Los ajos de España en Cuba
Por pura serendipia, ha llegado a mis manos una foto de un mercadillo ambulante de Cuba, en el mismo se pueden apreciar ristras de ajos trenzados a la manera de nuestra querida tierra leonesa. Faltaría a la verdad si dijera que soy un profundo conocedor de la Península Ibérica, pero siendo que creo que no me queda ninguna provincia por visitar, aunque a veces las visitas hayan sido fugaces, conozco las presentaciones de los ‘vulgares’ ajos y sus variantes, incluidos los famosos ajos de las Pedroñeras.
No hace falta mucha imaginación para pensar que Cuba, como Venezuela, pertenece al patio de atrás de ‘Gringolandia’ y ésta no vacilará en usar la fuerza militar si fuera preciso
La fotografía en cuestión no tendría mayor aliciente si no fuera porque el todopoderoso ‘amigo americano’ ha prometido, por sus santos complejos militares que echará el régimen cubano abajo y hará en la isla lo que le dé la gana, esto último dicho en otros términos políticamente más correctos. Ni que decir tiene que siendo los americanos herederos de los ingleses y siendo que comercio y violencia son sus dos señas de identidad, no hace falta mucha imaginación para pensar que Cuba, como Venezuela, pertenece al patio de atrás de ‘Gringolandia’ y ésta no vacilará en usar la fuerza militar si fuera preciso.
El papanatismo español nos ha llevado de las derrotas navales en Cuba y Filipinas a la postración ante la primera potencia mundial que, esperemos que no lo sea por mucho tiempo, nos privó de la Perla del Caribe, Filipinas, Puerto Rico, Las Marianas y las últimas posesiones en el Pacífico. Para todos los pelotas de cupo, generalmente poco enterados de la historia o bien voluntariosos amnésicos, vayan estas cuatro pinceladas del pasado. Cuando España dejó de ser el Imperio hacia Dios –que jocundamente quiso recuperar el ‘fresco general del Noroeste’–, todavía la prensa española engañaba a sus lectores haciéndoles creer que en una guerra contra los yanquis saldríamos victoriosos. Ellos con barcos de hierro, los nuestros de madera.
Ya se sabe, en España es mejor “honra sin barcos que barcos sin honra”. Así nos va
Nuestros políticos, mejor informados y silentes sopesaron vender en su día la isla a los americanos. En tiempos de María Cristina de Borbón ya se barajó la idea, a pesar de los grandes negocios con el comercio de esclavos que mantenía en Cuba desde su retiro dorado –y forzoso– en París, asociada a Julián de Zulueta y a su esposo Agustín Fernando Muñoz y Sánchez. Habría de ser Sagasta el que se tragó el sapo de mantener una guerra para salvar el honor de España, honor que se hundiría en la bahía de Santiago de Cuba y en Cavite. Ya se sabe, en España es mejor “honra sin barcos que barcos sin honra”. Así nos va.
En Cuba, españoles muy españoles y mucho españoles, allí residentes, prefirieron –siempre patrióticamente, por supuesto – comerciar con Estados Unidos a seguir las directrices emanadas de Madrid, al extremo de que, al parecer, la estrella que figura en la bandera cubana expresaba su deseo de pasar a ser un estado más de ‘United States’. La historia se torció y máxime cuando Fidel Castro, apoyado por la URSS, plantó cara a la contra cubana y a la voracidad Norteamericana y los vapuleó en la Bahía de Cochinos, amén de hacerles temer lo peor cuando lo de la ‘Crisis de los misiles’ de 1.962.
¿Cómo estaría cualquier país, una aguja frente a un imán, tras casi setenta años de bloqueo? La respuesta es fácil: Pues tal como está Cuba en la actualidad
La respuesta americana fue un bloqueo salvaje a Cuba que se acentuó con la caída de la Unión Soviética. ¿Cómo estaría cualquier país, una aguja frente a un imán, tras casi setenta años de bloqueo? La respuesta es fácil: Pues tal como está Cuba en la actualidad. Lo cierto es que es el único país hispanoamericano que le plantó cara al Tío Sam, el resto sigue arrastrándose y soltando baba. No defendemos aquí el régimen cubano, pero sí la valentía de un pueblo que no se deja someter con facilidad.
Las repúblicas hermanas son para España un lastre que nos mueve a hacer el ridículo
El destino, que siempre se ha ensañado con el débil, no va a faltar a su cita con la historia y ahora, nuestros aliados del otro lado del Atlántico, –léase Donald Trump y su país– quieren aplastar a Cuba como un gusano. Las repúblicas hermanas son para España un lastre que nos mueve a hacer el ridículo. Cadenas hoteleras españolas como Iberostar o Meliá ya están buscando la salida y abandonan sus inversiones en el país caribeño ante el temor de las represalias americanas. Con amigos como los ‘gringos’ para nada se necesitan enemigos.
Por si fuera poco, ahora, coercidos por una presión insoportable, aislados del resto de países amigos, excepción hecha de Méjico, que echa una mano a los cubanos como en su día se la echó a la República Española, incluso en el exilio, se juega el bigote por otros descendientes de españoles, visto que la Madre Patria poco o nada se atreve a decir, excepción hecha de aquel lamentable episodio protagonizado por el rey emérito de España cuando en una cumbre iberoamericana, en un arranque de prepotencia, le dijo al ya fallecido presidente venezolano Chávez aquello de ¿Por qué no te callas? Algo que su graciosa majestad británica jamás diría al presidente de una de sus excolonias.
Dicho de otro modo, casi siglo y medio después de su independencia, aún conservan rasgos que comparten con nosotros, siguen viviendo como españoles, del modo que les dejan vivir y sin renunciar a su pasado
Y ahora vamos con los ajos. El trenzado de esas ristras de ajos que los cubanos de la foto venden en mercados ambulantes, tiene genuinamente sabor hispano. Dicho de otro modo, casi siglo y medio después de su independencia, aún conservan rasgos que comparten con nosotros, siguen viviendo como españoles, del modo que les dejan vivir y sin renunciar a su pasado. Claro que por suerte para nosotros, tenemos la suficiente mala conciencia histórica para, no sólo ignorar de forma bochornosa a personas que llevan nuestra misma sangre, sino de suspirar porque se les apliquen las medidas más drásticas que Occidente y su numen suelen aplicar en estos casos.
A uno, que se va volviendo mal pensado con los años, se le ocurre una maldad para expresarla en voz alta. Supongamos que esas ristras sean herencia de leoneses o zamoranos, que ninguna diferencia hay entre ambos. ¿Qué nos podría glosar al respecto el ultra patriótico señor Pollán, mirlo blanco de Castilla y León? ¿Seguiría con las premisas de su partido doblegándose al dictado americano a mayor gloria –efímera gloria– de aplastar a Cuba, o sentiría por el contrario un irrefrenable acceso patriótico de leonesismo que se lo impidiera? Se admiten apuestas. La mía es que a nuestro flamante vicepresidente primero no le temblará el pulso para aliarse con el amigo americano. La sombra de Abascal resulta alargada.