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El académico olvidado: Casimiro Flórez Canseco

Los estrechos vínculos de León con la Real Academia son, desde sus mismos inicios, absolutamente sorprendentes...

Los estrechos vínculos de León con la Real Academia son, desde sus mismos inicios, absolutamente sorprendentes. Hasta el punto de que el bañezano Juan de Ferreras (1652-1735), hombre polifacético y culto cuyos escritos dan fe de su diversidad intelectual, fue propuesto por el marqués de Villena para ser su director cuando el Rey firmó la cédula de su creación en 1714. Ferreras, que declinó el honor y ocupó el sillón B (hasta el año 1847, cuando la reina Isabel II aprueba aumentar el número de académicos hasta treinta y seis, no habrá sillones de letras minúsculas), fue el responsable de una costumbre que aún conservan un tanto anacrónicamente los plenos de la Academia: leer en su comienzo una antífona y una oración que, imagino, serán aquellas que Ferreras recitó por primera vez el 28 de octubre de 1714: “Veni, Sancte Spiritus” y “Actiones nostras quaesumus, Domine”.

Tres años después, en 1717, resultó que llegó a ella otro leonés: Alonso Rodríguez Castañón (1669-1725) que ocupó el sillón C vacante por la muerte de Gabriel Álvarez de Toledo. Recuerdo perfectamente la sorpresa que me causó descubrir hace muchísimos años que era natural de Lois, pueblo al que su familia dotó de instituciones educativas tan prestigiosas como una escuela de primeras letras o la cátedra de latín, fundadas por Pedro y Jerónimo Rodríguez Castañón respectivamente. Por si fuera poco, otro de sus miembros haría realidad un deseo largamente acariciado por varios miembros de la familia: Juan Manuel Rodríguez Castañón levantó de nueva planta la iglesia en Lois, que popularmente es denominada la catedral de la montaña. Por sus dimensiones y su belleza.

Zamora Vicente, zurcidor de la historia de la Academia, no supo que Alonso Rodríguez Castañón era de Lois. Ni pudo imaginar que 4 años después, en 1721, llegaría a la Academia, al sillón T, el tercer leonés: Pedro Manuel Álvarez Acevedo (1684-1734) . Lo extraordinario resultó ser, no solamente que fuera también leonés, sino que fuera también…de Lois. Miembro de una familia hidalga, los Álvarez Acevedo, cuyos miembros alcanzaron a lo largo de su historia importantes puestos en el entramado civil, militar y eclesiástico del Reino.

No habiéndose cumplido un siglo de andadura de la Academia, otro leonés llegó a la “docta casa”: Casimiro Flórez Canseco (1745-1816), que ocupó el sillón T. Catedrático de griego y secretario de los Reales Estudios de San Isidro, nació en Manzaneda de Torío comenzando su formación en la preceptoría de San Feliz de Torío, fundación que había echado andar en 1747.

Flórez Canseco (1745-1816) ha sido, sin duda, el académico leonés olvidado. A pesar de haber sido, también sin duda, un académico fiel y comprometido. Tiene el privilegio de asistir en 1794 a la primera sesión que la Academia celebra en la que iba a ser su nueva sede, el edificio del Antiguo Estanco del Aguardiente; se encuentra entre los académicos presentes en la recepción de Arnault, que tiene lugar el 13 de enero de 1801 y es la primera que la Academia depara oficialmente a un literato francés; participa en la nueva edición de ‘El Quijote’ decidida en 1802; es uno de los pocos que siguen asistiendo a las sesiones de la Academia entre los años 1808 y 1814. Y, en fin, el nombre de este leonés encabeza la lista de firmantes que agradecen la abolición de la Inquisición con una carta que envían a las Cortes el día 5 de julio de 1813.

La investigadora Concepción Hernando ha recogido en un magnífico trabajo el discurrir profesional de un hombre al que no duda en calificar “una de las figuras más destacadas de nuestros helenistas del siglo XVIII”. Y que, además, fue protagonista de un hecho sorprendente: el secuestro de una de sus obras (‘Carta de Antheo Mantuano al maestro Fr. Juan de Cuenca del orden de S. Gerónimo’) que llevó a cabo Pedro Campomanes, disgustado por la crítica que en ella se hacía de la gramática griega escrita por el Padre Cuenca.

Recordar a quienes han dejado su huella en la Academia, como han hecho hoy José María Merino con Ricardo Gullón (1908-1991) o Ignacio Bosque con Valentín García Yebra (1917-2010),  tiene que ser emocionante. Para ellos y para todos los leoneses. Yo sentí que reivindicar hoy a Casimiro Flórez Canseco era una obligación. Tanto como agradecer a nuestros actuales académicos leoneses, Salvador Gutiérrez, Luis Mateo Díez y José María Merino, su compromiso con una tierra que es fiel a su memoria.