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Salvar al presidente Sánchez

La moción de censura que reclaman a la vez el Gobierno y Vox sería el mejor regalo para Pedro Sánchez. Por algo la piden los dos

Hay una escena que se repite en el Congreso desde hace meses. Desde el escaño azul del Gobierno, Pedro Sánchez, Patxi López y sus socios se giran hacia la oposición y le sueltan, con esa sonrisa de quien reparte consejos a costa ajena, que presenten ya la moción de censura, cuanto antes, sin más demora, que no dejaran que el congreso manifieste su desconfianza a este gobierno. Desde el extremo contrario del hemiciclo, en las filas de Vox, Santiago Abascal repite el mismo verbo con otro tono: que la presenten, que se atrevan, que retraten de una vez a la trama. Dos hombres que no coinciden en casi nada coinciden en esto.

Cuando el adversario que quiere conservar el poder y el rival que te disputa el electorado te piden exactamente lo mismo, lo prudente no es obedecer. Es desconfiar.

Se almidonan los discursos. Se afilan las intervenciones. En los pasillos del Congreso se cuchichea sobre mayorías alternativas que nadie tiene. La moción de censura contra Pedro Sánchez se insinúa una y otra vez, se propone como reto, se lanza desde la tribuna como un guante que nadie recoge. Y mientras los focos se posan sobre quién suma y quién resta, la corrupción —la de verdad, la de los papeles de la UCO, la de los pagos mensuales documentados— se desvanece del debate público.

Y eso, exactamente eso, es lo que ellos quieren.

Presentar una moción de censura ahora sería el mejor servicio que el PP podría prestarle a Pedro Sánchez. Dura una semana la iniciativa, un mes el debate; un mes entero en el que la conversación pública giraría en torno a si la moción sale adelante o no, en torno a las cuentas de sumar y restar escaños, en torno a la «gobernabilidad» y la «estabilidad». Un mes sin hablar de los juicios, de los informes, de la metástasis de esta corrupción en todos los niveles del Estado. Un mes sin mencionar a Santos Cerdán, a Koldo y a Ábalos, escondiendo los procesos del hermano y la mujer. Un mes sin recordar a Leire Díez y los pagos blindados. Es el más viejo principio de la prestidigitación: para que el público no mire la mano que esconde la carta, hay que ofrecerle algo más llamativo que mirar.

Y al final de ese mes, cuando la moción caiga —porque va a caer—, cada portavoz socialista subirá a la tribuna a proclamar que la mayoría parlamentaria respalda al presidente. Como si la aritmética fuera un certificado de inocencia. No lo es. Que a uno no le alcancen los votos para echarlo no significa que esté limpio; significa solo que sus socios todavía lo necesitan. Pero Sánchez sueña, precisamente, con que esas dos cosas se confundan en el telediario.

¿Qué gana Vox con una moción que sabe perdida de antemano? Poco que perder y un rival al que desgastar. La derrota no la pagaría él, sino el PP, que tendría que encabezarla; y en la pelea por el mismo electorado le conviene que Feijóo aparezca timorato, incapaz de apretar el gatillo. Una moción fracasada no le cuesta nada a Vox, que ya perdió dos sin despeinarse. Desde la orilla opuesta a la de Sánchez, Abascal apunta al Partido Popular hacia la misma roca.

De modo que tenemos a un presidente que quiere la moción para cambiar de tema y a un rival que la quiere para desnudar al PP. Dos intereses contrarios, una sola exigencia.

No se lo regalemos. No les demos ese mes.

Porque el PSOE no tiene mayoría para gobernar —la tiene para resistir, que es muy distinto—, pero una moción de censura le regala exactamente el marco que necesita: dejar de hablar de lo que ha hecho durante siete años para hablar de si tiene o no tiene los votos para seguir. Y mientras discuten de votos, los ciudadanos siguen pagando la factura de una economía de cartón piedra.

Hablemos de esa economía. España encabeza las cifras de paro juvenil, paro femenino y pobreza infantil en Europa. No son datos opinables, son estadísticas de Eurostat que ningún maquillaje retórico puede ocultar. El Gobierno presume de crecimiento mientras el 27% de los hogares tiene dificultades para llegar a fin de mes. Las cifras macroeconómicas están hinchadas por un sector público vitaminado con los fondos europeos —los 163.000 millones del Plan de Recuperación— que generan empleo público y contratas administrativas, pero que apenas tocan la economía de las familias. La España que trabaja no ve ese crecimiento; ve que su poder adquisitivo se reduce mes a mes, que pagar el alquiler es una quimera y que llenar la cesta de la compra obliga a dejar cosas en el estante.

Y esa realidad, la de la calle, la de León y la de cada provincia de este país, es la que desaparecería del foco durante un mes si el PP cae en la trampa de una moción que no va a ganar.

El trabajo de verdad es otro, más ingrato y mucho menos vistoso. Es la denuncia sostenida, semana tras semana, de lo que documentan los informes y dictan los jueces, sin estridencias y sin necesidad de inventar nada, porque los hechos ya pesan bastante por sí solos. Y es, también, señalar uno por uno a quienes lo sostienen.

Porque sin sus votos nada de esto seguiría en pie. ERC, Bildu, BNG, Podemos, Sumar, Junts, el PNV: los que lo invistieron. No hace falta que hayan cobrado un euro para ser responsables de lo que sostienen: cada semana eligen mantener en La Moncloa a un Gobierno cercado por los tribunales a cambio de su propia agenda. Y eso no es un descuido táctico; es una decisión sostenida en el tiempo. Convendría preguntarles, cada semana, cuánta corrupción documentada están dispuestos a tolerar.

Al mismo tiempo, hay que apuntar por dónde se sale: derogar las leyes de blanqueo político — Memoria Democrática, Ley de Vivienda—, reconstruir la separación de poderes, desmantelar la maquinaria de propaganda pública, acabar con la colonización de las instituciones. No es un programa de gobierno; es lo mínimo exigible a quien aspire a relevarlo.

Ya sé lo que dirán algunos: «pero es que tenemos la oportunidad de tumbar al Gobierno». No. La tendrían si construyeran una mayoría alternativa, no si lanzan una moción que saben condenada. Eso no es política; es postureo.

Una moción de censura fracasada no debilita a Sánchez: lo fortalece. Le da un mes sin corrupción en los titulares.

Volvamos al hemiciclo y a la escena del principio. Un hombre te tiende una soga desde un lado y otro te la tiende desde el otro, y los dos te animan, sonrientes, a que metas la cabeza. Uno lo hace porque te detesta; el otro, porque quiere tu sitio. A una soga así conviene mirarle el nudo antes de darle las gracias.

No se la regalen.

La tarea de una oposición seria no es regalarle oxígeno al Gobierno con gestos condenados al fracaso, sino construir la alternativa que permita a los españoles cambiar de rumbo cuando lleguen las urnas. Y mientras ese momento llega, el mejor aliado de esa oposición no es una votación perdida de antemano: es el tiempo, y dejar que la justicia vaya discurriendo para aclarar todos estos escándalos y corrupciones del gobierno, que ya juegan en su contra. Que no sea el PP quien le devuelva a Sánchez, en bandeja, el único mes que de verdad necesita: el que le ahorraría el único debate que no quiere tener, el de su propia corrupción.