Trenes
Siempre he sido muy de tren. Qué remedio.
Mi padre, por alguna razón que nunca supe y que tuvo que ver con algo que de niño vivió durante la guerra civil- eso decía mi madre- aborrecía los coches, y aunque su padre si tuvo uno de los primeros coches que se vio por Alcalá, él nunca condujo, nunca tuvo coche y solo se dejaba llevar y a regañadientes de copiloto por su hermano, mi tío Curro. Si hacia falta viajar en coche, como ocurría cuando en verano nos trasladábamos a la casa del Escorial, venía un chofer que se llamaba Sotero, y nos montaba a todos en el aquel coche que recuerdo inmenso, llenaba el maletero y nos despedía hasta el fin de semana en el que él venía a vernos, pero en tren.
Fíjense la afición que tenía mi padre por los trenes, que en Alcala siempre vivimos en el Paseo de la Estación y la casa del Escorial la compro también en la primera de las urbanizaciones que te encuentras al salir de la estación, Parque Real, de forma que, cuando éramos pequeños, veíamos desde el balcón de casa la llegada del tren y mi madre, mis hermanos y yo, corríamos a su encuentro cada sábado del verano.
Y ni les cuento las mil y una veces que hice el trayecto Alcalá-León a principios de los años noventa, en aquellos trenes regionales de media distancia que yo cogía el domingo por la tarde en Alcalá, para venir a León
Entre mis primeros recuerdos, siendo muy pequeña, está el de mi madre, conmigo en brazos, señalándome por la ventanilla el “torito de Osborne”; otros recuerdos entrañables son aquellos viajes en familia que surgían de forma inopinada para acabar el kilométrico, cuando mi padre avisaba de un día para otro y mi madre preparaba a carreras las maletas y nos metíamos todos en tren a Santiago, a Zaragoza, a Guadalajara, a Barcelona a Valencia y a tantos sitios… Para mi el tren ha sido siempre un sinónimo de familia.
Y ni les cuento las mil y una veces que hice el trayecto Alcalá-León a principios de los años noventa, en aquellos trenes regionales de media distancia que yo cogía el domingo por la tarde en Alcalá, para venir a León, y el viernes por la tarde en León para volver a casa, hasta que León se hizo mi casa definitiva; porque la única condición que me puso mi madre para poder coger el que fue mi primer trabajo, que tanto me alejaba de casa, fue que los viajes los hiciese en tren, porque era mucho más seguro. Ese tren que en mi casa fue el medio de transporte por excelencia y que a mí siempre me ha resultado tan familiar.
En aquellos viajes interminables en los que invertía más de seis horas en llegar a casa los dos primeros años de mi incorporación a la Facultad de Derecho de León, preparé los exámenes que me faltaban para terminar Ciencias políticas. O mi viaje más largo, León-Granada en el año 1994 a la jura de bandera de mi hermano Toño como alférez del ejército del aire en Armilla; un trayecto forjador de la paciencia del más pintado.
O los trenes de los atentados, cercanías que viajaban como cada día entre Guadalajara y Madrid- Alcalá, Torrejón de Ardoz, San Fernando, Vicálvaro, Vallecas, Santa Eulalia…-en los que, ese terrible día, como tantos otros, viajaban muchos conocidos, y hasta mi prima Blanca, la más pequeña de los Sierra, que, por suerte para todos, solo tuvo algunos problemas de oído…. Trenes de toda la vida, durante toda una vida.
...personas como cada uno de nosotros que un viajaban en dos trenes aparentemente seguros y que han visto truncada su vida, porque ahora resulta que las vías no son tan fiables...
Y así he seguido, porque los profesores universitarios viajamos mucho en tren. Yo algunos meses hago tres o cuatro viajes largos por trabajo a Madrid, a Toledo, a Valencia, a Sevilla, a Granada, a Gerona, a Málaga… creyendo, como todos, que teníamos mucha suerte por disponer de la mejor red europea de alta velocidad de Europa, cuyas vías tenían tanta calidad y resistencia que el ministro del ramo, hace no tanto, decía que era cosa de pocos meses que las locomotoras se pusieran a 350 kilómetros por hora entre Madrid y Barcelona… los viajeros, yo misma y tantos otros, sentíamos el tren como un medio de transporte seguro.
Hasta el 18 de enero.
Un día aciago en el que el trágico accidente de Adamuz murieron 45, hoy ya 46, personas y decenas de lesionados con graves daños con las que creo que todos nos identificamos un poco. Porque entre los viajeros hay todo tipo de perfiles, profesionales, jubilados, estudiantes, opositores, familias enteras… personas como cada uno de nosotros que un viajaban en dos trenes aparentemente seguros y que han visto truncada su vida, porque ahora resulta que las vías no son tan fiables, las soldaduras no están tan bien hechas, las renovaciones de los trayectos no son tan integrales… o, sencillamente, porque quien debe garantizarnos un buen servicio, no sabe lo que tiene entre las manos.
El déficit de inversión en las infraestructuras por parte del actual Gobierno en los últimos años en los que ni siquiera ha habido Presupuestos, y el incremento en el número de fallos en la infraestructura de las vías, son un claro síntoma de que en el accidente de los trenes de Adamuz pueden subyacer comportamientos omisivos por parte de quienes deben ser garantes del correcto y seguro funcionamiento de cada una de las actividades previas que hacen posible que el transporte ferroviario se desarrolle en condiciones de seguridad.
Por eso, no deja de sorprenderme la autocomplacencia del Sr. Puente, que sigue convencido de lo bien que lo ha hecho - y, por lo que se ve, quiere seguir haciéndolo- y ello pese a que la falta de inversiones en nuestras infraestructuras más sensibles haya provocado este terrible desastre humanitario poniendo en cuestión la seguridad en el transporte ferroviario prestado por una empresa pública, Renfe, y cuya infraestructura- vías y estaciones- está a cargo de otra entidad pública ADIF, ambas dependientes de su ministerio.
No puedo terminar esta columna sin mandar un abrazo sincero a las familias de los viajeros y de los maquinistas que han perdido la vida estas últimas semanas
A falta de asunción de las debidas responsabilidades, vías, balastos, soldaduras, catenarias, railes o taludes parecen haberse confabulado las dos últimas semanas contra el ministro, responsable último de lo que es, sin paliativos, una malísima gestión de lo que hasta hace nada, en sus propias palabras, era la mejor infraestructura de alta velocidad de Europa.
No puedo terminar esta columna sin mandar un abrazo sincero a las familias de los viajeros y de los maquinistas que han perdido la vida estas últimas semanas que tienen todo el derecho a conocer lo que realmente ha pasado. España entera está con vosotros.