras el empleo industrial desaparece de las comarcas. No es que estos temas carezcan de importancia. Es que cuando son la única oferta política para quien tiene problemas materiales inmediatos, el mensaje no conecta. Y cuando el mensajero es una ministra que cobra ochenta mil euros, la desconexión se vuelve abismal.

La noche del ocho de febrero, Alegría compareció controlada. Reconoció que el resultado "no es bueno". Felicitó a Azcón. Prometió oposición vigilante. No hizo autocrítica. No explicó por qué perdió cuarenta mil votos.

Y por otro lado,muchos se preguntan qué hace Vox para crecer tanto. Nada especialmente brillante. Solo capitaliza el hartazgo. No gobierna. No gestiona. No resuelve. Solo señala enemigos: la élite de Madrid, los políticos profesionales, el establishment progresista. Y funciona porque hay un electorado cansado de que le hablen desde arriba y que prefiere ya romper y que construir.

Alegría representa ese problema a la perfección. Mujer de pueblo, sí, pero viviendo de la política y ministra durante cuatro años. Raíces humildes, sí, pero salario de ochenta mil euros. Habla de cercanía mientras comparece desde el atril de La Moncloa. Representa el sanchismo y su esencia: las contradicciones de los feministas puteros, de los Salazares de la vida, las mordidas de los Ábalos y compañía. Personificaba la contradicción viviente entre discurso y realidad. Y esa contradicción es lo que Vox capitaliza sin esfuerzo.

La noche del ocho de febrero, Alegría compareció controlada. Reconoció que el resultado "no es bueno". Felicitó a Azcón. Prometió oposición vigilante. No hizo autocrítica. No explicó por qué perdió cuarenta mil votos. No planteó qué cambiará para las municipales. En su lugar, atacó: Azcón es "más rehén de la ultraderecha". Técnicamente cierto. Políticamente irrelevante. Porque cuando tu partido acaba de firmar su peor resultado en cuarenta años, señalar que el ganador tiene problemas no te convierte en alternativa.

Desde Ferraz, Rebeca Torró repitió la misma cantinela. El PP está atado a Vox. La ultraderecha avanza. Los perjudicados son los aragoneses. Todo insuficiente porque omite la pregunta clave: si Vox es el problema y el PSOE la solución, ¿por qué el PSOE pierde cuarenta mil votos mientras Vox gana cuarenta y dos mil? Algo no cuadra en el relato.

Pedro Sánchez, desde La Moncloa, felicitó a Azcón "por su resultado" y a Alegría "por su gran trabajo". El cinismo de la felicitación es revelador. ¿Qué gran trabajo? ¿Perder cinco escaños? ¿Firmar el peor dato histórico? ¿Demostrar que la estrategia de ministros-candidatos no funciona? No puede permitirse otro cambio que evidencie fracaso. Así que la felicita y sigue adelante como si nada. Si la estrategia funcionaba aquí, se replicaba en Andalucía, Valencia, Canarias, Madrid. Alegría tenía que demostrar que un peso pesado ministerial puede vencer en territorio hostil. Ha demostrado lo contrario. Que incluso con toda la maquinaria, con todo el apoyo, con toda la experiencia, una ministra de Sánchez pierde en provincia. Y no pierde poco. Pierde cuarenta mil votos. La ministra no sumó. Restó.

El experimento no fracasa por quién fue la candidata, sino por lo que representaba. Y eso es lo verdaderamente preocupante para el PSOE...

¿Qué hará ahora Montero cuando le toque Andalucía? ¿Repetir el mismo guion? ¿Dejar el ministerio seis semanas antes, recorrer pueblos, prometer cercanía? El precedente de Alegría es letal. Ha demostrado que la estrategia no solo no funciona, sino que agrava el problema. El PSOE aragonés de dos mil veintitrés, con candidato local sin proyección nacional, obtuvo veintitrés escaños. Con la portavoz del Gobierno obtiene dieciocho.

Mientras tanto, la izquierda aragonesa está técnicamente liquidada. Dieciocho escaños del PSOE. Seis de la Chunta. Uno de IU-Sumar. Veinticinco en total. Frente a cuarenta del bloque PP-Vox. No hay camino aritmético al poder. La izquierda está condenada a la oposición durante años. Y su líder es una exministra que acaba de demostrar que la conexión entre Madrid y territorio está definitivamente rota.

Si el patrón continúa —y Aragón confirma que continuará— España saldrá de este ciclo con un PSOE en mínimos históricos, una izquierda desintegrada, y una extrema derecha imprescindible. No porque el país se haya vuelto fascista. Sino porque la izquierda convirtió cada elección autonómica en plebiscito sobre Sánchez. Y va perdiendo todos.

El experimento no fracasa por quién fue la candidata, sino por lo que representaba. Y eso es lo verdaderamente preocupante para el PSOE: que hoy su mayor activo nacional —ministros con proyección, experiencia de gobierno, visibilidad mediática— se ha convertido en su mayor lastre territorial.

Dieciocho escaños. Cuarenta mil votos perdidos. Una estrategia nacional desacreditada antes de llegar a Andalucía. Ese es el legado del experimento.

Montero, Morant, Torres y López toman nota. Aunque probablemente no sirva de nada. Porque cuando las encuestas fallen y los resultados sean peores que las previsiones, volverán a hacer lo mismo que Alegría la noche del ocho de febrero: felicitar al ganador, prometer oposición vigilante, y señalar que el adversario tiene problemas. Como si señalar problemas ajenos resolviera los propios. Como si la autocrítica fuera opcional cuando acabas de firmar tu peor resultado en cuarenta años.

El experimento Alegría fracasó. Pero Sanchez no está dispuesto a hacer los deberes quemara todas sus naves antes de abandonar su sillón. Y eso, precisamente, garantiza que se repita. Y sobre todo supondrá una vacuna contra la izquierda que probablemente durara años.