Alberto Cañas: "Todos somos un poco náufragos en un mundo que muchas veces no entendemos"
Para entender lo que es Quizás alguien esté marcando el camino hay que situarse en un punto de partida poco convencional: un actor de teatro y cine que, tras años dando voz a los textos de otros, decide cruzar al otro lado. Alberto Cañas lleva décadas sobre los escenarios y delante de las cámaras, y precisamente esa experiencia —la de quien ha aprendido a leer entre líneas el subtexto de cada frase— le ha dado las herramientas para construir su primera novela. Un proyecto que, según confiesa, tenía pendiente desde hacía tiempo, desde que pasó por la Escuela de Escritores y se convenció de que el salto merecía darse.
El resultado es Gregorio, un protagonista ácido, trasnochado y lleno de contradicciones que se enfrenta a la sociedad actual sin filtros y sin autocensura. Madrid como escenario de desconexión. Una voz que no ha venido a complacer a nadie, sino —como el propio Cañas cita a Garbage— a desmontar mundos pequeños. La novela acumula referencias a libros, películas y canciones, construye su tensión no desde el misterio sino desde la imprevisibilidad del personaje, y pone sobre la mesa preguntas sin resolver sobre el destino, la deriva y la responsabilidad de ser quien uno es.
Este domingo 17 de mayo, Cañas estará en la Feria del Libro firmando ejemplares. Hablamos con él sobre náufragos, sobre la incomodidad como método y sobre lo que cambia cuando pasas de interpretar a crear.
¿Escribiste esta historia para entender el orden del mundo o para certificar que somos náufragos de un azar que no dominamos?
Escribí esta historia porque tenía una asignatura pendiente con la novela. Tras realizar diferentes cursos en la Escuela de Escritores, llegó el momento de afrontar el reto de desarrollar un proyecto narrativo complejo. A partir de ahí, construí una historia de corte realista, con una fuerte carga satírica, existencial y, en ocasiones, esperpéntica, en la que un protagonista extremo, ácido y trasnochado se enfrenta a la sociedad actual. En ese sentido, creo que todos, al igual que Gregorio, el protagonista, somos un poco náufragos en este mundo que muchas veces no entendemos.
"Al igual que Gregorio, todos somos un poco náufragos en este mundo que muchas veces no entendemos"
¿Cómo se traslada el suspense de una mirada en las tablas a la frialdad de la página blanca para que el lector no pierda el pulso?
Cada disciplina funciona con mecanismos distintos. En el teatro cuentas con la presencia física del actor, la mirada, los gestos, la modulación de la voz, los silencios y la energía que se genera en directo entre los propios artistas y con el público. En una novela, todo eso tiene que construirse solo con palabras, que deben entrelazarse con precisión para describir a los personajes, las acciones y el ambiente, incorporando también reflexiones más extensas de las que permite el teatro. Además, en la narrativa cada lector tiene que reconstruir mentalmente lo que va leyendo, por lo que el reto es que la escritura sea visual y consiga crear imágenes e ideas claras y estimulantes.
En cualquier caso, creo que lo importante es captar la atención del receptor, algo ya de por sí complicado en estos tiempos de atención dispersa, y conseguir que la obra o el libro le interese y le provoque algún tipo de sentimiento, que le remueva algo por dentro y evite que desconecte de la función o abandone la lectura.
¿Cuánto hay de Alberto Cañas en esa búsqueda a ciegas de un sentido que no llega, como esos personajes que parecen buscar el mapa mientras caminan?
Toda obra literaria tiene algo de su autor y de su mirada, aunque no necesariamente en un sentido autobiográfico. En mi caso, creo que la novela comparte conmigo una mirada irónica y algunas inquietudes relacionadas con la incertidumbre, la deriva o la necesidad de encontrar sentido a determinadas cosas. A veces envidio la comodidad de la gente que parece tenerlo todo claro y moverse en un mundo de certezas, en el que todo parece encajar. Yo, en cambio, creo que la duda es necesaria porque combate el conformismo y fomenta el espíritu crítico. A partir de ahí, creé a Gregorio jugando un poco a la contra, llevándolo a ciertos extremos y presentándolo lleno de contradicciones.
¿Es León —su silencio, su niebla, su pausa— el escenario necesario para que esa sensación de «camino marcado» sea creíble o dirías que es cosa del lector ponerle nombre?
Más que el escenario concreto donde se desarrolla la historia, lo relevante es la mirada del personaje sobre el mundo y el paisaje. En Quizás alguien esté marcando el camino, el escenario es Madrid, una gran ciudad que contribuye a crear una atmósfera de desconexión en la que se desenvuelve Gregorio. Pero la clave no es la ciudad en sí, sino la forma en que el protagonista la percibe e interpreta, cómo la filtra a través de su conciencia. En ese sentido, el silencio, la niebla o la pausa de una ciudad como León podrían ser una salvación para un personaje y un infierno para otro, igual que podrían serlo Madrid o un pequeño pueblo aislado del mundo. Además, cada lector completará la lectura con su propia sensibilidad y su manera de mirar el mundo.
Como autor, tú eres el que marca el camino de tus criaturas. ¿Hubo algún momento en el que el guion se te fue de las manos y un personaje decidió desobedecerte y marcar su propia ruta?
No creo que sea cuestión de que el personaje te obedezca o desobedezca, sino de permitirle que se vaya adaptando a las situaciones a medida que avanza la acción. Aunque suene a tópico, durante la escritura los personajes cobran vida propia y acaban imponiendo su lógica, y hay que aceptarlo como parte del desarrollo de la novela. Si fuerzas lo contrario, corres el riesgo de restar coherencia al personaje y a la historia.
En el caso de Gregorio ocurrió algo que comenté en un artículo sobre el making of de la novela publicado en Zenda: "Utilizando un símil futbolístico, si sacas al campo a un central quebrantahuesos, luego no te quejes si juega al límite de la tarjeta roja". Es decir, si construyes un personaje con una determinada visión del mundo, no puedes esperar que actúe en contra de ella sin que haya una razón que lo justifique. Dirá y hará lo que le exija su naturaleza.
En una época de tramas masticadas y finales de algoritmo, ¿es tu novela un acto de rebeldía para obligar al lector a pensar en lo que no se ve?
Es un acto de rebeldía en la medida en que es una novela sin filtros que desafía los convencionalismos y lo políticamente correcto. De hecho, una de mis premisas al escribirla fue no autocensurarme ni evitar aquello que pudiese resultar incómodo, salvo que no encajara con la idiosincrasia del personaje.
A mí me gusta que la literatura me provoque y me haga pensar tanto en lo que se ve como en lo que no se ve. Por eso he escrito la novela que a mí me gustaría leer: una novela que te puede desagradar y hacer reír, a la vez que te desafía y te obliga a reflexionar sobre lo que cuenta, e incluso sobre si podrías tener algo en común con su protagonista. Siempre me acuerdo de una frase de Kafka que sintetiza la función retadora de la literatura: "Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo? Un libro tiene que ser el hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro".
"Una de mis premisas al escribirla fue no autocensurarme ni evitar aquello que pudiese resultar incómodo. Quizás alguien esté marcando el camino es una novela que podrá gustar o no, pero no dejará a nadie indiferente"
La trama avanza sobre lo que se oculta. ¿Cómo se gestiona el peso de lo no dicho para que el misterio no sea un truco de magia, sino una verdad que duele encontrar?
Esta no es una novela de misterio ni de secretos que haya que ir desvelando. Es una historia bastante directa en la que la voz del protagonista es clave porque todo se construye desde lo que el personaje percibe, interpreta u omite.
Algunos lectores me han comentado que, durante la lectura, sentían cierta expectación por ver qué era lo siguiente que iba a hacer o decir Gregorio, ya que es un protagonista imprevisible y con una forma de reaccionar bastante extrema ante lo que le ocurre. De esa forma, la tensión no proviene de un misterio construido como tal, sino de cómo se comporta el protagonista en cada situación.
El objetivo es mantener esa energía sin necesidad de convertir la novela en un mecanismo de intriga. Aquí no hay trucos ni verdades absolutas, y cada lector tendrá que decidir si lo que va averiguando a medida que avanza la novela le duele, le molesta, le hace gracia, le reconforta o le cura. O todo a la vez…
¿Es el destino en tu obra una condena inevitable o una excusa que nos inventamos para no hacernos responsables de nuestros propios naufragios?
Es una mezcla, aunque creo que en Gregorio pesa más la excusa. No entiende el mundo actual y no le apetece adaptarse a él. Está instalado en una huida hacia delante y no quiere cambiar porque ya es demasiado tarde. De hecho, llega a afirmar que: "A mi edad, los cambios, más que cambios, son putadas".
Por otro lado, el destino también opera como una forma de condena para Gregorio, hasta el punto de que su propia desaparición le resulta indiferente e incluso deseable. En él prevalece una actitud nihilista: el mundo se le presenta como algo ajeno y sin sentido, y hay que asumirlo.
Solo su interés por Eva, la librera de su barrio a la que tiene idealizada, introduce una fisura en esa lógica, una posibilidad de ilusión o de cambio, aunque tampoco está claro hasta qué punto es suficiente para alterar su manera de vivir. La duda está muy presente en Gregorio, algo que ya se refleja en la primera palabra del título: "Quizás".
En la novela hay una atmósfera casi cinematográfica. ¿Escribías visualizando la luz de cada escena o te dejaste llevar por el sonido de las palabras?
Un comentario habitual de los lectores es que la novela tiene bastante ritmo y fluidez, a pesar de que hay mucha reflexión por parte del protagonista. Lo más importante en una primera fase fue escribir lo que iba saliendo, sin preocuparme demasiado por las palabras exactas. Intentaba avanzar con las escenas y con la voz del personaje hasta conseguir un primer borrador, que terminé en un mes. Después vino un largo proceso de reescritura y corrección en el que fui ajustando la acción y el lenguaje para que encajasen con la imagen que quería transmitir. A ello se unía el reto de ir integrando la multitud de referencias que tiene la novela a libros, películas y canciones y, en general, a la cultura pop.
Creo que el resultado es bastante cinematográfico. A ver si algún productor se anima —o se atreve— a llevar a la pantalla las andanzas de un personaje como Gregorio (risas).
¿Buscabas que el lector terminara la última página con respuestas o con la inquietud de mirar por encima del hombro por si alguien le está marcando su propio camino?
No buscaba tanto dar respuestas cerradas como dejar espacio para la interpretación del lector. En literatura me interesa más que la historia no quede completamente explicada, sino que plantee preguntas y esté abierta a distintas lecturas, y que cada lector complete el relato desde su propia experiencia. Más que marcarle un camino al lector o sugerir que alguien externo lo esté guiando, me interesa que la historia genere una cierta inquietud sobre cómo construimos nuestro propio recorrido, sobre qué parte de lo que somos depende de nosotros y qué parte viene condicionada por el entorno, las decisiones o la inercia de la vida.
Para mí, una de las cosas más interesantes del arte es que te saque de tu sitio y te haga ver diferentes perspectivas, que remueva tus cimientos. Me viene a la cabeza un verso de la canción Vow, de Garbage, que sintetiza bien el espíritu de esta novela: 'I came around to tear your little world apart'. Gregorio no ha venido a complacer a nadie, sino a meter el dedo en la llaga, a no dejar títere con cabeza.
Has prestado tu cuerpo a textos ajenos durante años. ¿Qué se siente al ser ahora el que pone las palabras para que otros imaginen el cuerpo?
Durante años he trabajado interpretando textos de otros, dándoles voz en escena o ante la cámara. Eso te obliga a entender el objetivo del autor y las motivaciones de los personajes, que se recogen de forma explícita o implícita en el propio texto. Como actor, tienes una red de seguridad porque siempre hay un texto en el que apoyarte, aunque luego lo hagas tuyo y lo lleves por caminos insospechados.
Pasar al otro lado, al de la escritura, implica una gran responsabilidad ya que ahora eres tú quien tiene que levantar la historia desde cero y ofrecer ese punto de apoyo para que otros la desarrollen. Es verdad que hay una cierta similitud en el trabajo con los personajes, pero cambia la posición: ya no interpretas algo dado, sino que tienes que crearlo para que otros lo imaginen y lo hagan suyo.
¿Te ha servido la técnica del 'actor', que analiza el subtexto de cada frase, para que los diálogos de tu novela suenen a verdad y no a cartón piedra?
Sí, me ha servido esa experiencia, pero no tanto como una «técnica del actor» aplicada de forma consciente, sino más bien como una forma de estar atento al comportamiento humano. La observación y la escucha son muy importantes: cómo habla la gente, qué dice y qué no dice, cómo se interrumpen las frases o cómo a veces se evitan las cosas. Eso ayuda mucho a trabajar la naturalidad de los diálogos para que no resulten forzados o demasiado rígidos. El objetivo es que las voces suenen vivas dentro de la situación, que se correspondan con la naturaleza de cada personaje y que el lector pueda incluso reconocer en ellas a gente que conoce o habla así.
"El lector es soberano en su interpretación y las opiniones forman parte natural del recorrido del libro. Yo ya hice lo que tenía que hacer. Ahora que opine el público"
En el teatro sabes si has ganado la partida por el silencio de la sala. ¿Cómo gestiona un animal de escena la espera de la reacción del lector, que llega siempre tarde y por goteo?
En el teatro obtienes una respuesta inmediata del público, tanto física como emocional, y notas rápidamente si algo funciona o no. Eso condiciona la experiencia y, en cierto modo, también tu trabajo para futuras representaciones, aunque tampoco puedes dejarte llevar demasiado por las reacciones, porque cada función y cada público son distintos, al igual que tu actuación puede cambiar un poco cada día.
En la literatura, por el contrario, esa conexión se produce en la distancia y a posteriori, al ritmo que decide el lector, y de forma puramente individual. Las reacciones llegan despacio y suelen ser más reflexivas e íntimas.
Creo que el escritor debe ser paciente y no obsesionarse con lo que puedan pensar los lectores. Tiene que dejarse llevar una vez que el libro ha sido publicado y aceptar las críticas con tranquilidad. Siempre digo que el lector es soberano en su interpretación y que las opiniones forman parte natural del recorrido del libro, aunque no todas te afectan igual. Es lógico que quieras que tu libro le interese a la gente, pero no puedes pretender gustarle a todo el mundo. Yo ya hice lo que tenía que hacer. Ahora que opine el público.
Toda la novela está impregnada de una tremenda iconografía pop. ¿Cuáles dirías que serían tus principales influencias literarias, musicales y cinematográficas?
Algunas películas que me han llamado la atención últimamente son Weapons, Dream Scenario o La vida de Chuck, que juegan con la idea de que, bajo lo cotidiano, siempre hay una realidad más profunda y compleja.
En esa misma línea, también me parecen interesantes libros como Un amor, de Sara Mesa, llevada al cine por Isabel Coixet; Para hechizar a un cazador, de Luciano Lamberti; Dice la sangre, de Rubén Abella; o La noche líquida, un magnífico libro de relatos de Miguel Garrido de Vega.
Y, por supuesto, aunque ya hace unos años que falleció, no puedo dejar de recomendar cualquier libro de Miguel Delibes, mi escritor favorito. Creo que sus obras, además de exhibir un extraordinario dominio del lenguaje, muestran un profundo conocimiento del ser humano y de su complejidad y alcanzan carácter universal, a pesar de partir de situaciones particulares y cotidianas.

